Película: El viento que agita la cebada Tengo escrito, y lo ratifico, que si Ken Loach no existiera, habría que inventarlo. Su compromiso con las causas perdidas y su apuesta siempre a favor de los pobres, los represaliados, los desheredados de la fortuna, merecen todo el calor de un mundo en el que gente como él apenas queda. Pero también he dicho, y digo ahora otra vez, que Loach cada vez se torna más maniqueo, con malos malísimos y buenos buenísimos, y es capaz incluso de volver a escindir el grupo de los buenísimos para darnos otra vez dos bandos, villanos repugnantes y santos del cielo (eso sí, con la pistola bien lista a disparar…). Es lo que ocurre, de nuevo, con El viento que agita la cebada (por cierto, bellísimo título, el mismo de la canción aborigen, entre bucólica y fúnebre, que canta una vieja de voz cascada pero hermosa), ambientada en los procelosos años de la independencia irlandesa, en los años veinte (del siglo idem, se entiende).

Loach sitúa su historia en el campo, no en el Dublín donde los prohombres irlandeses de la época, como Michael Collins o Eamon DeValera, inventaron el coche-bomba, una aportación al progreso que ojalá les haya reportado la eternidad en el infierno; ese paisaje rural permite a Ken Loach licencias apropiadas a sus tesis, aunque el contexto histórico se mantiene, con la firma en 1921 del Acta del Estado Libre de Irlanda, que realmente no era todavía un Estado en sentido estricto, pero sí otorgaba al país una autonomía muy amplia. Entonces Loach vuelve a dividir, como decimos, a los buenos en buenos y malos. Los primeros son los socialistas, los que creen que no sirve la independencia (que no han logrado, por lo demás) sin nacionalizar los recursos y aplicar prácticas marxistas (hablando en plata, a bolchevizar el país), y los malos son los “pro-tratado”, más pragmáticos y conservadores, que toman entonces el papel de canallas irredentos. Como canallescos son retratados los soldados británicos, que parecen enteramente la bruja de Blancanieves y la madrastra de Cenicienta fundidas en una sola persona, con esos oficiales de Su Graciosa Majestad que no pueden ser más vesánicos, más felones, más hijos de la gran… Bretaña.

Como no podía ser menos (es marca de fábrica de la casa), hay varias escenas en la que crece efervescente la tensión emocional: el primer asesinato a manos de los pérfidos británicos, la ejecución (digámoslo con la palabra que realmente procede: el asesinato) del chivato irlandés por parte del protagonista; también están las típicas escenas de debate donde, por supuesto, Loach y su guionista, el habitual Paul Laverty, se cuidan muy mucho de dar munición a los suyos (primero los republicanos, después, ya escindidos, los socialistas) para dejar con el culo al aire a los otros, los malos de turno, según toque. La solvencia es la de siempre en el cine de Loach, aunque ya sabemos que su fuerte (tampoco en la puesta en escena) no es precisamente la sutileza. El cineasta británico siempre tira de brocha gorda: hasta para el remordimiento del personaje central es pacato. El viento que agita la cebada es, curiosamente, como el envés de Michael Collins, el filme de Neil Jordan que enfocaba la independencia desde el punto del posibilismo de aquel líder, en contra de los radicales, que curiosamente dirigía un conservador tan rígido como Eamon DeValera. Y es que, en cine también, todo asunto tiene muchos puntos de vista, aunque para Loach y los suyos siempre sea el mismo… ¡Qué bueno es (o quizá no tanto…) estar siempre tan seguro de todo!

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125'

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El viento que agita la cebada - by , Oct 08, 2006
2 / 5 stars
De nuevo el maniqueísmo