Película: Interstellar

Desde que en el año 2000 se estrenó su segundo largometraje, Memento (el primero, Following, había pasado más bien desapercibido), el inglés Christopher Nolan se ha fabricado una carrera de lo más interesante. Ha hecho una trilogía sobre Batman (Batman begins, El Caballero Oscuro, El Caballero Oscuro: La leyenda renace) que ha elevado el cine de superhéroes a la categoría de arte, cuando antes era literatura pulp  o evasión simplicísima; ha hecho estimulantes thrillers muy distintos a lo habitual (Insomnio), y curiosísimas aportaciones al género fantástico (Origen, El truco final). Ahora se adentra sin recato en el cine de ciencia ficción, donde hacerlo supone hollar el mismo sendero de clásicos inmortales como 2001: Una Odisea del Espacio o Blade Runner, que son palabras mayores, y entonces hay que tenerlos bien puestos para atreverse en un terreno donde han jugado gente como Stanley Kubrick, uno de los escasos indiscutibles del cine.

Mi impresión sobre Interstellar es que cuenta una historia interesantísima que, sin embargo, no ha terminado de funcionar todo lo bien que hubiera debido. No es que carezca de valor: al contrario, lo que se nos cuenta gusta, estimula, interesa. Ahí es nada: la Tierra, en un tiempo indefinido pero que podríamos convenir que fuera la década de los años treinta de este siglo XXI. El planeta está acosado por una cada vez más creciente plaga de polvo que lo cubre todo, que se enseñorea de todo: la tecnología, aún vigente, ha dejado su lugar preeminente a la desesperada búsqueda de alimentos para una ingente raza humana. El papel del granjero ha pasado a ser el más relevante de la sociedad, relegando a los ingenieros a los estratos más bajos de la consideración pública. En ese contexto, un ingeniero aeroespacial vive con sus hijos (chico adolescente y chica impúber) en una granja, donde cultivan maíz, junto al abuelo de los niños. En la habitación de la chica se producen extraños fenómenos, parece haber un fantasma. En un momento dado, ese fantasma parece dar unas coordenadas en clave binaria, que el ingeniero que ahora es agricultor descifra; acuden al sitio marcado en las coordenadas, encontrándose unas secretas instalaciones que parecen pertenecer al gobierno…

El tema de Interstellar es, por supuesto, la certeza de que alguna vez la Humanidad estará abocada a un fin irremisible. Todo tiene un final, y tampoco nuestra especie se librará de ese axioma. La posibilidad de que el género humano se traslade a otros planetas es el teórico meollo de este filme, pero su fondo es otro, el dilema entre vivir la vida que nos ha tocado, con el cariño de los nuestros, o bien sacrificarla en aras a que el futuro de la especie se pueda garantizar. Ese dilema es la auténtica almendra de este por lo demás interesante filme; además, la controversia se complica cuando habrá elementos falaces que engañen a los que tienen que tomar una decisión vital de tal calibre.

Por lo demás, el filme está armado impecablemente, estamos ante una producción muy costeada, espléndida en efectos especiales, puestos desde luego al servicio de la historia que se nos narra. Pero hay, y ya se señalado reiteradamente, un exceso de verbalización, como si la complejidad del guión hiciera necesario que se nos expliquen cosas que a veces parecen perogrulladas. Ése quizá sea el talón de Aquiles de un filme que en muchos momentos sin embargo quita el aliento con su belleza surreal.

El fin del mundo está representado en literatura y otras artes desde hace muchos siglos. Sin ir más lejos, qué otra cosa sino la descripción pormenorizada del fin de la Humanidad es el Apocalipsis de San Juan, escrito hace ya dos mil años. Desde siempre el ser humano sabe que su final, si no está escrito, como creen los deterministas, al menos es seguro que ocurrirá, y probablemente no tardando mucho. Puede ser por desastres naturales, imposibles de evitar para el hombre a pesar de la avanzada tecnología de la que se pavonea, pero también por su propia incuria, esa atracción por el abismo con la que coqueteamos suicidamente (nunca mejor dicho) desde que tenemos capacidad para reventar este planeta, incluso varias veces si hiciera falta. Interstellar se pone en ese momento en el que la Tierra está sentenciada a corto plazo y la Humanidad se plantea emigrar a otros mundos: el tema es fascinante, uno de esos grandes temas en el que, si Nolan y su hermano el guionista hubieran sabido dar con la tecla (qué propia esta expresión, dado el tema…), podríamos estar hablando ahora mismo de uno de esos clásicos que nacen con esa calificación desde el momento en el que se estrenan, a la altura de los mentados 2001… y Blade Runner. Me temo que no es el caso, aunque Interstellar es una muy interesante aproximación a un género, la ciencia ficción que se pregunta por el ser humano, su origen y su destino, que ennoblece a sus autores y presenta una más que apreciable perspectiva sobre un tema, el fin de la Humanidad, que no está precisamente colmado de aportaciones.

Del nutrido y excelente reparto me quedo con un Matthew McConaughey al que la madurez le ha sentado estupendamente (véanse sus magníficos papeles en Mud y Dallas Buyers Club), pero también con algunos secundarios de lujo, como el gran Michael Caine, que lo ha hecho y lo sigue haciendo todo bien. Claro que el reencuentro más sentido es el de Ellen Burstyn, la inolvidable madre de Regan en El exorcista, ahora ya octogenaria, en un pequeño papel que ella borda desde la sencillez, la emoción.


Interstellar - by , Nov 22, 2014
3 / 5 stars
El fin de la Humanidad (o no)