Película: La guerra del planeta de los simios

Como el buen cinéfilo sabe, la saga iniciada por El planeta de los simios (1968), de Franklin Schaffner, sobre la novela homónima de Pierre Boulle, se compone de dos grandes bloques; el primero estaría iniciado por el citado filme de Schaffner, más sucesivas secuelas cinematográficas como Regreso al planeta de los simios (1970), de Ted Post, más una serie televisiva de menguado interés; el segundo bloque se inicia con el “reboot” El planeta de los simios (2001), de Tim Burton, que hace una visión psicodélica, cuasi lisérgica (como es habitual en el cine burtoniano) del clásico; a partir de ese renacer del tema, aunque sin conexión argumental ni de producción con este filme, se hace una trilogía que se cierra ahora, y que concluye (por el momento…) este segundo bloque. Esa trilogía está compuesta por El origen del planeta de los simios (2011), de Rupert Wyatt, El amanecer del planeta de los simios (2014), de Matt Reeves, y esta La guerra del planeta de los simios (2017), también dirigida por Reeves. En esta tríada de películas se intenta explicar por qué el planeta Tierra llegó a ser el que pintaba Schaffner en su primigenia película, una sociedad en la que los simios son la clase dominante y tienen a los humanos reducidos al papel de bestias.

Diremos pronto que el resultado es brillante: a lo largo de estos tres notables filmes que componen la trilogía se da una plausible explicación a los hechos que condujeron a la casi extinción de la raza humana, a su caída en la escala social hasta pasar de especie dominante a especie dominada, a su pérdida de la capacidad de razonar (y, por ende, de hablar, de comunicarse racionalmente, no digamos ya de escribir). Y se hace además a base de buen cine, bien rodado y vestido con los ropajes de espectacularidad y acción que, según parece, son consustanciales al cine actual, cualquiera que sea su intención, tema, género o tesis.

La acción se desarrolla tras los hechos acontecidos en la mentada El amanecer… Ahora César, caudillo de los simios, vive con los suyos en un bosque, alejado voluntariamente de la civilización del hombre. Los soldados humanos los buscan para aniquilarlos, recelosos no solo del inesperado salto evolutivo hacia la inteligencia de sus primos primates (valga el casi trabalenguas), que les pueden remover la silla de la primacía sobre la Tierra, sino también temerosos por el devastador virus al que los simios han resultado inmunes (pero del que son transmisores) y que ha vaciado casi completamente el planeta de seres humanos. En ese contexto, César es traicionado por uno de los suyos y ello provocará el ataque por parte de los hombres a su cuartel general y la necesidad para los sobrevivientes de huir. Pero César, imbuido de un irrefrenable deseo de venganza, no huirá…

Matt Reeves, que ya nos gustó en sus anteriores trabajos, Monstruoso (2008), Déjame entrar (2010) y la citada El amanecer del planeta de los simios (2014), hace aquí un interesante trabajo, jugando con la acción cuando es menester, pero también, y sobre todo, con la acción interior, que se desarrolla casi totalmente en la evolución moral del protagonista César, el líder de los simios al que su tremenda tragedia familiar hará transitar sucesivamente por los estadios de la bestia sedienta de venganza, la racionalización de su anhelo irracional, y la llegada a la compasión, esa rara virtud que alumbramos los seres humanos, y que al hacerla suya César, arribará a lo mejor de la Humanidad, lo que nos hace distintos y mejores.

Curiosamente, si en las anteriores entregas de esta trilogía menudeaban las referencias cultistas, en este tercer segmento ya son un auténtico diluvio. Así, tendremos una clarísima alusión al mito del Buen Salvaje de Rousseau (que a su vez tendrá herederos culturales como El pequeño salvaje, de Truffaut, o El enigma de Gaspar Hauser, de Herzog) en la pequeña Nova, una chica humana carente de la maldad de su especie, una salvaje casi de libro, incapaz de hablar, absolutamente inocente; como inocente es el personaje de Simio Malo, con lo que Reeves duplica al Buen Salvaje, en este caso en su versión mona, un chimpancé aterrorizado por los humanos que lo torturaban en el zoo de donde procedía. Las referencias bíblicas son otro de los veneros evidentes en el filme; así, el sacrificio del hijo del coronel remite evidentemente a Abraham y la inmolación requerida por Yahvé de su único hijo, Isaac; como es sabido, también existe una historia helénica de este mismo tema, la tragedia Ifigenia en Áulide, de Eurípides, que trata el sacrificio del vástago, aquí mujer, exigido por los dioses (en la película, por el antagonista, convertido en padre y dios a la vez). También la Biblia está en la huida de los simios hacia una Tierra Prometida, e incluso la imposibilidad para Moisés (en el filme el líder César) de entrar en ese paraíso de leche y miel, como se describe en el Antiguo Testamento. Las referencias helenísticas estarán también en la traición de uno de los simios, a la manera en la que Efialtes vendió a los espartanos en la Batalla de las Termópilas.

Pero no sólo habrá referencias cultistas del Antiguo Mundo: el cine también está en el poso de la película de Reeves: así, toda la secuencia de la huída de los monos a través del subsuelo es un homenaje evidente a La gran evasión (1963), de John Sturges, aunque la referencia cinéfila que se lleva la palma es Apocalypse now (1979), de Francis Ford Coppola, que está presente en todo el filme, fundamentalmente en el coronel que comanda a los soldados rebeldes, un militar que ha enloquecido y al que sus mandos quieren neutralizar… como en el filme de Coppola, efectivamente, y cuya caracterización, con la cabeza afeitada de Woody Harrelson, es imposible no relacionar con el coronel Kurtz que componía inolvidablemente Marlon Brando en la obra maestra coppoliana; incluso el director se permite un jocoso grafiti en las paredes del subterráneo con la inscripción “Ape-calypse now”, jugando con el término “ape”, simio o mono, y el título de la película de Francis Ford.

Y lo curioso es que todas esas referencias bíblicas, helenísticas, literarias o fílmicas tienen una más que correcta imbricación, no resultan chirriantes ni fuera de contexto; todas ellas casan adecuadamente unas con otras, como corresponde cuando el ser humano tira de sus mitos, de las leyendas creadas por sus autores más primigenios, más talentosos, y los sintetiza en una historia que, siendo el resultado de otras muchas influencias, la encontramos sin embargo nueva, como recién imaginada. Ése es el mérito de Reeves, utilizar mimbres de obras tan diversas para hacer un cesto que parece nuevo, como acabado de hacer.

Andy Serkis, como César, trabaja más con la mirada que otra cosa; hay que tener en cuenta que tiene encima varios kilos de maquillaje y de prótesis, así que su trabajo actoral es aún más encomiable; Serkis ya tiene experiencia en este tipo de tareas interpretativas; recordemos, sin ir más lejos, su Gollum de las sagas de El Señor de los Anillos y El Hobbit. Woody Harrelson resulta inferior: siempre me pareció un actor muy limitado, al que suelen dar papeles de macho alfa que, me temo, no fundamenta adecuadamente. Espléndido el “score” de Michael Giacchino, en un sentido tono crepuscular, como de final de civilización, que tan bien cuadra al tema.


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140'

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La guerra del planeta de los simios - by , Jul 16, 2017
3 / 5 stars
Trufada de referencias cultistas