Película: La gran muralla

Podría suponerse que Zhang Yimou, el exquisito director de filmes intimistas como ¡Vivir! (1994), El camino a casa (1999), Amor bajo el espino blanco (2010) o Regreso a casa (2014), no era el más adecuado para este fastuoso espectáculo visual que es La gran muralla. Sin embargo, Zhang tiene otra faceta como director que gusta del cine vistoso, de las grandes coreografías de luchas marciales, de los impresionantes “shows” con grandes masas en pantalla, en películas como Hero (2002), La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006), así que tampoco es tan extraño. Es cierto que admiramos más al cineasta intimista, al exquisito diseccionador de sentimientos de las películas mencionadas en primer lugar, pero también que es un placer contemplar el extraordinario alarde cinematográfico que suponen sus filmes más espectaculares.

La gran muralla nos cuenta una de las muchas leyendas (en este caso manifiestamente falsa, como es obvio) que se han narrado a la largo de la historia sobre ese inmenso monumento que circunda todo el norte del país, construido en su momento (a lo largo de 1.700 años) para protegerse de las hordas mongolas que asolaban el imperio periódicamente. La leyenda que se nos cuenta dice que se construyó para defender al país de una horda de monstruos liberados por un gigantesco meteorito que cayó sobre la Tierra como respuesta a un emperador especialmente codicioso (¡cómo sería el angelito!). En ese contexto, dos mercenarios llegados a China desde Europa en busca de la pólvora negra, que supondría para ellos un gran negocio si lo consiguieran llevar a su tierra, se topan con la Muralla y con el ejército chino que se apresta a la llegada del embate de los monstruos, que sucede cada sesenta años. Los dos mercenarios habrán de decidir si quieren hurtar el secreto de la pólvora negra y huir, o ayudar en la tarea de defender al pueblo chino…

El problema de La gran muralla es, seguramente, que su gigantismo se come la historia propiamente dicha. Esta se limita a la relación del protagonista con la lideresa china (ya es imaginación que en un país tan machista como China, hace mil años, una  mujer pudiera llegar a comandar todo un ejército…), con la evolución del primero sobre su escala de valores, pasando del mercenario egoísta que solo mira por sí mismo al ser humano compasivo y solidario que se implica en proteger a los débiles e indefensos. Nada más; alguno dirá que ya es mucho, pero lo cierto es que tanta parafernalia para tan escaso meollo argumental parece  poco equilibrado. Porque, desengañémonos, lo que ha interesado a Zhang y a su cohorte de guionistas occidentales (entre ellos el exquisito Tony Gilroy, director de la notable Michael Clayton) es el espectáculo impresionante de los monstruos atacando la muralla china, con los soldados chinescos luchando bravamente contra tan temible enemigo, en una puesta en escena que, por momentos, recuerda la de los videojuegos. Los efectos digitales son ciertamente extraordinarios, aunque me temo que con frecuencia “cantan” mucho, es demasiado evidente que están generados por ordenador, y entonces se pierde la complicidad con la historia y se entra en un extrañamiento (no precisamente brechtiano) que desengancha del hilo narrativo del filme.

Argumentalmente inane, todo se fía entonces al fastuoso circo marcial, con los inmensos escuadrones de soldados vestidos con vistosos ropajes de diversos colores primarios, recordando así memorables filmes de Akira Kurosawa como Kagemusha o Ran. Se disfruta como lo que es, un bello espectáculo pirotécnico y un muy entretenido relato de aventura, fantasía y acción, con algunas imágenes marca de la casa, como esos imposibles globos en los que inverosímilmente viajan los protagonistas a la caza de la marabunta que asuela la capital del imperio, un auténtico prodigio de belleza visual.

Matt Damon encabeza un reparto en el que parece que no se haya implicado especialmente; tampoco se le pedía, más allá de poner la cara en las escenas sin lucha para después ser sustituido por su doble especialista; de los demás nos quedamos con la estupenda Jing Tian, una joven actriz china de ya dilatada carrera, una mujer de rostro hipnótico que se come (casi literalmente, como los monstruos del filme…) la cámara; también reseñaremos a Pedro Pascal, un actor chileno, exiliado de niño en Estados Unidos, que ha hecho fortuna en el cine y la televisión norteamericanas, y que pasará a la Historia del Cine, seguramente, como el rostro de Oberyn Martell, la Víbora Roja de Juego de Tronos.

Tomemos La gran muralla como lo que es, un aparatoso divertimento, un paréntesis en la carrera de Zhang Yimou, del que esperamos retorne a la senda del cine que más nos gusta de él, el que habla de personas y no de monstruos; aunque, a veces, haya personas que parezcan y se comporten como monstruos…


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103'

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La gran muralla - by , Feb 22, 2017
2 / 5 stars
Fastuoso espectáculo con argumento inane