Película: Escamotage d'une dame au Théâtre Robert Houdin El Día de los Inocentes de 1895 (también la fecha elegida tiene su tomate…) se exhibió la que se considera primera proyección pública de una película cinematográfica, Salida de los obreros de la fábrica Lumière. Está en todos los libros y todas las webs sobre la Historia del Cine, pero quizá no esté de más recordarlo. Fue en el Salon Indien del Grand Café, en el Boulevard des Capucines, en el cosmopolita París finisecular, pocos años después de haber albergado la Exposición Universal de 1889, centenario de la Revolución Francesa.

Pues bien: apenas unos meses después, Georges Méliès, que había asistido a aquella primera, y tan mítica, proyección, rodaría este mínimo cortometraje (poco más de un minuto), en el que utilizaba con una extraordinaria calidad técnica para la época un truco que él mismo, poco antes, había descubierto por accidente, el “stop-trick”, algo así como el truco de la parada, que descubrió sin querer cuando rodaba en las calles de la ciudad una toma del tráfico de carruajes de la época, momento en el que se averió la cámara tomavistas, deteniéndose con ello la grabación; cuando Méliès consiguió que la cámara volviera a funcionar, el resultado en el visionado del filme fue un extraño salto en el que lo que figuraba en pantalla, un ómnibus (especie de tranvía de la época, de tracción sangre) era sustituido, como por arte de birlibirloque, por un carruaje fúnebre.

Aquel hallazgo técnico fue rápidamente adoptado por Méliès para sus propios intereses artísticos: dueño desde hacía más de una década de un teatro en París, el Robert Houdin, que él especializó en exhibir espectáculos de ilusionismo, combinó en este Escamotage d’une dame au Théâtre Robert Houdin ambos amores, cine y magia. El filme es bien simple: vemos un decorado obviamente teatral, apareciendo por una puerta lateral un mago y una señora de la época (por cierto, Jeanne d’Alcy, actriz habitual en sus espectáculos, con la que casaría muchos años después); el mago coloca en el centro del escenario una silla, en la que se sienta la señora; el mago la cubre con un amplio paño, y, ¡alehop!, al quitarlo ya no está la señora; el ilusionista hace como que va a devolver a la dama a su asiento y ejecuta unos pases de magia, pero lo que aparece es un esqueleto; finalmente, el prestidigitador, para deshacer el supuesto desaguisado, cubre la canina con el paño y, al levantarlo de nuevo, aparece la señora del principio.

Se trata, por supuesto, de un juego basado en el “stop-trick”, haciendo desaparecer y aparecer sucesivamente, por ese medio, a la mujer y al esqueleto; cabe imaginar que con ello Méliès, profundo admirador de las técnicas de ilusionismo, colmaría sus sueños con respecto a la magia representada en un escenario, pues la impresión de desaparición era total, para un público, el que entonces empezaba a descubrir el cinematógrafo (recordemos que sólo unos meses antes se hizo la primera exhibición pública del nuevo fenómeno), absolutamente virgen en este nuevo arte que aún desconocía que lo sería.

Pero lo que más llama la atención de este pequeño ejercicio de estilo es la extraordinaria calidad del truco: la técnica de parar la imagen, quitar durante esa parada alguna persona y objeto del cuadro, y volver a poner en marcha la máquina, inevitablemente produce algún desajuste que hace que sea fácil saber cuándo se ha dado el corte, y aún más si, como es habitual, además de la persona u objeto escamoteado hay otra u otras personas en el mismo plano, y además en movimiento. Bueno, pues eso precisamente ocurre en este Escamotage…, pues el mago (el propio Méliès) se está moviendo durante la ejecución del truco, en las tres veces que se lleva a cabo, y en las tres su continuidad de movimiento es prácticamente perfecta, sin que nos sea posible ver el corte entre los dos planos.

De hecho, si no fuera porque la dama lleva los ropajes de la época (vale decir con las faldas hasta el suelo), ni siquiera el primer corte se notaría, pues sólo se aprecia en el detalle de que esos faldones enormes, que sobresalen un poco del paño cubridor, desaparecen de golpe y porrazo.

Curiosamente, el propio Méliès utilizaría esta misma técnica posteriormente con gran profusión, pero nunca con el extraordinario resultado que dio en esta ocasión, una de las primeras veces que lo utilizaba.

Ejercicio de estilo (de mago, se entiende: el cine como tal sólo existía como novedad tecnológica; no había lenguaje propio, ni sintaxis, ni recurso alguno más allá de este “stop-trick” que Méliès, como Fleming la penicilina, encontró por casualidad), Escamotage… es una pequeña muestra del enorme talento del cineasta parisiense. No tiene un valor estrictamente cinematográfico, pero nos sitúa en esos momentos iniciales, primigenios, también privilegiados, en el que el cinematógrafo empezaba a buscar su propio camino, aún sin saberlo.

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Escamotage d'une dame au Théâtre Robert Houdin - by , May 25, 2013
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