Película: Kingsman. Servicio Secreto

Una de las novelas más conocidas de John le Carré es Calderero, sastre, soldado, espía. El caso es que de aquel batiburrillo de oficios que terminaba en el de muy secreto agente secreto (si vale el cuasi calambur) resulta que el de sastre también tenía una relación nada inocente con la profesión del espía. Al menos así lo refleja este filme, a su vez versión al cine del cómic The secret service, de Mark Millar y David Gibbons, en la que una antigua, muy antigua empresa de sastrería de la etapa victoriana devendrá (sí, ya sé que es un galicismo, pero viene al pelo) en supersecreta agencia privada, algo así como un MI6 que fuera regido por empresarios y no por el gobierno de Su Graciosa Majestad.

El caso es que, digo/decía (Umbral, siempre Umbral), esta superagencia, de nombre Kingsman (Hombre del rey, literalmente…), da lugar a un filme ciertamente notable, a ratos muy notable. La película resulta ser una atinada combinación de acción, aventura, comedia, a ratos casi terror (esos horribles cockneys que parecen caricaturizados por el thatcherismo…), pero sobre todo una irónica historia que pone en solfa el cine de espías, tomando lo que interesa de la serie 007 (clase, violencia sin tasa, ironía), pero llevándolo a su terreno desde una perspectiva que colinda con el sarcasmo. Atiza igual a los pobres diablos de la periferia, ahítos de ignorancia y arrogancia, como a la nobleza, a la clase dirigente, esos tipos tan contentos de haberse conocido y tan prontos a la escabechina de los demás siempre que ellos salven sus lindos culos aristocráticos.

Kingsman. Servicio secreto resulta ser una divertida, cáustica, por momentos esplendorosa comedia de acción, a la que Matthew Vaughn imprime intermitentemente un ritmo endiablado, casi como de “cartoon”. Vaughn ya tenía algunas cartas de presentación nada desdeñables, como la estimulante Kick Ass (por cierto, también basada en un cómic de Mark Millar, con el que ha colaborado en varias ocasiones) hasta una de las mejores aportaciones a la franquicia de los hombres mutantes, X-Men: Primera Generación. Con este su nuevo filme da un nuevo paso adelante y se adentra ya en la excelencia cinematográfica: combina con rigor y acierto el adiestramiento al estilo de My fair lady (bueno, un poco más brutal…), con pipiolo de modos espantosos y atildado caballero que sin embargo camufla una máquina de matar, con una ironía que no rechazaría el mismísimo Oscar Wilde, y un evidente sentido del humor “destroyer” (esa Marcha de Pompa y Circunstancia, poniendo la banda sonora de esas cabecitas locas cual champiñones nucleares: cuando vean la película sabrán de que hablo, que no es plan de “spoilear” demasiado…).

Colin Firth siempre ha sabido poner cara de caballero, y aquí llega a la excelencia en un personaje memorable. El joven Taron Egerton apunta maneras, aunque es evidente que le falta todavía bastante que aprender. Entre los secundarios nos quedamos con el gran Michael Caine, leyenda viva y esplendorosa del cine británico, y con ese otro estupendo actor, Mark Strong, que lo hace todo bien, sea lo que sea. Claro que el que se lleva la palma es Samuel L. Jackson, que con la edad se está especializando en papeles peculiares, y que aquí compone un magnate de las TIC (ya saben, empresas que se dedican a la tecnología de la información y la comunicación, desde Google a Microsoft, desde Apple a IBM), que parece un cruce entre Bill Gates, Marck Zuckerberg y Steve Jobs, pero con la piel negra y un acento ceceante (en la versión doblada al español) que recuerda al divertido personaje que hacía Christopher Mintz-Plasse en Kick-Ass. Su “mad doctor” resulta ser una curiosa aportación a la figura del villano como una chota, en este caso con la apariencia de esos gurús que, si no es de pie, con un micrófono en la mano y enseñando la última monería de la casa a una miríada de gente previamente ya entregada, no son nadie. ¡Ay, cuánta tontería hay en el mundo!


Dirigida por

Género

Nacionalidad

Duración

129'

Año de producción

Trailer

Kingsman. Servicio Secreto - by , Mar 15, 2015
4 / 5 stars
Le Carré tenía razón…