Película: La guerra de Charlie Wilson

Hay proyectos que están viciados de origen: ¿a qué país, en su sano juicio, se le ocurriría hacer una película vanagloriando un hecho que, a la larga, provocaría el mayor desastre no natural que haya sucedido en su territorio? La respuesta no puede ser otra que Estados Unidos; es verdad que, puestos a ser memos, los españoles les andamos bien cerca, y si no, véanse esas estatuas que veneramos en nuestras calles dedicadas a aquellos que muy gentilmente nos zurraron la badana en las guerras que perdimos, desde Bolívar al general San Martín; no falta más que tuviéramos un monumento al Almirante Nelson o a Abd-el-Krim (no se preocupen: todo se andará…).


Volviendo a esta película, La guerra de Charlie Wilson cuenta la historia, al parecer verídica, de un congresista putero, borrachuzo y drogota que, según parece, fue el que, allá en los años ochenta, conspiró en los pasillos del Capitolio para armar a los muyaidines contra los invasores soviéticos en Afganistán, abriendo así a los talibanes las puertas del poder en el atormentado país asiático; esos mismos fanáticos islamistas que, años después, se convertirían en archienemigos de los USA y, bajo la férula de Osama Ben Laden, reventarían las Torres Gemelas, entre otros estropicios.


Así las cosas, seguir los vericuetos de este congresista encandilado por los sufrimientos del pueblo afgano a manos de unos vesánicos soviéticos (hacía tiempo que el cine USA no trataba tan maniqueamente a los rusos comunistas: ya dice el refrán español que a moro muerto, gran lanzada…), más su relación entre sexual y política con una facha de la alta sociedad texana, tan devota de Dios como presta a bajarse las bragas a las primeras de cambio, más un agente de la CIA con pinta de gañán de pueblo, no deja de ser un ejercicio casi de masoquismo. Tanto es así que, conforme el parlamentario disoluto va consiguiendo incrementar “ad infinitum” los fondos para armar a los muyaidines, se produce un extraño fenómeno en el espectador, que desea con todas sus fuerzas que aquel payaso con la cara de Tom Hanks yerre y le salga el tiro por la culata, aún a sabiendas de que la Historia ya está escrita (la pasada, se entiende: la otra quién sabe…) y el World Trade Center terminará derrumbándose y, con él, clausurando el siglo XX y toda una época.


Aquellos polvos trajeron estos lodos, es cierto, y lo raro es que sus víctimas se pavoneen de haberlo auspiciado… En fin, hay gente “pa’ tó”, como decía aquel legendario torero. Lo cierto es que, cinematográficamente hablando, una vez que se conoce el desenlace, incluso sus trágicas consecuencias, la historia carece de tensión digna de tal nombre, y sólo se trata de ver cómo el político carajote va poniendo los escalones que conducirían al futuro desastre nacional.


Mike Nichols, el director, confirma que hace varias décadas que se le pasó el arroz, más o menos desde su primera época, aquella de El graduado, ¿Quién teme a Virginia Wolf? o Conocimiento carnal, y que desde entonces no ha dado pie con bola. Claro está, Nichols no comete faltas de ortografía, pero eso se da por descontado en la cinematografía yanqui. Si hablamos de personalidad, el cineasta norteamericano, accidentalmente nacido en Berlín, hace mucho tiempo que la perdió.


Tom Hanks añade una nueva muesca a su muestrario de personajes: éste no es el habitual hombre íntegro al que nos tiene acostumbrados, y sus líos de faldas y su afición a darle al tarro y a las rayitas le dan un toque como de ser humano y todo; pero al final resulta que el tío es todo un héroe civil, que consiguió echar a los demonios comunistas de Afganistán, para entronizar allí a los diablos talibanes que, no tardando mucho, despanzurrarían Nueva York. Pues qué bien…


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97'

Año de producción

La guerra de Charlie Wilson - by , Aug 13, 2014
2 / 5 stars
Aquellos polvos...