Película: Harry Potter y el Misterio del Príncipe

Lamentablemente, hay que convenir que seguimos en las mismas del quinto episodio, Harry Potter y la Orden del Fénix, de la saga cinematográfica infantil probablemente más famosa de todos los tiempos. La mano que mece la cuna (para la ocasión el director, el mediocre David Yates) pone de nuevo en escena pulcramente, pero sin un ápice de creatividad, las aventuras imaginadas por J.K. Rowling para el mago adolescente al que debe nada menos que no tener que doblarla más en su puñetera vida, ni en la suya ni en la de sus descendientes en diez generaciones, por lo menos.


El sexto episodio, en novela, es muy estimulante: es una entrega considerablemente más negra que las anteriores, como corresponde a un público que ha crecido a la vez que el personaje, quien ya ha perdido la inocencia en todas sus formas: erótica, porque ya se morrea con chicas de su edad (como, por lo demás, es normal), pero también fúnebre, al presenciar la muerte de un ser querido en el episodio quinto, su padrino, y otro en este sexto (que no descubriremos, aunque si han leído la novela no hay nada que revelar).


Las curiosas novedades que plantea Rowling en este su sexto libro, como el armario evanescente o la poción de la felicidad, están desdibujados en su traslación cinematográfica, carecen de la gracia especial que la autora (que tampoco es que sea Shakespeare, pero sí tiene más enjundia que Yates) pone en su historia; los devaneos amorosos parecen de película de adolescente (no demasiado) salidos, sosos, aburridos, con algunos episodios (como el del Ron equivocadamente envenenado de azules, digo de filtros de amor) que son para suspender en primero de carrera de Comunicación Audiovisual.


Hay algunos momentos, a qué negarlo, que tienen cierta altura, como el asedio de los mortífagos a Harry y sus amigos Weasley cerca del hogar de estos, o la secuencia del ataque de los muertos vivientes en la gruta, tras el rescate del Horrocrux, dada con una inquietante escenografía que a buen seguro romperá en pesadilla en más de una cabecita infantil que presencie el filme. Pero el conjunto no tiene la talla de los capítulos iniciales, sobre todo el primero y el tercero.


Eso sí, basta contemplar el comedor de Hogwarts, con sus velas encendidas, milagrosamente suspendidas sobre las cabezas de los pupilos, o disfrutar de los deliciosamente malvados mortífagos que vuelan como versiones perversas de Superman (sin capa ni leotardos, eso sí: todavía hay clases…), para recordarnos que estamos en el confortable universo Potter, un lugar donde las reglas son otras distintas de las comunes, donde el azar siempre juega a favor de nuestro héroe, donde por muy grandes trastadas que haga el brujito de las gafas redondas y la cara hierática, el gran Dumbledore siempre se las arreglará para sacarlo sano y salvo.


Como es ya santo y seña de la saga, Daniel Radcliffe confirma su escasa capacidad interpretativa, y Emma Watson, por el contrario, que es un diamante no en bruto, sino ya casi pulido. Pero los mejores, como siempre, son los grandes actores británicos; esta vez descuellan poco Maggie Smith y Michael Gambon (a pesar de que éste gana peso en su papel), pero lo hacen, y de qué manera, Jim Broadbent, que pone cara maravillosamente al atolondrado (pero menos tonto de lo que aparenta…) profesor Slughorn, un prodigio de melifluidad.


Claro que, ya puestos, me quedo con una todavía no demasiado veterana, Helena Bonham Carter, cuya Bellatrix Lastrange es el “súmmum” de la maldad de la serie, casi por encima del propio Voldemort: nihilista, caótica, imprevisible, airada, sin escrúpulo alguno, con más mala leche que la Madrastra de Cenicienta y la Bruja de Blancanieves juntas: vamos, una delicia…


 


Harry Potter y el Misterio del Príncipe - by , Apr 05, 2017
2 / 5 stars
El confortable universo Potter