Película: La memoria del agua

Matías Bize es uno de los más interesantes directores chilenos del siglo XXI. Fue descubierto para el cine por su original En la cama (2006), y posteriormente ha tenido otros éxitos como La vida de los peces (2010), Goya a la Mejor Película Extranjera en Lengua Española. Pero me temo que con esta La memoria del agua (por cierto, hay un título homónimo, argentino, de 1992) no ha estado a la misma altura.

El tema es tremendo, la tragedia sin nombre que acontece a una pareja cuando su hijo de cuatro años muere en uno de esos estúpidos accidentes domésticos tan típicos, por ello también tan aborrecibles. Ella, tan devastada como él, pero que se siente culpable, se separa del marido e intenta sobrellevar la vida como puede. Él acepta a regañadientes, porque creía que la mejor forma de afrontar la catástrofe era mantenerse unidos. Ella es intérprete de idiomas en congresos, él arquitecto que diseña casas con piscina como la que provocó, sin quererlo, su drama. En un momento dado algo parece volver a unir a los antiguos amantes.

El problema de La memoria del agua no es, por supuesto, su tema, tan lacerante, tan verdadero. No hay palabras para imaginar lo que es sobrevivir a un hijo. Pero el problema está en el tono, en la forma de hacerlo. Bize opta por el tremendismo, por la impostación, como si este drama de una pareja fuera el de toda la Humanidad. Y quizá lo sea, pero en cine tanto engolamiento no funciona. Hay otras formas de hacerlo. A vuela pluma recordamos la magistral, durísima La habitación del hijo (2001), de Nanni Moretti, o la también notable En la habitación (2001), de Todd Field, que retrataban con tino, con mesura, ese devastador drama interior de la pérdida de un vástago.

Además, en La memoria del agua todo parece estar encaminado hacia la penúltima escena, la del enfrentamiento en el bosque entre los esposos, cuando ella estalla con toda su crudeza y declama una muy sentida perorata en la que Elena Anaya está realmente sublime, pero que suena inevitablemente a falsa: no porque los sentimientos que nos cuenta la angustiada madre no sean verdaderos, sino porque la dilatada exposición del “speech”, los términos usados, entre lo literario y lo filosófico, no cuadran con la realidad de estos personajes: nadie habla así, ni siquiera aunque esté bajo los efectos del shock de la pérdida más atroz, como es el caso.

Dolorosísima, sin embargo esa intención del director termina sobrepasando la propia historia y haciendo que no conectemos con los personajes como deberíamos; ni con ella, que se asfixia, a veces incluso literalmente, justo cuando traduce en un congreso la explicación de la hipoxia o falta de oxígeno en el organismo, ni con él, que no acepta que ella rehaga su vida con un ex. Ello nos lleva a la importancia que Bize otorga en su filme a los signos; el primero es bellísimo, tristérrimo: una pared, donde los amorosos padres han ido colocando una rayita para marcar la altura de su hijo a los 2 años, a los 3, a los 4… después la pared está en blanco: no habrá más rayas. Pero otros signos son bastante más pedestres, como el de la inesperada nieve que amaba el pequeño muerto, que los padres creen pudiera ser un mensaje del niño que les impeliera a la reconciliación; la soja violentamente derramada por el marido preterido cuando se entera de que ella está con otro tampoco es precisamente un prodigio de sutileza.

La tristeza no tiene sustancia. Está en los rostros de los padres huérfanos (¿cómo se les llama, si no, a los que pierden a sus hijos?), está en el tono hiperbólicamente trágico, en la paleta de colores, que prefiere un cromatismo oscuro, en las palabras de la madre, sobre todo… pero no está en la película, no se articula como un elemento con entidad propia.

Es meritorio el esfuerzo de Bize como guionista y director para tocar ese infierno tan temido, pero el resultado no termina de convencer. Meritísimo trabajo, como queda dicho, de la pareja protagonista, en especial de Elena Anaya, espléndida aunque los diálogos que le toca decir no estén a la altura de su inusitada capacidad para transmitir emociones. Benjamín Vicuña está un escalón por debajo de la actriz española, pero también se le ve muy entregado. Tanto que, junto con Anaya, intervienen también como coproductores. Por cierto, la ramplona música de Diego Fontecilla no ayuda precisamente a mejorar el filme.
 


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88'

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La memoria del agua - by , Aug 06, 2016
2 / 5 stars
Devastación