Película: La alta sociedad

Cuando un “autor” (las comillas, claro está, no son inocentes), sea cineasta, novelista o dramaturgo, cuya obra discurre generalmente por la vía del drama, se pone a hacer comedia, hay que echarse a temblar. Como no tienen costumbre, les falta la “muñeca” del tenista entrenado, y generalmente echan todas las pelotas fuera o las estrellan contra la red, por seguir con el símil tenístico.

Algo así le pasa a Bruno Dumont, hasta ahora atormentado guionista y director nacido en la región Norte-Paso de Calais, donde ha situado varias de sus películas. Desde que se inició en la dirección con La vie de Jésus (1997), todos sus trabajos se han situado genéricamente en el drama, el thriller o el biopic, siempre con su toque de “autor”. El anterior proyecto de Dumont fue la miniserie televisiva El pequeño Quinquin (2015), donde por primera vez introducía claramente elementos de humor, que ahora se ve ha querido desarrollar en su plenitud en esta La alta sociedad que, digámoslo ya, parece un Frankenstein hecho de retales.

Porque retal es, y no precisamente de primera calidad, la alusión al tema del canibalismo en clave cómica (si es que comer carne humana puede tener algo de humorístico), que remite directamente a un pequeño clásico del cine francés moderno, Delicatessen (1991); porque retal es la iconografía de los dos detectives, que recuerdan por un lado a los policías del cómic Tintín, Hernández y Fernández (Dupont y Dupond en el original en francés), con su traje negro y sus bombines, pero por otro parecen tomar también como modelo al Gordo y el Flaco, Stan Laurel y Oliver Hardy. Porque retal es tomar el cómico sonido de los zapatos que Jacques Tati utilizó magistralmente en varios de sus filmes, aquí tomado de prestado y sin auténtica imbricación en la historia que (mal que bien) se nos cuenta. Porque retal es, también, la utilización del “slapstick” o humor de golpe y porrazo, tomado directamente del cine mudo y desarrollado aquí sin motivación ni explicación.

La costa francesa del Canal de la Mancha, hacia 1910. En ese contexto, una familia de pobres absolutos que se comen los mocos (como vulgarmente se dice en mi tierra) da en pasaportar al otro barrio a incautos viajeros de riñón cubierto y posteriormente a zampárselos sin mucho miramiento ni demasiada (más bien ninguna) cocción. En la zona veranea una familia de memos de alto copete, compuesta por primos casados entre sí que ha dado como resultado un clan de tarados. Una pareja de detectives procedentes de la capital de la zona, Calais, llega para investigar las desapariciones de los burgueses, que a esas alturas ya han sido hasta digeridos…

Definitivamente, Dumont carece de la gracia alada necesaria para la comedia. Como director de temas dramáticos ha conseguido cierta altura, como ocurría en Camille Claudel 1915 (2013), pero como hacedor de comedias deja mucho, muchísimo que desear. No consigue del espectador no ya una risa (seguramente no lo pretendía), sino ni siquiera una sonrisa cómplice; las ironías son banales cuando se pretenden inteligentes; utiliza insufriblemente uno de los humores más ramplones y de menor entidad, el que se ríe de las tonterías de los idiotas, sean estos de alta cuna, por culpa de tanta endogamia, o de baja estofa, por el cretinismo que produce el raquitismo y la falta de formación. Las dos horas que dura la película se hacen interminables. El recurso al surrealismo, sin causa ni razón, es el último disparate de esta insensatez que se reputa un avance cultural, cuando es evidente que ni avanza ni, desde luego, es cultura.

Comedia costeada pero cansina, con buena factura que no sirve absolutamente para nada, incluso intérpretes tan sólidos como Fabrice Luchini y Juliette Binoche están para correrlos a gorrazos. Luchini se pasa tres pueblos en la composición del paterfamilias, que no se sabe si es más estúpido que imbécil o viceversa, y Binoche confirma que lo suyo son los dramas, y mejor todavía las tragedias, cuanto más duras mejor: como cómica no se comería una rosca. Del resto me quedo con la ambigüedad de Raph, una jovencísima actriz de físico andrógino, a la que la cámara adora. También citaremos, aunque no precisamente como elogio, al joven Brandon Lavieville, actor no profesional, de escasos recursos, como cabía esperar, pero al que Dumont probablemente eligió como coprotagonista por su razonable parecido con otro rostro imposible, el del Dominique Pinon de (otra vez aparece por aquí) Delicatessen



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122'

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La alta sociedad - by , Apr 24, 2017
1 / 5 stars
Retales