Película: Focus

Los filmes de timadores constituyen casi un subgénero dentro del thriller. Los hay de todos los colores y de todas las calidades, desde obras maestras como House of games, del gran David Mamet, hasta películas fallidas como The italian job, pasando por obras notables, como Nueve reinas o mediocridades como Los impostores o Confidence.

Focus no es desde luego un Mamet, ni tampoco es tan floja como The italian job; se queda en un estadio intermedio, sobre todo por el costeado diseño de producción que hoy por hoy supone tener a una megaestrella como Will Smith en el reparto. Estamos hablando de un presupuesto de 50 millones de dólares, sin grandes efectos especiales; aunque es cierto que el astro negro se lleva lo más grande de ese presupuesto, también lo es que todo ha de ir acompasado, y tanto el guión como la realización son solventes, como es habitual en el cine comercial USA. De todas formas, el problema de Focus es el habitual de los filmes con megaestrellas, que todo se hace para su lucimiento, que para eso es el que atrae al público en masa a las salas.

El problema en los filmes de timadores con sucesivas sorpresas es también que el público ya tiene el colmillo retorcido y es difícil, muy difícil, sorprenderle a cada nuevo giro del guión: casi siempre se ve venir, y eso dificulta la impresión de maravilla que deberían causar en el espectador los ingeniosos trucos. Si el público sabe cómo hace el mago para sacar un conejo de la chistera, ¿dónde está la gracia?

Con todo, es cierto que Focus se deja ver con agrado, discurriendo los timos de estos ladrones que, como decía irónicamente la vieja película española, son gente honrada, junto a otra línea argumental, de corte romántico, indisolublemente unida a la primera, y como ella, sujeta a los vaivenes de los virajes de los guionistas y directores, Glenn Ficarra y John Requa, que siempre trabajan juntos, como Pili y Mili, o como Victorio y Luchino, y cuyos títulos más relevantes como directores hasta ahora han sido Philip Morris, ¡te quiero! y Crazy, Stupid, Love.

Will Smith hace de Will Smith, como en él es habitual. El problema del ya antediluviano protagonista de la serie El príncipe de Bel Air es que siempre es él, carece de capacidad de transmutarse en otro, que es lo que caracteriza al buen actor. Es cierto que a John Wayne le pasaba lo mismo, pero la diferencia entre Wayne y Smith parece evidente: el viejo pistolero llenaba la pantalla con su sola presencia, mientras que el actor de Independence Day dista mucho de conseguir ese efecto en el espectador, aunque tenga también las espaldas bastante anchas: y es que no es cuestión de física, sino de química... A destacar la coprotagonista, Margot Robbie, que ya nos interesó en El lobo de Wall Street y aquí vuelve a estar convincente en un personaje con muchos (quizá demasiados…) dobleces.

Es curioso ver también a Rodrigo Santoro pasar sin cortarse un pelo del Jerjes de 300 (que era como la fusión de una drag queen y un jugador de basket de la NBA) a una especie de Bernie Ecclestone, el magnate de la Fórmula 1, con sesenta años menos y, desde luego, mucho mejor carrocería que el decrépito y execrable machista que comparó a las mujeres con electrodomésticos: claro que a Ecclestone hubieran podido compararlo, en este caso sin faltar a la verdad, con una rata de cloaca, dado su aspecto, y tampoco hubiera pasado nada…


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105'

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Focus - by , Mar 30, 2015
2 / 5 stars
Los ladrones somos gente honrada