Película: La corriente eléctrica En el balbuceante cine mudo de principios de siglo casi todo valía; casi todo lo que fuera mostrar a aquellos ingenuos, absolutamente vírgenes espectadores, historias que los sorprendieran, siendo esto tan relativamente fácil en aquella época en la que el cine estaba por definir, cuando aún no se sabía la envergadura que llegaría a tener con el paso del tiempo, constituyéndose en un entidad de varias cabezas: entretenimiento, espectáculo, arte, cultura, industria…

Pero en 1906 el cine aún buscaba lo que quería ser de mayor. Segundo de Chomón, nuestro más importante cineasta de la época, el Méliès español, experimentaba en aquellos primeros años, tras su primera ficción, Los guapos del parque, con este tipo de cine narrativo que le distinguiera del mero documental de tarjeta postal, o de evento, que había estado cultivando en años anteriores. Ya barruntaba Chomón que el cine del futuro debía caminar, a la manera de la novela, con las claves de la narración, sabiendo que al ser humano, desde los tiempos de las cavernas (no la de Platón, sino las de los trogloditas, los neandertales y cromañones), le fascinaban las historias contadas por los mayores a la luz del fuego cuyo dominio tan recientemente habían descubierto.

La corriente eléctrica es uno de esos breves cortos (poco más de un minuto) con los que Chomón experimentaba, aunque en este caso no juega con los trucos de la época (sobreimpresión, stop trick, paso de manivela), sino con el mero trabajo de los cómicos, de los desconocidos actores.

Una tienda de comestibles. Dos cacos, hombre y mujer, se apostan junto a las viandas que el comerciante exhibe a ambos lados de la puerta de su negocio, aprovechando que el mercader ha entrado en la tienda. Los dos amigos de lo ajeno se llevan by the face lo que parece un chorizo o longaniza y un pan como de tres kilos (qué brutos eran en aquella época para estas cosas). Una vez en una especie de bosquecillo, mientras dan cuenta de los comestibles que han trincado, se percatan de que les falta algo de vinillo para trasegar mejor los manjares obtenidos con su pequeño latrocinio, con lo que vuelven a la misma tienda a llevarse algunas botellas. Entre tanto, el mercader, al darse cuenta de que le han birlado algunas de sus posesiones, instala unos cables a las puertas de su negocio, de tal manera que cuando los ladronzuelos llegan y cogen las botellas, empiezan a recibir una corriente eléctrica que les hace bailar como si tuvieran el mal de San Vito. Los policías que llegan a detenerlos, al tomarlos del brazo, también son objeto de la electrocución, y así varias personas más, hasta que llega un mozalbete, más listo que todos ellos, y desconecta la corriente. En ese momento los policías, al ver la barbaridad que ha cometido el tendero, se lo llevan arrestado, lo que aprovechan los cacos para llevarse cuanto quieren del establecimiento.

Divertida en su ocurrencia naif, simpática a fuer de inane, La corriente eléctrica es una de esas pequeñas muestras de cómo el cine buscaba su camino, cómo intentaba encontrar su lenguaje, el tono del arte que aún no sabía que lo sería alguna vez, de la industria que movería inmensos caudales a lo largo de los años siguientes, del espectáculo que asombraría a millones de espectadores en el futuro.

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La corriente eléctrica - by , Nov 30, 2013
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El tendero bárbaro