Película: Inseparables

No es frecuente que cinematografías que no sea la norteamericana se dediquen a rodar “remakes” de películas de otras nacionalidades. Curiosamente de un par de años para acá se han dado dos “remakes” cruzados entre dos cinematografías como la francesa y la argentina. Los primeros fueron los galos, al hacer Un hombre de altura (2016), de Laurent Tirard, que no era sino una nueva versión de Corazón de león (2013), del argentino Marcos Carnevale. Ahora es curiosamente este director porteño el que dirige Inseparables (2016), “remake” de la exitosa Intocable (2011), de los gabachos Olivier Nakache y Eric Toledano.

La historia es en términos generales la misma, con las correspondientes variaciones en cuanto a lugares en los que se desarrolla la trama y circunstancias personales de los personajes protagónicos. Aquí el rico tullido toma como asistente personal a un tipo de vida infecta, un hombre con infancia horrible (abandono del padre, muerte de la madre, acogimiento por una tía, escasez de recursos, vida familiar desestructurada…), de pésimos modos, con tendencia a tirar de puño a las primeras de cambio. La razón por la que el tetrapléjico prefiere a este mamarracho en vez a un experto, la ausencia de compasión para con él, no deja de ser una licencia artística (por llamarla de alguna forma…) del guionista y director. Como era de prever, aunque al principio los modales infames del nuevo asistente personal chocan con las exquisitas maneras de la casa, pronto el patán se gana el corazón de todos, blablablá…

Marcos Carnevale, guionista y director (o sea, que no tiene excusa, no puede echarle la culpa a otro…), adapta al universo bonaerense la verídica historia de Philippe Pozzo di Borgo, el aristócrata galo que quedó paralítico tras un accidente y contrató a un expresidiario para ayudarle en su vida cotidiana, verídica historia que, publicada en el libro autobiográfico Le second souffle, fue la base de la mentada Intocable. En Inseparables no hay gran cosa distinta, aparte de que los personajes hablen con la dulce musicalidad de los argentinos y el ayudante patán no pueda decir dos palabras seguidas sin incluir “boludo”, “pelotudo”, “luca” o “pendejo”: se supone que es la jerga de los barrios lumpen de Buenos Aires… Lo que quizá no sepa Carnevale es que, seguro que sin querer, ha hecho también una especie de nueva versión, en cateto, del Teorema (1968) de Pasolini, pues aquí también tendremos a un ángel (permítannos la licencia, está no sé si lírica o cómica…) que llega a un hogar, tras lo que todos se verán transformados: el millonetis en silla de ruedas dejará de tener compasión por sí mismo y se decidirá a amar; la hija del millonetis empezará a tener autoestima y a hacerse respetar por el novio rico y estúpido (uy, perdón por la redundancia…); la gobernanta dejará de ser tan rígida para empezar a pensar en sus sentimientos; y así todo… Teorema con acento porteño, y, desde luego, muy por debajo del filme pasoliniano, una de las cumbres del cine del poeta y director boloñés.

Pero nada aporta, aparte de esa involuntaria versión del clásico de Pasolini, esta nueva puesta en escena de una historia que ya nos conocemos de memoria, y que además nutre su (supuesta) comicidad de un tipo de humor, el de opuestos, que está más visto que el tebeo. Además, Carnevale debe considerar que el arte y la cultura, lejos de engrandecer al ser humano, lo que hace es aburrirlo y hacerle sestear; si el humor de opuestos es lamentable, el que basa su (muy presunta) comicidad en burlarse de lo culto, de lo artístico, roza lo obsceno, hoza en lo peor del ser humano, en esa tendencia al embrutecimiento que solo nos puede llevar a una nueva Edad Media; qué digo Edad Media, es la etapa histórica del románico y el gótico, del arte bizantino, del canto gregoriano, del mester de juglaría… donde nos llevaría sería a las cavernas, antes de que en Altamira, en Lascaux, nuestros prehistóricos tatarabuelos empezaran a sentir algo que con el tiempo llamaríamos el impulso artístico.

Carnevale parece haberse especializado en un tipo de comedia que parece aspirar a decir algo más, aunque casi siempre ese algo más se le va por el sumidero. Títulos como Almejas y mejillones (2000), Elsa y Fred (2005) o la mentada Corazón de león (2013) confirman sus pedestres maneras como director, su cortedad como guionista y su, en general, poca sutileza como cineasta.

La película se asienta fundamentalmente sobre sus dos protagonistas: Óscar Martínez es el millonario recluido en una silla de ruedas; el veterano actor, que ha trabajado a las órdenes de buena parte de los más interesantes directores argentinos (Jusid, Subiela, Ayala, Burman, Szifron; también con Carnevale: el mejor escribano echa un borrón…), realiza una composición ajustada, aunque es cierto que su papel tenía lagunas que el guionista no ha subido llenar; Rodrigo de la Serna, más joven pero también ya con una apreciable carrera a sus espaldas, y que hace poco tuvo un impactante papel en Cien años de perdón (2015), coproducción hispano-franco-argentina, resulta adecuado para este rol de matón de barrio que cambia, quizá sin proponérselo, a los estirados miembros de la mansión. Por supuesto, él también será cambiado, estaría bueno, y para mejor… Pues si la redención del marginal ha de venir por historias como esta (que se produjo en el mundo real una sola vez, con el aristócrata francés, y no habrá más…), aviados estamos…


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108'

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Inseparables - by , Jul 30, 2017
1 / 5 stars
El ángel de "Teorema", matón de barrio