Película: Gordos Voy a contarles una anécdota en la que, en su momento, seguramente no reparó mucha gente: cuando hace unos años Daniel Sánchez Arévalo recogió el Goya a la Mejor Dirección Novel por su anterior filme, Azuloscurocasinegro, en el discurso de agradecimiento se acordó de sus padres; no sé si hubiera sido mejor que se olvidara, porque lo que dijo entra dentro de eso que podríamos decir, “como te quiero tanto, te escupo a la cara”. Dijo el pimpollo Daniel, con su Goyita entre los brazos, mientras dejaba escapar una ocasión de oro para callarse: “Se lo dedico a mis padres, que me han llenado de cariño y de traumas como para que pueda hacer películas el resto de mi vida” (la cita es aproximada, pero su espíritu es exacto). El realizador de la ceremonia enchufó a los padres de Daniel (que no son precisamente unos indocumentados: José Ramón Sánchez, célebre dibujante que alcanzó la fama al hacer los carteles electorales del PSOE en 1979 y 1982; y Carmen Arévalo, actriz secundaria de larga carrera en cine y televisión), que sonreían bobaliconamente ante el premio de su hijo, aunque éste les acababa de pegar un guantazo sin manos que, seguramente, no merecían. Dejo al criterio del lector si esta grosera descalificación en público, ante millones de televidentes, no es para mandar al hijo al carajo para los restos.

Claro que, como esa visión de Daniel Sánchez Arévalo (que, aunque le joda, lleva los apellidos de los padres que le han “llenado de traumas”) podría suponer que tengo prejuicios contra él y contra su nueva película, anticipo que no es así: al contrario, Gordos me parece un estimulante trabajo, un nuevo sendero (o al menos una bifurcación) para el cine de comedia español, tan ensimismado en los últimos años en terrenos ya baldíos, como la caspa torrentiana (por la saga de Torrente, de Santiago Segura, y lo que es peor, por sus epígonos), o la comedieta de adolescentes salidos, deudora de sus primos norteamericanos de American Pie  y sandeces similares. Aquí Sánchez Arévalo opta por un camino distinto, una comedia sobre cinco gordos y la terapia a la que asisten con un psicólogo para hablar de su gordura. Algo así como unos “Gordos Anónimos”, como los célebres “Alcohólicos Anónimos”, pero con mucho más sebo sobre las sillas. Esos cinco gordos, más el psicólogo, más personajes de sus diferentes entornos, se interrelacionan durante el filme, y en esa intersección encontrarán, tal vez, motivos para adelgazar, o para mantenerse gordos, quizá para ser felices, o infelices… Una terapia que busca indagar en los motivos de la gordura antes que encontrar métodos para acabar con ella, inevitablemente pondrá en cuestión, en solfa, muchas de las circunstancias vitales de cada orondo: el forense de vida conyugal perfecta con su elefantiásica esposa pero que tiene abandonados a sus hijos; la profesional de vida ideal y relación ideal, atrapada en tanta idealidad, que busca en la gordura su forma de escapar de tal cárcel de oro; la catequista a la que le pica algo más que la mano, con su difícil relación sexual con otro correligionario (nunca mejor dicho…) y sus fantasmas de represión; el icono publicitario de un producto adelgazante que se ha puesto como una foca y su extraña relación sexual (siendo gay) con la mujer de su socio; y el propio psicólogo, como el protagonista del clásico El regador regado, inesperadamente aquejado de una dolencia psíquica emparentada con el exceso de kilos y, sobre todo, las curvas desmesuradas.

Obra desigual en sus distintas historias (para mi gusto la mejor es la del psicólogo, aunque la de la catequista y su novio reprimido también tiene su encanto), el conjunto es estimulante, agradable de ver, sin por ello resultar empalagoso: no hay “happy end”, porque tampoco podría haberlo, aunque tampoco existe un “unhappy end”. Es cierto que alguna de las historias, como la de la beatita, termina convocando una suerte de realismo mágico que resta credibilidad al resto de su propio segmento argumental, verosímilmente construido hasta ese momento. Pero la sensación final es que, sin llegar a acertar de pleno, los traumas con los que con tanto trabajo los padres de Sánchez Arévalo llenaron la vida de su hijo, están dando sus frutos… Mención especial para los actores, en general excelentes: me quedo con la composición de Antonio de la Torre, en un papel en el que tan fácil era pasarse de rosca, y que él mima con auténtico arte; Roberto Enríquez apecha con uno de los papeles más complicados, y lo resuelve con eficacia; Verónica Sánchez también está de sobresaliente, como la dulzura inabarcable de Leticia Herrero en su papel de beatita acuciada por el deseo, citando pasajes de La Biblia para seducir a su amado: y es que una lectura interesada de El Cantar de los Cantares alegra las pajarillas hasta al más recatado de los humanos…

Género

Nacionalidad

Duración

120'

Año de producción

Gordos - by , Sep 20, 2009
3 / 5 stars
Una terapia peligrosa