Película: Green Zone. Distrito protegido

Paul Greengrass se ha hecho un nombre con la segunda y tercera partes de la trilogía del agente Jason Bourne, pero sobre todo con su sobresaliente United 93, una plausible y nada patriotera ficción sobre lo que pudo ocurrir, verosímilmente, en el vuelo del título que estaba previsto se estrellara el 11-S contra la Casa Blanca, según el plan de los secuestradores, y que finalmente fue abortado por los propios viajeros, en una autoinmolación que nunca se les agradecerá bastante.


Greengrass, un británico fogueado como reportero en diversos frentes (incluidos algunos bélicos), ha conseguido, en su todavía no demasiado extensa carrera cinematográfica como director, desarrollar un estilo reconocible; sin ser afín (afortunadamente) a la vaina del Dogma’95 de Lars Von Trier, utiliza una filmación cámara en mano que, en su caso, deviene en una suerte de naturalismo muy de agradecer.


También por fortuna, Greengrass sabe qué es lo que nos quiere contar y no utiliza el viejo truco de los directores incompetentes, que usan la cámara al hombro o la ausencia de trípode para aturrullar al espectador, aturdiéndolo con movimientos sin sentido y procurando que la sensación de vértigo se produzca más por el mareo de una cámara aquejada por el baile de San Vito que por la propia esencia de la escena de acción. En Greengrass eso no sucede: sus escenas de lucha, persecución y acoso están filmadas escrupulosamente, aunque con un nervioso movimiento de cámara que optimiza la sensación de realismo de la historia que se cuenta.


En esta Green Zone. Distrito Protegido Greengrass perfecciona su técnica, ya manifiestamente estilizada, y la pone al servicio de una historia, basada en un best seller del que fuera alto cargo de The Washington Post, uno de los referentes del periodismo mundial, como es sabido. La historia gira en torno a las famosas armas de destrucción masiva (ADM en el acrónimo español) y su búsqueda en Bagdad y otras ciudades al comienzo de la invasión de Iraq, allá por 2003, cuando el oficial que está al mando de esa búsqueda se da cuenta de que está siguiendo pistas falsas y sospecha que hay otra historia, no oficial, muy distinta de la real.


El tiempo, que todo lo pone en su sitio, confirmó lo que era un secreto a voces: la invasión de Iraq nada tuvo que ver con la supuesta tenencia de armamento nuclear o químico por parte de la dictadura de Sadam Hussein, y sí con la sed de petróleo de las grandes multinacionales del sector energético. Las ADM fueron la abyecta coartada para montar una invasión cuyas consecuencias todavía no hemos visto en su totalidad; por ahora, cuando esto se escribe, las que se ven a simple vista son un país devastado económica y socialmente, una guerra de guerrillas que no termina nunca, una interminable serie de atentados indiscriminados, un callejón sin salida para los aliados y la sensación de que ese tremendo disparate que fue la invasión de Iraq aún tiene que pasar una factura en miles, tal vez millones de muertos en todo el mundo.


Green Zone apuesta por la denuncia de una barbaridad, de una infame mentira que facilitó la invasión; lo hace, desde luego, como el vistoso artefacto de acción que es. En ese sentido, se utiliza un género, el bélico, al que suele ser habitual un público que (digámoslo así) le parece que Kierkegaard es el delantero centro de la selección danesa; estamos entonces dando un mensaje político, muy claro y muy verídico, es cierto, a gente que no suele detenerse demasiado en estas cuestiones. Bien está esa utilización de un género esencialmente dirigido a jóvenes de hormonas en ebullición y cacumen en estado de postración.


Greengrass se confirma como un cineasta valioso, con un estilo muy definido y unas ideas muy claras, que le perfilan como uno de los directores con más pedigrí del Hollywood liberal de nuestro tiempo.


 


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Duración

115'

Año de producción

Green Zone. Distrito protegido - by , Apr 05, 2017
3 / 5 stars
Abyecta coartada