Película: GAL Tras el éxito de El Lobo, la productora Mundo Ficción acomete un tema en el que están especialmente interesados. No en vano el director general de esta productora, Melchor Miralles, fue el corresponsable, junto a Ricardo Arques, de la serie de reportajes que, en los años ochenta y primeros noventa, primero en Diario 16 y después en El Mundo, desmontaron toda la trama de los GAL (Grupos Armados de Liberación, antiterrorismo ETA, supuestamente auspiciado por el gobierno de la época) y llevó a prisión a sus principales inductores, aunque no al que el juez instructor llamaría Señor X, supuestamente el máximo responsable de esos grupos.

Pero si en El Lobo había cierta capacidad de intriga y de tensión, con la historia de aquel primer topo que los espías españoles consiguieron introducir en la cúpula de ETA, aquí esa capacidad se pierde totalmente: lo que se nos cuenta lo conocemos de memoria, al menos los que vivimos aquellos años ya en edad adulta. El hecho incomprensible de que, además, se nos hurten los nombres verdaderos, no deja de ser chocante: ¿por qué esa opción, cuando los hechos descritos en la película están ya juzgados, condenados y la mayor parte de los convictos incluso están ya en la calle, habiendo purgado sus penas? Hombre, se entiende que las insinuaciones no precisamente veladas que se hacen sobre la implicación del Presidente del Gobierno de entonces, Felipe González, o del entonces ministro Corcuera (con su famoso enfrentamiento con Pedro J. Ramírez, primero ante las cámaras de televisión y después, según parece, fuera de ellas) podrían pasar factura a los responsables del filme, pero, dejando a un lado éstos, ¿por qué se oculta bajo nombre falsos a José Amedo, Michel Domínguez, los dos convictos y confesos miembros del GAL, o a Segundo Marey, su primera víctima (y primer patinazo también: era un viejo pensionista sin relación alguna con ETA), e incluso a los altos funcionarios del Estado, como Rafael Vera, Julián Sancristóbal, Julen Elgorriaga, o políticos como Ricardo García Damborenea, todos estos ya condenados e incluso en la calle, una vez purgadas sus penas?

Tampoco es de recibo la historia (más bien historieta) de amor que el guionista Antonio Onetti, evidentemente con el consentimiento (si no con el impulso…) del “hombre fuerte” del filme, Melchor Miralles, se saca de la manga. Aparte de que es un parche poroso que no aporta nada a la película, resulta increíble y artificioso; además, hace perder de vista la veracidad que se le supone a la obra, teniendo en cuenta que los descubridores del GAL, Miralles y Arques, eran varones y, que se sepa, no tenían asuntos de sexo entre ellos. Entonces, ¿por qué a Arques aquí la convierten en una chica, de la que además está enamorado el personaje de Miralles? No hay intriga merecedora de ese nombre, ni la trama progresa de forma medianamente decente, sino a trompicones. Para remate de los tomates, Jordi Mollà, que se toma muy en serio su papel de Amedo, el bragado subcomisario que estuvo al frente de la chapuza que la historia conocería como GAL, intenta imitar el tono de voz del policía, pero le sale algo así como el habla de Torrente; peor aún, de Carlos Latre imitando a Torrente… En fin, si tiene algún valor GAL es del de poner en imágenes uno de los sucesos más lamentables de la crónica política del último cuarto de siglo. Alguien tenía que hacerlo, pero quizá no era Courtois, con el aliento en el cogote de Miralles, coautor de aquel “scoop” periodístico, el más adecuado para ello. Hay una buena película en la horrenda historia del GAL, ésa que se desarrolla, en palabras de González, en las cloacas del Estado; pero desde luego, no es ésta…

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100'

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GAL - by , Nov 16, 2006
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Las cloacas del Estado