Película: La casa encantada Segundo de Chomón, el Méliès español, es considerado (aunque no por unanimidad, cosa tan complicada cuando están de por medio los nacionalismos y otras mezquindades) como el descubridor del stop motion o, en español, paso de manivela, el truco que, casi desde el principio del cine, permitió a los cineastas presentar escenas en las que los objetos parecían cobrar vida animada y se movían con una soltura y un desparpajo notables. La técnica, por supuesto, consiste en rodar fotograma a fotograma un objeto, moviendo el mismo en cada una de esas filmaciones, de tal forma que la sensación en pantalla es que el objeto se mueve por sí solo.

Chomón había experimentado ya esta técnica varios años antes de La casa encantada, y la llevó al virtuosismo en su posterior El hotel eléctrico, reputada generalmente como su obra maestra.

En esta La casa… encontramos a tres pánfilos, dos hombres y una mujer, que se dirigen a una casa encantada con toda la intención de entrar en ella y hacer frente a los fantasmas, en lo que podríamos considerar una versión arcaica, prehistórica, de aquel Los cazafantasmas de Ivan Reitman. Los tres memos, adecuadamente maquillados para que desde el principio los cataloguemos como lo que son, unos payasos, entrarán en la casa (que poco antes se habrá antropomorfizado como una gigantesca cabeza), y desde que ponen un pie en la mansión son objeto de todo tipo de burlas y bromas por parte de los espectros que la habitan, desde escamotearles las sillas en las que se quieren sentar hasta moverles la casa para que vayan como putas por rastrojo de un lado a otro de la estancia.

Estamos entonces más ante una recopilación de trucos que ante un filme narrativo al uso. Así, tendremos sobreimpresión (el monstruo de las galletas que aparece en el cuadro que preside la habitación), stop trick o truco del escamoteo en escena (las sillas que desaparecen cuando se van a sentar), maquetismo (de nuevo el monstruo, ahora al final, cuando aparece a tamaño gigante asomándose a la casa en miniatura) y, sobre todo, stop motion o paso de manivela, en la que se puede reputar como la escena central, y magistral, del filme, cuando los tres carajotes preparan la mesa para disponerse a cenar (lo más normal del mundo: estás en una casa encantada en la que los fantasmas te están dando para el pelo, y tú te aprestas a comer como si estuvieras en el salón de tu hogar…), momento en el que Chomón hace que todos los objetos y artilugios que han colocado sobre el mantel cobren vida por sí mismos: los platos se disponen cada uno en su sitio, las servilletas se colocan en su lugar, lo que parece un chorizo es cortado aseadamente por un largo cuchillo “ad hoc”, lo mismo que un bloque de pan (negro, por cierto: se ve que el presupuesto no daba para pan blanco…), la cafetera vierte el café sin derramar una gota... Todo ello con una perfección extraordinaria, un “tour de force” notabilísimo, un alarde técnico de un cineasta meticuloso hasta la extenuación.

La maison ensorcelée, entonces, no brilla precisamente por sus valores cinematográficos ni narrativos. De hecho, la propia presentación de los protagonistas como tres fantoches avisa de que lo que realmente se nos va a dar no es una historia mínimamente coherente o interesante, sino una amplio muestrario de los trucos cinematográficos que ya constituían parte inherente de los recursos que el cine manejaba en esa época, manejados por un cineasta que, si bien no era extraordinariamente imaginativo, sí que era un técnico excepcional, que confería una extraña verosimilitud a sus trucajes.

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La casa encantada - by , Jul 22, 2013
3 / 5 stars
Los tatarabuelos de los cazafantasmas