Película: Fences

August Wilson fue un afamado autor teatral afroamericano que ganó dos Premios Pulitzer, el primero de ellos en 1987 por su obra Fences. Su opera magna es un ciclo de obras dramáticas titulado Century Cycles, ambientado en su barrio natal de Pittsburgh, Pennsylvania, una zona residencial fundamentalmente habitada por negros y latinos de clases trabajadoras. Ese ciclo de dramas radiografía el mundo afroamericano USA por décadas, siempre en el contexto de familias pobres y con frecuencia desestructuradas, a la manera en que lo fue la infancia del propio Wilson. Repetidamente le pidieron llevar al cine su obra Fences, pero Wilson se negaba a que fuera un director blanco quien lo hiciera, argumentando que solo un cineasta negro tenía las claves para poder hacerlo bien. Fallecido en 2005, un año antes dejó un borrador de guion adaptando su obra a la gran pantalla, texto retomado una década después por Tony Kushner para hacer el guion definitivo del filme (finalmente dirigido por un negro, como quería Wilson), aunque Tony finalmente no figura en los créditos.

El actor y productor Denzel Washington hace con este su tercer largometraje como director, y ciertamente, con independencia de los valores dramatúrgicos de la obra original, se puede decir que el neófito cineasta no ha estado acertado. Quizá el problema resida en que la traslación al universo cinematográfico se ha hecho partiendo del trabajo de guion del propio autor teatral, August Wilson, y los retoques y ajustes los ha llevado a cabo otro dramaturgo, Kushner, con lo que la materia con la que ha tenido que trabajar Denzel ha sido abrumadoramente teatral; siendo Washington un director novato, con tres filmes como tal en tres lustros, parece que no era el profesional más adecuado para llevar el proyecto al terreno cinematográfico, y así ha sido: la adaptación de Fences es teatralizante, llena de una cháchara insufrible, larguísima, plúmbea y tediosa. Hay hasta varios mutis por el foro. Sólo hubiera faltado que se respetara la cuarta pared para que estuviéramos enteramente en un teatro del off-Broadway.

Pero es que, con independencia de la cuestión formal, que por supuesto es importante (teatro filmado es teatro filmado, y solo la genialidad de un Lars Von Trier en su díptico Dogville y Manderlay consigue extraer cine de una teatralización absoluta), el fondo no es que sea tampoco precisamente reconfortante. La película Fences, ambientada en los años cincuenta, narra la historia de un hombre negro, cincuentón, frustrado por no haber conseguido su sueño de jugar profesionalmente como beisbolista, a pesar de tener grandes condiciones para ello, tanto por su ya edad avanzada para ello como por (según cree él) su raza. Aunque su juventud fue lamentable, habiendo estado en la cárcel durante 15 años por robo, una vez en la calle rehace su vida; tiene un hijo de una relación anterior, se casa con una mujer con la que tiene otro, pero es un hombre de carácter difícil, muy duro con sus hijos, borrachuzo, irascible, machista… Una joya. Hasta ahí nada que objetar: conocemos este perfil, desgraciadamente demasiado habitual. Otra cosa es que la moraleja final apueste (en boca, además, de la mujer del hombre, que lo sufrió durante más de dos décadas) precisamente por su glorificación. Si el ideal del hombre es este, incluso el ideal de hombre negro es este para uno de los grandes artistas de su comunidad, August Wilson (y Denzel Washington se aplica a reproducirlo con devoción), mal vamos.

Al margen de esta cuestión, de esta idealización del marrajo, el problema de Fences, como queda dicho, es que no es cine, sino teatro (mal) filmado. A partir de ahí, todo lo demás es irrelevante. El protagonista, en varias escenas, recuerda a todo el que lo quiere oír (incluso a los que no lo quieren oír, como sus hijos y su mujer) la metáfora del béisbol que, supone él, sirve también para la vida: hay que aceptar las bolas rectas y las curvas, aduciendo a que hay que enfrentar igualmente cuando vienen bien dadas como cuando vienen mal: gran consejo, que seguramente descubre América e inventa la pólvora, y lo eleva a la categoría de un nuevo Platón o un nuevo Kant…

A Denzel Washington se le ve muy entregado a su papel, a pesar de su evidente abyección (quiero pensar que no precisamente por eso…), además de que es también productor. Pero al autodirigirse, Denzel cae en los habituales errores de teatralidad e histrionismo en los que, a buen seguro, otro director no le hubiera permitido incurrir. Viola Davis sí está eximia, aunque, ¿cuándo no lo ha estado la que es probablemente la mejor actriz negra de su generación? Con justicia consiguió el único Oscar de los cuatro a los que optaba el filme: cualquiera de los otros tres hubieran sido inmerecidos.


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137'

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Fences - by , Mar 02, 2017
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Las bolas rectas y las curvas