Película: La boca del lobo

No deja de ser curioso el hecho de que, tal vez, el productor Gerardo Herrero desconociera hasta qué punto este primer filme de su flamante productora Tornasol iba a resultar importante en su vida y en su trayectoria profesional: debe tenerse en cuenta que por aquel entonces Francisco J. Lombardi, el director de La boca del lobo, apenas si tenía en su haber un puñado de cortometrajes y tres largometrajes, ninguno de los cuales, salvo La ciudad y los perros, había conocido una distribución internacional mínimamente decente. Por tanto, Lombardi era prácticamente un melón por calar, y la apuesta era, cuando menos, arriesgada, sobre todo para ser la primera producción de una empresa nueva en el sector. Pero el resultado acreditó el buen ojo del productor: Lombardi conseguiría con este su cuarto largometraje la credencial que precisaba para convertirse en el cineasta inca por antonomasia, para ser reconocido dentro y fuera de su país como un director con talento, con un mundo propio y una muy peculiar forma de darlo a conocer, para llegar al “status” del cineasta cuyas películas son requeridas y disputadas por los certámenes más prestigiosos.

A ello no fue ciertamente ajeno el hecho de que en la película se planteaba por primera vez en cine comercial, de forma meridianamente clara, uno de los más graves problemas que ha sacudido a buena parte de la América Latina, la aparición de ejércitos de guerrilleros que se enfrentan al poder corrupto de turno, valiéndose de la incuria de los gobernantes y del hambre de los gobernados. En Perú ese ejército revolucionario era Sendero Luminoso, bajo la férula y el visionarismo de Abimael Guzmán, ideólogo maoísta que, al ser apresado por las tropas de Fujimori hace algunos años, dejó a los suyos huérfanos de dirección y verborrea. Por supuesto, no cabe despachar el tema de los revolucionarios hispanoamericanos como el simple aprovechamiento del listo de turno del analfabetismo y la miseria del pueblo: con frecuencia (véase el caso, ya periclitado,  del Ejército Zapatista mexicano, por poner un ejemplo) hay una clara comunión entre dirigentes y dirigidos, pero también con demasiada habitualidad los objetivos de los primeros (véase, si no, el caso de las FARC en Colombia, anegadas en una espiral de violencia y fomento del narcotráfico) distan mucho de los verdaderos intereses de los segundos.

El caso es que en aquel año de 1988, cuando se filma la película de Lombardi, Sendero Luminoso era un gravísimo problema para la nación peruana, hasta el punto de que el gobierno del entonces presidente Alan García (que ya estaba sumiendo a la administración pública en el fangal de la corrupción que finalmente traería el advenimiento del golpe de estado civil de Fujimori) tenía desplegados por los Andes varios cuerpos de ejército encargados de exterminar a los maoístas. Pero, como siempre ocurre en estos casos, entre los senderistas y los soldados estaban los campesinos, los meros civiles, y ellos son los que “pagarán el pato” en esta guerra larvada entre revolucionarios y militares.

El filme de Lombardi habla, sobre todo, de los desmanes de estos últimos, enfebrecidos en una dinámica de exterminio y crueldad a la que uno de los reclutas se resiste. La historia narra la llegada de un destacamento peruano a una pequeña población andina, Chuspi, cerca de la zona donde Sendero es fuerte. Pero los soldados, mal mandados y peor formados, son constantemente hostigados por los maoístas. Llega un nuevo oficial superior, de nombre Roca, un hombre en extremo duro, y en él se fija el recluta Vitín, viendo en su superior a alguien que sabe qué hay que hacer y cuándo debe hacerse. Pero cuando la represión de los militares se vuelve contra los propios habitantes del pueblecito, Vitín se encontrará ante un grave dilema.

De alguna forma, ése es su tema, la obediencia debida, un asunto que el tiempo ha puesto aún más de actualidad. ¿Debe el soldado negarse a cumplir una orden que va contra sus propias convicciones, contra la valoración suprema de la vida y el sufrimiento humanos? Ésa es la pregunta que se hace Lombardi, ése es el dilema que plantea, y ése, y también el vigoroso trazo sobre el infierno al que estaban sometidos. Metáfora sobre la realidad peruana de los años ochenta, con su gobierno corrupto, su ejército desnortado y embravecido en una espiral de represión y muerte, y su pueblo castigado por senderistas y militares, La boca del lobo causó una honda impresión en el Festival de San Sebastián, donde obtuvo el Premio Ciudad de San Sebastián, galardón que le sirvió para tener una apreciable carrera comercial en España y en otros países y, sobre todo, para dar a conocer el nombre y el talento de Lombardi y la realidad lacerante de un país desangrado en una guerra civil interminable, donde los muertos los ponía siempre el mismo: el pueblo.


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128'

Año de producción

La boca del lobo - by , Jan 05, 2015
3 / 5 stars
Los inocentes siempre pagan el pato