Película: La canción de Carla

Tras el salto a España con Tierra y libertad, Ken Loach siente la necesidad de narrar otras historias, otras injusticias, en países diferentes del suyo. El mundo será a partir de entonces su universo creativo, sin limitarse a las fronteras de Inglaterra. Salta entonces el charco para filmar en América La canción de Carla. La película se ambienta inicialmente en la capital escocesa, Glasgow. El protagonista es un conductor del servicio municipal de autobuses, conocido por su carácter abiertamente contrario a las rigideces que establece la dirección; ha sido ya amonestado varias veces. Así que el día que Carla, una chica centroamericana, le pide ayuda, el hombre no duda en hacerlo, aun a sabiendas de que le costará el puesto. La joven está traumatizada por su pasado en Nicaragua, y ambos deciden volver a la tierra lacerada de la mujer, a recuperar sus raíces, a reencontrarse con los suyos.


Allí conocerán a un norteamericano que intenta mejorar las condiciones de vida de los lugareños, al tiempo que frenar las acometidas de la Contra, el ejército antisandinista que Estados Unidos financió durante varios años hasta que Violeta Chamorro venció en las urnas a Daniel Ortega (milagrosamente en ese momento la Contra se disolvió como un azucarillo; misterios de la alta política...). El yanqui resulta ser un antiguo agente de la CIA que intenta redimirse de sus viejos pecados en la zona ayudando en lo que puede y luchando contra aquéllos que anteriormente le financiaron y le ideologizaron. El choque del escocés con la verdad pura y dura, que el gobierno de Estados Unidos está detrás de matanzas sin nombre, de un genocidio sistemático y persistente, será demasiado para él. Como lo será el reencuentro de Carla, la joven protagonista, con el motivo de su trauma.

Es perfectamente comprensible hasta qué punto el irredento conflicto de Nicaragua atrajo la atención de Loach y de su guionista, en este caso Paul Laverty, que sustituyó al hasta entonces habitual Jim Allen. Pocos países de la Tierra pueden jactarse (si es que se puede uno jactar de una cosa así) de haber sufrido tanto en tan poco tiempo: azotado constantemente por el gigante yanqui, que situó en el poder a Anastasio Somoza en la década de los treinta para perpetuarse en el gobierno, personalmente o a través de sus hijos o testaferros, a lo largo de cuatro décadas largas, en las que el país fue exprimido económicamente y oprimido política y socialmente, Nicaragua conoció después una doble guerra civil, la primera la llevada a cabo por el ejército sandinista contra el régimen somocista, la segunda, ya con los revolucionarios en el poder, con la Contra en guerra con el gobierno de Ortega. Demasiados desastres en tan relativamente poco tiempo; y, en medio, el pueblo, ese pueblo que desea bienestar, paz y pan, constantemente sometido y manipulado al antojo de los poderosos.

Hay que reconocer el valor y la crudeza de Loach al afrontar un tema tan espinoso, en el que el sistema de poder yanqui se atiene a la doctrina que dimana del famoso aforismo monroeniano: “América para los (norte)americanos” (el paréntesis es mío, pero convendrán en que es perfectamente compartible). Lástima que, tal vez por el cambio de guionista, esta vez la historia no estuviera tan afinada como en ocasiones anteriores, como en la estupenda Tierra  y libertad o en los mazazos que Loach realizara en su Gran Bretaña natal. Funciona la trama romántica (siempre el amor loachiano como sal de la vida, un amor sin glamour pero con verdad), y funciona en buena medida el personaje del yanqui con mala conciencia, pero el resto no funciona tan bien. De todas formas, es una obra valiosa y arriesgada, sobre la injusticia social y política, sobre los desmanes de unos pocos sobre la mayoría, sobre el coraje y, ¡ay!, también el miedo a enfrentarse a la verdad.

Rodada con su habitual planificación naturalista, con el tono improvisador que ya es su marca de fábrica, el filme de Loach obtuvo una acogida relativamente tibia entre la crítica, que tal vez esperaba una altura similar a Tierra y libertad, donde el cineasta británico alcanzó una de sus mayores cumbres. La taquilla tampoco fue tan boyante como en el anterior filme, pero en todo caso quedó la sensación, tanto en público como crítica y productores, que éste era uno de esos traspiés que ennoblece al que lo comete. Ojalá todos los fallos en cine fueran de la calidad, el empaque y el empeño de un filme fallido pero hermoso como La canción de Carla.

A pesar de esa impresión de película que no colmó las expectativas, fue seleccionada para el Festival de Venecia, donde obtendría la Medalla de Oro del Presidente del Senado Italiano, y en los Premios de la Academia Británica fue candidata al Premio Alexander Korda al Mejor Filme.


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127'

Año de producción

La canción de Carla - by , Jan 16, 2015
2 / 5 stars
Nicaragua en el corazón