Película: Hairspray El cine musical, tan escaso hoy día, sigue bebiendo de Broadway para sus nuevas propuestas. Aunque, como en este caso (también en la de la reciente “Los productores”) lo haga como consecuencia de un musical teatral que tuvo su origen en una película, además de carácter cuasi “underground”, de igual título, dirigida en 1988 por el “outsider” John Waters, quien, en un rasgo de humor, aparece aquí en un cameo como… el típico exhibicionista de la gabardina.
El director de este musical cinematográfico, Adam Shankman, tiene ya un carrera de medianas dimensiones como realizador, si bien es cierto que hasta ahora la excelencia no era precisamente la mayor de sus virtudes; puede considerarse su mejor película como director “Se montó la gorda”, una agradable comedia con Steve Martin y Queen Latifah, precisamente sobre el derecho a la diferencia, a vueltas también con el sobrepeso y la raza. Pero Shankman procede del mundo de la coreografía, y entonces está claro que su capacidad para llevar a la gran pantalla este musical era la ideal, siendo como es también perito en comedias, aunque no sean, al menos por ahora, la octava maravilla del mundo.
“Hairspray” resulta ser, de esta forma, un agradable musical cinematográfico, al que no se le notan las costuras teatrales, en el bien entendido que cualquier musical en la gran pantalla es, “per se”, una quimera, algo irreal hecho para deleite de los sentidos: está claro que a Galdós, Balzac o Zola, entre otros escritores realistas, les resultaría reprobable el estallido de fantasía, de inverosimilitud, de imaginación, que supone el musical cinematográfico.
Curiosamente, el principal tema de “Hairspray”, por encima incluso de la reivindicación de la gordura que pudiera suponerse, teniendo en cuenta que la protagonista y su madre son tamaño “king size”, es el antirracismo: ambientada, como el musical de Broadway y la película seminal de Waters en los primeros años sesenta del siglo pasado, el asunto central pronto pasa a ser la lucha contra la segregación racial que, hace no tanto tiempo, aún era lo habitual en muchos estados USA. Que una aberración como esa persistiera hasta hace escasamente cuarenta años confirma la sensación de que el ser humano no ha evolucionado mucho desde que se bajó del árbol, siendo poco más que un simio que empezaba a manejar las manos.
Dado el tono festivo del filme, esa denuncia está hecha con alegría, como una fuerza de la naturaleza que rompiera todos los diques con la simple fuerza de sus bailes sensuales. ¡Qué lástima que en la vida los problemas no se pudieran solucionar así! En cualquier caso, “Hairspray” resulta un estimulante ejemplo de buen cine musical, que no renuncia al compromiso social, a la denuncia de las felonías del hombre, sin por eso resultar un pestiño, sino un agradabilísimo espectáculo con excelentes coreografías, buen ritmo y divertidas “performances”, como la de Michelle Pfeiffer en plan malvada como de cuento, que recuerda, por momentos, a la mismísima Cruella de Vil de “101 dálmatas”; John Travolta en su primer papel travestido, como una elefantiásica mamá que recuerda a una Omaíta con acento de Baltimore; Christopher Walken, sin embargo, tan buen actor, no era el más apropiado para el papel del elemental padre de la protagonista, un simple al que la complejidad conceptual del inolvidable intérprete de “El cazador” no le va en absoluto; bien la debutante Nikki Blonsky, aunque es evidente que sus limitaciones físicas (digamos, por decirlo de forma suave, que se viste inevitablemente en las tiendas de “tallas grandes”…) complicarán su futura carrera como actriz. Entre los secundarios descuella considerablemente la siempre estupenda Queen Latifah, un huracán negro, una rotundidad de mujer de orondas curvas que canta como Donna Hightower y tiene el encanto de Halle Berry, por citar a dos grandes de la comunidad afroamericana (vamos, negra, si lo decimos de forma políticamente incorrecta); no me resisto a añadir un dato, aunque sea en clave de casa (Sevilla, mi ciudad): el actor Paul Dooley, con el peluquín que luce en la película, es enteramente el vivo retrato de Pepe León, el actual no-presidente (los béticos, y hasta los sevillistas, saben a qué me refiero…) del Real Betis Balompié. Y es que en el cine a veces hay parecidos razonables (gracias, “Fotogramas”) ciertamente inesperados…

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117'

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Hairspray - by , Sep 28, 2007
3 / 5 stars
Omaíta en Baltimore