Película: La isla mínima

Cuando se estrenó en España, allá a principios de los años noventa, la mítica serie televisiva Twin Peaks, Alberto Rodríguez tenía 19 años y seguramente estaba iniciándose ya en lo que después sería feraz carrera cinematográfica. Aquella serie produjo en su momento un fortísimo impacto en la sociedad española de la época, por su novedoso tratamiento estilístico y por sus perfiles que, empezando en cierto realismo preciosista, terminaba adentrándose descaradamente en el terreno de lo abstracto. Cabe imaginar que el joven Alberto, ya entonces probablemente cinéfilo y con su vocación profesional decidida, también debió sucumbir a los esquinados encantos de aquella serie de David Lynch, uno de los más extraños cineastas que haya dado el cine USA (y el de cualquier otro lugar) en los últimos cuarenta años.

Hago este preámbulo porque La isla mínima recuerda, aunque sea remotamente, el “leit motiv” de aquella serie: tenemos unos cadáveres de chicas que aparecen en el agua (en este caso en las marismas del Guadalquivir, en la provincia de Sevilla), tenemos policías venidos de fuera que habrán de resolver el tema, tenemos un pueblo, un entorno rural, que parece saber de los crímenes más de lo que parece… ¿Quiere ello decir que La isla mínima es una especie de copia de Twin Peaks? En absoluto: se trata de un thriller plenamente autosuficiente, con personalidad propia, una percutante historia ribeteada de placeres ocultos, de sexo oscuro y sangriento, pero sobre todo un filme de una atmósfera asfixiante, en un escenario, las mentadas marismas, que resulta ser una auténtica maravilla como paisaje de esta historia torva y donde casi nadie es lo que parece, donde todos tienen secretos, donde el contexto efervescente del campo de principios de los años ochenta, en plena Transición, discurre junto a modos y formas del más típico señoritismo andaluz, donde un a modo de derecho de pernada, sotto voce, aún persistía.

Película desasosegante, tiene varias lecturas, a cual más interesante: la de los policías, tan diferentes, uno al estilo del antiguo régimen franquista (entonces todavía enraizado en el aparato del incipiente Estado democrático), y el otro que representa los nuevos aires de unas fuerzas de seguridad que buscan velar por el ciudadano y no sojuzgarlo. Pero también hay una mirada sobre la atonía del medio rural, donde nunca pasa nada, o nada parece pasar, aunque realmente pase, y de donde todos, y mayormente todas, quieren huir.

Con un notable guión, bien trenzado y sustanciado, con una ambientación que no omite detalles característicos de la época (aquellos horribles pelos de la época, cuando parecía que todo el mundo se acababa de levantar de la cama…) y con una muy inteligente utilización de un espléndido, personalísimo, sugerente escenario natural, La isla mínima se constituye en una de las mejores películas españolas del año y en la mejor de Alberto Rodríguez en solitario.

Entre los intérpretes me quedo con Javier Gutiérrez, un actor habitualmente encasillado en papeles de cómico, pero que aquí compone un madero franquista reconvertido a la fuerza en policía de la democracia, un personaje con muchas aristas y ambigüedades. Del resto destacaríamos a un secundario, Salva Reina, que es la naturalidad hecha persona. Antonio de la Torre, con un papel menguado y no muy lucido, está bien, aunque estamos acostumbrados a disfrutarle en papeles de más enjundia, que él borda como nadie.


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105'

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La isla mínima - by , Oct 01, 2014
4 / 5 stars
Muerte en las marismas