Película: He oído cantar a las sirenas

He aquí un título insólito en su momento: por su nacionalidad, canadiense, que en los años de su producción era tan poco frecuente su estreno por estos lares (ahora tampoco mucho más, es cierto); por su realización, llevada a cabo por una mujer, en un tiempo en el que la dirección cinematográfica estaba lleno de hombres y casi vacío de varonas; por su carácter de “opera prima”, de primer filme de su autora, cuando los circuitos internacionales de distribución sólo apuestan habitualmente por los cineastas consagrados; por su producción, también ejecutada exclusivamente por mujeres; por su reparto, dominado abrumadoramente por féminas, con algún papel episódico para un hombre, casi de contraste; por su carácter femenino, no feminista, como hubiera sugerido tanta mujer en su ficha artística y técnica; y, sobre todo, por su tema: el ser humano de a pie, el individuo llano, no sofisticado, no contaminado por los excesos culturalistas, ni por la vanidad de las modas, ni por la estética esnob: el ciudadano profundo en su simplicidad.


La sencillez como filosofía de la vida, ese es el asunto del que trata esta He oído cantar a las sirenas. Polly es una chica ingenua, poco agraciada, sin embargo agradable, escasa de caletre pero feliz de su propia existencia. Ha vivido algunos amores, generalmente mal terminados, a fuer de inocente. Busca trabajo, aunque sus bondades humanas no son equiparables a su corta preparación laboral, lo que la hace ir de empleo en empleo. Trabaja circunstancialmente en una galería de arte, como secretaria, para una mujer, arquetipo de la hembra liberada de los años ochenta: culta, dueña de su vida, dirige su propia empresa, ama por libre (en este caso, a una artista más joven, de raro talento): probablemente, el antónimo humano de Polly.


La joven ingenua y sentimental se siente atraída, no ya física, sino humana, visceralmente, por la mujer a la que de alguna forma adora, casi entroniza: pronto comprenderá que no es oro todo lo que reluce, ni la libertad depende simplemente de la decisión de ser libres: también hay que luchar por ella día a día.


Pululan por la cinta personajes curiosos, como el crítico de arte, con el que la dueña de la galería comenta algunos cuadros, con esos diálogos de besugos que a veces se escuchan sobre tan complicado asunto como es la pintura: al menos a los profanos nos suena, con frecuencia, a tomaduras de pelo. Patricia Rozema los retrata sin dureza, dejando que sea la expresión entre admirada y lela de Polly la que nos devuelva nuestro propio rostro.


Mención aparte merece la protagonista, la para nosotros entonces desconocida Sheila McCarthy (aunque después la hemos seguido intermitentemente a través de filmes de corte comercial, como El día de mañana o De repente, un extraño), una de esas personas de raro carisma que llenan por sí solas la pantalla de cine. No es guapa, ni una gran actriz, ni nada especial; tal vez sea ese su encanto: es como todo el mundo, sin impostaciones, simple, serena en su dorada medianía, arrebatada en sus apasionamientos quizá intrascendentes, pero de verdad auténticos. La actriz es el personaje, y es difícil encontrar una tal similitud en el cine actual. Aún más, la actriz es la película, y sin ella nada sería igual.


He oído cantar a las sirenas es una muy digna primera película, que hará sonreír al espectador, tal vez pensar, nunca aburrirlo. Ante tanta mamarrachada postmoderna como se estilaba en la época de su producción, en el segundo lustro de los años ochenta, este filme se postulaba como una bofetada de sencillez. Ese es su mejor, su supremo valor.


 


Dirigida por

Género

Nacionalidad

Duración

82'

Año de producción

He oído cantar a las sirenas - by , Nov 26, 2016
3 / 5 stars
Una bofetada de sencillez