Película: It

Cuando se escriben estas líneas, el cine y la televisión basados en historias de Stephen King supera de largo los doscientos títulos. Teniendo en cuenta que esta primera parte (digámoslo ya) de la nueva adaptación de su novela seminal It, ha tenido una extraordinaria acogida en taquilla en el mercado USA-Canadá (117 millones de dólares en el primer fin de semana de exhibición, batiendo todos los records de un filme de terror), no es aventurado entender que las versiones kingianas van a florecer como los jaramagos en el campo. Ello en principio no es malo: el escritor de Maine es el creador de un vastísimo (algunos dirán que también “bastísimo”) corpus literario, con el que ha actualizado toda la tradición de la novela de terror, desde la gótica a la moderna, bebiendo con desparpajo en la literatura pulp (de la que Stephen se declara fan) como en otros veneros como el gore o el giallo. Otra cosa será que la intención de rentabilizar a corto plazo ese filón lleve a los productores a bastardear las películas en busca de repetir taquillazos sin que haya auténtico poso, sin hacer bien las cosas, con una aspiración exclusivamente comercial, que es la mejor forma de cargarse una obra audiovisual.

En cualquier caso, y desde un punto de vista cinematográfico, que es el más nos interesa, esta nueva adaptación de la novela, tras la primera, It (Eso) (1990), que se grabó en formato de miniserie de televisión, es una interesante propuesta con elementos estimulantes y otros que no lo son tanto. Por de pronto se ha optado por poner en orden cronológico los hechos que acontecen en la historia novelada: en el original literario se alternaba la historia del llamado Club de los Perdedores, grupo de siete chicos (incluida una chica) de trece años, con la de esos mismos personajes, ya adultos en torno a los cuarenta, cuando el terror de su pueblo vuelve de nuevo veintisiete años después. Aquí, sin embargo, los productores han decidido que primero veremos la historia de los preadolescentes y después la de los adultos, en dos capítulos del que ahora se nos ofrece el primero y próximamente (al parecer se anuncia para 2019, pero a la vista del éxito del primer capítulo, no sería extraño que lo adelantaran) se vería la segunda entrega con los personajes ya cuarentones.

Como planteamiento no me parece mal: al público cinematográfico medio actual, que suele ser más elemental que el literario, le facilita las cosas, sobre todo cuando la narrativa actual, tan condicionada por la televisión, abomina de las historias paralelas, no digamos ya de los flash-backs. Ello hace, sin embargo, que la historia sea mucho más simplificada, pues la comparativa entre los comportamientos de los púberes en su enfrentamiento con el maléfico payaso Pennywise, en la novela (y en la miniserie televisiva de los años noventa), tiene su justa correspondencia en cómo se desenvuelven cuando son mayores, en una compleja amalgama de actitudes y formas de actuar que enriquecen la trama y los personajes. El cine de “mainstream” es lo que tiene, generalmente requiere hacer elemental, digerible, lo que en literatura es más arduo, más intelectual; sí, incluso en Stephen King, generalmente tan denostado por los exquisitos como admirado por el pueblo llano.

Se nos cuenta en este primer capítulo una historia situada en Derry, imaginario pueblo del Estado de Maine, en 1958, a comienzos del verano, cuando un grupo de chicos treceañeros, que se llaman a sí mismos el Club de los Perdedores (por así motejarlos el típico grupito de matones del cole), terminan las clases y empiezan a ser asediados por ominosas visiones, en casi todas las cuales aparece, de una forma u otra, un extraño payaso de intenciones nada benévolas; el grupo, inicialmente formado por cinco varones blancos, se incrementará con otra compañera del curso y con un chico negro, ambos también perdedores a su manera. Todos ellos, con sus correspondientes neuras y traumas, habrán de afrontar en grupo tanto a los pequeños gamberros como al tenebroso demonio con forma de clown que los acosa…

La versión televisiva de los años noventa era más analógica, como es de cajón; allí los efectos especiales todavía se hacían tirando de imaginación, prótesis y efectos ópticos, entre otros; aquí, evidentemente, los efectos digitales logran maravillas, pero ya se sabe que no se trata de que se luzcan los chicos de los F/X digitales, sino que su utilización sea coherente con la historia, la ayuden y no la sustituyan. Podemos decir sin faltar a la verdad, que en nuestra opinión, en general, ello se consigue: escenas como la del amenazante hombre sin cabeza, los niños flotando en el aire (ya lo dice el payaso en varias escenas: ¡aquí abajo todos flotamos!, y no mentía…), el globo rojo desplazándose ominosamente por el salón de la biblioteca, el cuarto de baño literalmente empapado de sangre por la eclosión procedente del lavabo (libérrimo homenaje, por supuesto, a la inolvidable escena similar del ascensor en El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, sobre otra novela kingiana), la imagen turbadoramente longilínea escapada del cuadro y, sobre todo, la sobrecogedora escena de la visualización de las diapositivas, una pequeña maravilla, son puntos a favor de esta historia que, con esas escenas y otras, juega hábilmente la baza de la creación de atmósferas.

Pero no siempre está el filme a la misma altura, y también incurre en la grosera casquería, esa que da asco antes que miedo. Tampoco la pintura de los personajes es de mucho calibre, dada a menudo con brochazos. Ciertamente los guionistas no son precisamente los más exquisitos posibles; de los tres, sólo Cary Fukunaga tiene cierto interés, como demostró, como director, en su versión del brontëano Jane Eyre (2011); los otros dos carecen de una carrera mínimamente interesante. En cuanto al jefe de todo esto (como diría Lars Von Trier), el director Andrés (aquí Andy) Muschietti, argentino que desde hace varios años rueda en Estados Unidos, ya advertimos en su anterior tarjeta de presentación en el mercado yanqui, Mamá (2012), que es un cineasta con ideas, creativo, al que le gusta dar miedo por medios honestos, no trampeando al espectador. Esperemos que este éxito económico no se le suba a la cabeza y Hollywood no se trague (como Pennywise…) su talento.

En el apartado interpretativo es evidente que el que se lleva la palma es el actor sueco Bill Skarsgard, hijo de Stellan Skarsgard: su actuación juega con el aspecto cómico del payaso, dotándolo de la perfidia del mal que se esconde en el personaje. De los preadolescentes me quedo con Jaeden Lieberher, al que ya admiramos en St. Vincent (2014) y Midnight special (2016), un chico que, si no se tuerce (o crece tan mal como Haley Joel Osment), puede ser un muy interesante actor cuando llegue a la edad adulta: tiene capacidad de interiorizar sus personajes, y eso a tan tierna edad es una rara avis, como parece evidente.


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135'

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It - by , Sep 12, 2017
2 / 5 stars
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