Película: La mitad de Óscar A veces, cada vez menos, el cine da sorpresas agradables. Esta La mitad de Óscar no parecía a priori gran cosa, quizá un nuevo, esforzado, pequeño filme ilustrando el típico guion que quiere decir muchas cosas, aunque lo haga de forma pedestre. Contra toda esperanza, la nueva cinta del almeriense Manuel Martín Cuenca remite a referentes tan potentes como Bresson, Antonioni, Kaurismaki. Estamos hablando entonces de palabras mayores, aunque pronto habrá que decir que el filme de Martín Cuenca no llega a las cimas de las grandes obras del francés, el italiano y el finés.

Pero nada más que el hecho de que esta historia, y sobre todo, la forma de contarla, recuerde poderosamente el cine de los maestros mentados, es ya todo un elogio. La mitad de Óscar es un filme de personajes y de paisajes (en ambos casos pocos, pero muy bien escogidos). Es también una historia de sentimientos, pero tan contenidos, que el recuerdo a Bresson o a Kaurismaki es inevitable. Dos hermanos, chico y chica. Ambos huérfanos desde pequeños por un accidente de avión de los padres. Criados por el abuelo, ahora agonizando por el alzheimer. Un reencuentro de los hermanos, antes también amantes. Ella viene ennoviada y embarazada. Él no ha conseguido superar el trauma de la separación. El paisaje almeriense, entre el desierto y la playa, será testigo de su convulso reencuentro.

Historia preñada de sentimiento, pero tan contenida que hay que buscarlo en las miradas, en los pequeños gestos, antes que en las palabras o en los movimientos de los personajes, está resuelta de forma un tanto irregular; comienza algo torpemente, como si no tuviera muy claro su tono; afortunadamente, en cuanto entra en materia, las ideas se aclaran y el tono también. Entonces es cuando Martín Cuenca brilla a mayor altura, cuando deja que sea el cine, y la cámara, los que hablen: la magnífica escena en el taxi, resuelta con tres planos-secuencia y una elipsis portentosa; la escena final, otro plano-secuencia, esta vez larguísimo, con los hermanos y ex amantes silueteados en la gran ventana acristalada de la habitación del hotel, que nos permite verlos como si estuvieran en el exterior, con el mar como único testigo, escuchando por primera vez las cuitas de amor de ambos. También tienen un valor de comunicación (o de incomunicación) importante las escenas previas de los protagonistas errantes entre el pedregal del secarral almeriense y la playa, como si pasaran de la sequía de sus emociones a la pasión, la libertad del mar.

Notable filme. Desequilibrado, es cierto, porque no siempre brilla a igual altura. Pero cuando lo hace deja en mantillas al noventa por ciento de la hodierna producción española (y no solo española), tan dada hoy día a poner en imágenes pulcramente guiones mejores o peores, pero sin aportar auténticas ideas cinematográficas. Martín Cuenca no es un pegaplanos, sino un cineasta de raza, y aquí lo demuestra taxativamente. Ojalá tenga oportunidad de insistir en este bellísimo venero de indagación cinematográfica, porque ese es el futuro.

Mención especial para los actores, cuyos roles eran de los más desagradecido, por la extrema contención que se les exigía; citaremos a Rodrigo Sáenz de Heredia, nieto del gran José Luis Sáenz de Heredia, uno de los grandes directores del cine español de los años cuarenta y cincuenta. Tiene el personaje de Rodrigo una mirada como de perro apaleado, de infinita tristeza, una congoja que le escinde e íntimamente le destroza; tiene el rol de Verónica Echegui, su partenaire, quizá también su antagonista, la mirada de la mujer que lucha por pasar página de una oscura parte de su vida, sin que, en el fondo, desee hacerlo.

Cine nuevo, cine bueno: qué gusto da decir esto, sobre todo cuando es cine español…

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85'

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La mitad de Óscar - by , Mar 25, 2011
4 / 5 stars
Bresson en Almería