Película: Ignacio de Loyola

Ciertamente estamos ante una película atípica. En estos tiempos descreídos, llevar a la pantalla la vida de un santo se antoja casi temerario. Es cierto que el santo biografiado es, probablemente, uno de los de vida más intensa y, también, de los que más profundamente han influido en la vida de la Iglesia Católica en los últimos cuatrocientos años. Es sabido que al Prepósito General, el líder electo de la Compañía de Jesús, que fundó Ignacio de Loyola en el siglo XVI, se le conoce como “el Papa negro” (por el hábito de ese color), para denotar su poder, que se reputa casi igual al del Papa propiamente dicho (que viste de blanco). 

El caso es que Íñigo de Loyola, que así fue su gracia de nacimiento, apenas ha tenido alguna que otra aparición relevante en cine o televisión como figura prominente de la Iglesia y, por ende (dada la influencia que esta ha tenido y tiene en el mundo), de la Historia. Cabe recordar, dentro del inflamado patrioterismo religioso del cine franquista, El capitán de Loyola (1949), dirigida por José Díaz Morales, cineasta español exiliado en México que tuvo un breve tránsito por su país de origen con filmes como este, quizá el peaje para volver a rodar en su tierra. Rafael Durán interpretaba al santo que antes fue soldado, con el engolamiento propio de la época.

Ignacio de Loyola está producida por una fundación jesuita filipina, con lo cual es evidente que no hay matices críticos sobre su fundador. Tampoco se pedían, es cierto, aunque sí algo más de brío cinematográfico. Partiendo de una idea original de un sacerdote jesuita, Emmanuel Alfonso, que además ejerce también de productor ejecutivo, y sobre la base de la autobiografía ignaciana, el filme ha sido encargado a un cineasta manilense, Paolo Dy, cuya filmografía hasta ahora se limitaba a varios cortos. En la función de dirección ha contado con el apoyo de la neófita en estas funciones Cathy Azanza. El caso es que quizá hubiera sido mejor haber contado en la dirección con alguien con más tablas y, digámoslo ya, con más personalidad. Ni Dy ni Azanza parecen tener algo parecido a esa cualidad, y el filme se resiente ostensiblemente de ello. También, por qué no decirlo, de la falta de tablas; aunque está contada con cierto ritmo, la sensación en conjunto es la de una película más bien aburrida, en tiempos en los que ese es un pecado mortal.

La historia que se nos cuenta parte de los años de juventud de Íñigo de Loyola, cuando lucha como oficial en la defensa de Pamplona ante los franceses, en un sitio que se antojó suicida, batalla en la que el que sería santo resultó gravemente herido en una pierna. A partir de ahí, de la afrenta que para el soldado que soñaba con convertirse en un héroe supuso convertirse en un tullido, y de la lectura de libros religiosos durante su convalecencia, nace una impetuosa fe cristiana y el deseo de dedicarse en cuerpo y alma a los demás, renunciando a los bienes terrenales. Como eran tiempos difíciles para la Iglesia, el nuevo predicador será puesto en entredicho por la Inquisición, que finalmente lo absuelve de herejía.

Película que se quiere costeada pero que, evidentemente, está hecha con escasos recursos (950.000 dólares USA, si hay que hacer caso a la biblia del cine, la IMDb), a ratos parece la práctica de fin de curso de alguna escuela de cine no especialmente distinguida. Quizá la osadía de poner en imágenes, a mediados de la década diez del siglo XXI, una historia de santo, es quizá su mayor virtud. De otras propiamente cinematográficas, desde luego, ciertamente carece. Eso por no hablar de los efectos digitales, que colindan con el amateurismo.

Andreas Muñoz, el actor madrileño que encarna al santo navarro, pone gran esfuerzo en el empeño. Quizá sea lo mejor del filme, un actor ya más que baqueteado, a pesar de su juventud; y es que empezó a hacer cine con nueve años, en El espinazo del diablo (2001), de Guillermo del Toro. El rodaje en inglés, salpicado con frases en español, debe facilitar su distribución mundial, si bien creo que, por su temática, su destino fundamental estará en organizaciones religiosas o periféricas a estas, mayormente de la órbita jesuita.


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126'

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Ignacio de Loyola - by , Jun 26, 2017
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Soldado de Dios