Película: La saga Crepúsculo: Amanecer - Parte 2 Me fastidia autocitarme, pero a veces no queda más remedio. Escribía a raíz del estreno de La saga Crepúsculo: Amanecer – Parte 1, que “El crítico acomodaticio, o rutinario, despacharía este filme con los correspondientes tópicos: una dosis generosa de clichés, una pizca de ironía, unas gotas de menosprecio y ya tenemos la crítica lista. Pues no: no es que esta primera parte de la cuarta entrega de la serie Crepúsculo sea para tirar cohetes; en buena medida es tan endeble como el resto de la saga. Pero no se puede despachar sin más este nuevo capítulo, cuando, aunque sea a ráfagas, se aprecia que está Bill Condon a los mandos”.

La verdad es que ves la segunda parte, y te entran  ganas de copiar aquella crítica entera y fusilarla tal cual, aunque en este caso fuera un autofusilamiento (valga la expresión, que el lector sabrá perdonar). Pero, claro, hay diferencias, aunque no sean de fondo, pero sí de forma; si en aquella primera parte lo interesante estaba en el proceso de gestación de Bella, mientras lleva en su seno algo que no es humano ni vampiro, pero no dejaba de ser ambas cosas, consumiéndola en una metáfora brutal sobre la convivencia del feto, de cualquier feto, con su madre, aquí lo que resulta estimulante es la parte final, cuando los vampiros “buenos” (por llamarlos de alguna forma), con el auxilio de los hombres lobo, se enfrentan a los vampiros “malos” (también por simplificar). Lo que podría haber sido en otras manos otra variante “light” de esta serie descafeinada que ha puesto de moda a los vampiros descangallados y como sacados de un videoclip “retro” de Locomía, se convierte en manos del director Bill Condon en una refinada lucha donde la crueldad, el sadismo, la mala leche a espuertas, campan por sus respetos. Ese Aro, vampiro entre los vampiros, el jefe, el puto boss con colmillos, con su sonrisilla sardónica como de carajote, y que sin embargo destila una mala leche que ríase usted de la Bruja de Blancanieves; esas cabezas arrancadas de cuajo de sus (supuestamente) inmortales cuerpos; esos aristócratas vampíricos, que gozan, al borde del orgasmo, mientras torturan con sus infinitos poderes a los incautos que incurren en sus iras…

Toda una parafernalia a la que no haría ascos el Marqués de Sade ni Leopold Von Sacher-Masoch, en una media hora en la que además Condon demuestra que es un excelente planificador de batallas, con un montaje que huye de la actual moda, tan nefasta, de reducir la duración de los planos a décimas, cuando no a centésimas de segundo. La pirueta final en la batalla, muy inteligente, es ajena a la novela original de Stephenie Meyers, por lo que habrá que atribuírselo a la guionista, Melissa Rosenberg, autora de libretos de series de culto como O.C. o Ally McBeal, y sobre todo al director, Bill Condon, que aunque, desde luego, está muy lejos de sus mejores logros (pongamos la magnífica Dioses y monstruos), al menos salva los muebles en este encargo envenenado.

Por supuesto que antes y después hay lo que la muchachada adolescente pide: mucho romanticismo fou, muchas caritas lánguidas, mucho polvo de talco en esas jetas de vampiros… en fin, lo previsible. Lo que no lo era tanto es que, a ratos, y gracias a Condon y a su guionista, parezca que estamos viendo una película…

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115'

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La saga Crepúsculo: Amanecer - Parte 2 - by , Nov 22, 2012
2 / 5 stars
Sí, pero no (parte 2)