Película: Exodus. Dioses y reyes

El envite de Ridley Scott era mayúsculo: ahí es nada, volver a poner en pantalla la misma historia que Cecil B. de Mille llevó al cine en los años cincuenta (hizo otra en los años veinte, pero de esa no se acuerda casi nadie), Los Diez Mandamientos. Y era mayúsculo porque aquel viejo filme demilleano es una de esas referencias que todo espectador de cierta edad tiene entre sus recuerdos de infancia, ya sea por haber sido visto en directo (me temo que los menos) o en alguno de los múltiples pases que se le ha dado en las televisiones de todo el mundo, mayormente en fechas tales como Semana Santa o incluso Navidad.

Así que luchar contra el recuerdo, que siempre magnifica lo visto, era complicado, y (lo diré ya) me temo que Scott no ha salido con bien de ese difícil envite. Y no es que Exodus. Dioses y reyes sea una película execrable (lo cual hubiera sido difícil, teniendo en cuenta que tiene detrás todo el peso de la muy profesionalizada cinematografía norteamericana, pero también de la inglesa y la española, que no son mancas), ni siquiera aburrida, que hubiera sido infringir el Undécimo Mandamiento (ya saben: no aburrir…), porque lo cierto es que el filme se sigue con interés, aunque no sea demasiado.

Pero la verdad es que tiene algunos elementos atractivos que la diferencian de su predecesora y evidente referencia, Los Diez Mandamientos. Ésa era una de las claves, no ser mimética con respecto a su modelo, pues entonces estaríamos con una actualización sin alma y el fracaso estaría cantado. Tiene Exodus… algunos elementos novedosos que interesan. Por ejemplo, la aparición de Dios, del Yahveh de los hebreos, con la forma de un niño de ocho o nueve años, una osadía que recuerda la que llevó a cabo el ecléctico Kevin Smith al hacer que Dios fuera una mujer (Alanis Morissette, por más señas) en su película Dogma.

Así que, junto a elementos tópicos, como la zarza ardiente que sin embargo no se consume, los encuentros de Moisés con Yahveh se desmarcan de lo bíblico, con ese Dios niño en vez de un Dios tonante, en vez de una presencia ingrávida y abrumadora. Es un acierto, aunque es una pena que no haya más aciertos como éste. Porque, por ejemplo, toda la parte final, con la retirada de las aguas del mar Rojo al paso de los judíos, y el posterior cierre de las mismas al paso de los egipcios, con la correspondiente debacle como de tsunami, está dado con un gigantismo que ya repele. El cine moderno ha conseguido unas cotas de reproducción en pantalla de cualquier cosa que se quiera que, me temo, está jugando en contra de la credibilidad de las historias que cuenta. Ves aquí esa ola monumental, como de más de cien metros, que aplasta a los egipcios, y no te lo crees: parece que más que el mar Rojo es el mismísimo océano Atlántico el que se pone en pie para castigar a los perseguidores del pueblo elegido…

Tampoco convence especialmente la forma en la que están presentadas las Plagas de Egipto, que parecieran haber sido iniciadas por uno de esos efectos mariposa tan tópicos de las historias de azar: cocodrilos del Nilo se comen a un buen puñado de pescadores, cuya sangre tiñe las aguas del río y, de ahí, como en cadena, viene casi todo lo demás.

Y lo peor del caso es que los personajes carecen de densidad: Moisés, el ahijado del Faraón, no tiene entidad propia: hoy es un príncipe de Egipto y mañana el líder de los judíos, prácticamente sin solución de continuidad. El nuevo Faraón (lamentable error de casting: Joel Edgerton no da en absoluto el papel) será un pelele que se mueve por pulsiones, y de cuya verdadera personalidad no llegaremos a saber nada. Del resto del reparto me quedo con la aportación española, María Valverde, que compone una atinada Séfora, la mujer de Moisés, quizá el paradigma (tras Job) de la paciencia absoluta: lo que esperó esta mujer… Un aparte para uno de nuestros secundarios favoritos, el gran John Turturro, aquí como siempre espléndido. En cuanto a Sigourney Weaver, Scott la recupera tras haberla hecho entrar en la Historia del Cine como la teniente Ripley de Alien, el octavo pasajero. Su papel aquí es ciertamente episódico (como lo fue en 1492, la Conquista del Paraíso, la otra colaboración entre ambos), así que habrá que considerarlo como un homenaje, quizá echar una mano a alguien que actualmente no pasa por sus mejores momentos como actriz (véase su modesta filmografía de los últimos años…).

Así que, lamentablemente, con unos efectos especiales que estaban en mantillas al lado de los que se han usado (y abusado) en la película de Scott, lo cierto es que la versión cinematográfica por excelencia de los hechos relatados en el bíblico libro del Éxodo sigue siendo la de Los Diez Mandamientos… Enmendar la plana suele tener estos efectos. Otra vez será, Ridley…


Exodus. Dioses y reyes - by , Dec 11, 2014
2 / 5 stars
Enmendar la plana