La pesca de salmón en Yemen
(Salmon fishing in the Yemen)
Cine antiguo
Lasse Hallström, cineasta sueco emigrado a Estados Unidos hace años, ha cultivado en Hollywood un cine liberal, algo (o bastante) extravagante y de corte clásico, en filmes como Las normas de la casa de la sidra (quizá su película más redonda), ¿A quién ama Gilbert Grape? (que sirvió para descubrir a Leonardo DiCaprio) y Chocolat. Últimamente, sin embargo, sus empeños se veían saldados con un cierto fracaso, al menos desde un punto de vista artístico (con títulos olvidables como Querido John o Siempre a tu lado). Ahora parece que el director escandinavo ha optado por dar un giro a su cine, al menos a la nacionalidad de origen, a ver si así se revitaliza su creatividad, y filma, bajo pabellón del Reino Unido, esta comedia con ribetes románticos de extraño título, que parece enteramente el de un documental, La pesca de salmón en Yemen.
Pero lo cierto es que Hallström, que tiene otras virtudes, nunca ha sido un cineasta moderno, en la acepción más positiva del término, sino que su cine, con frecuencia, ha adolecido de antigüedad (también en este caso en el peor sentido de la palabra): es cine como de otra época, y lo que es peor, sin las virtudes de ese buen cine clásico. Así, tiene la morosidad habitual del cine antiguo, pero no sus buenos diálogos, ni su notable puesta en escena, ni su impecable ritmo narrativo.
Así las cosas, La pesca de salmón en Yemen no es un título deleznable, pero tampoco llega a entusiasmar. Es otra vuelta de tuerca a ese cine de buenos sentimientos que tanto se lleva, ahora trufado de algunas adherencias ad hoc (verbigracia que aquí el habitual moro malo sea más bueno que Bambi, o que los villanos de la película sean los politicastros británicos).
Pero poco más en esta historia un punto (o todos los signos de puntuación…) lunática, donde Ewan McGregor compone un más bien improbable científico despistado, para lo que presenta cara de sabio levemente pasmado. La mejor, sin duda, Kristin Scott Thomas, alejada ya de los papeles románticos que la encumbraron (ese El paciente inglés et alii), que compone aquí un personaje con muchas aristas, una dura jefa de prensa que actuará como un bulldozer con tal de favorecer a su señor de turno; para la ocasión, el funcionario eventual que, cada cuatro años, tiene que solicitar la renovación del alquiler de la casa que el Reino Unido le asigna en el número 10 de Downing Street...
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