Película: La teoría del todo

Stephen Hawking es, con toda seguridad, el científico más famoso de los últimos cincuenta años. Sus estudios y teorías sobre cosmología, ciencia, universo, tiempo…, son conocidos (a grandes rasgos) por la generalidad de la gente, y su figura, ese hombre como descoyuntado sobre una silla de ruedas, se engrandece enormemente al reconocer la extraordinaria fuerza de voluntad de seguir pensando, filosofando, reflexionando sobre el ser humano y su lugar en el espacio, aun estando privado desde hace decenios de movimiento alguno más allá de algún leve parpadeo, algún movimiento de la mejilla, aleteos de colibrí que le permiten sin embargo hablar mediante un sintetizador de voz y escribir libros deslumbrantes.

Jane Hawking, su primera mujer, es la autora de Travelling to Infinity: My life with Stephen, libro biográfico sobre su vida con el genio, en la que se basa esta película. James Marsh, el director, es un cineasta más volcado hacia el documental, género en el que ha conseguido algunos logros interesantes, como Man on wire, sobre el funambulista que en los años setenta cruzó sobre un cable el espacio existente entre las dos Torres Gemelas de Nueva York. La teoría del todo también tiene algo de funambulista, aunque sea de forma metafórica, pues ciertamente es difícil hacer un biopic como éste, sobre un personaje archiconocido, y no resultar ni pesado ni obvio.

La teoría del todo resulta ser, curiosamente, mucho más interesante desde la perspectiva que aporta la ex esposa de Hawking, sobre todo en el día a día de una mujer que se casó abnegadamente con el amor de su vida considerando que la existencia del amado se reduciría a dos años (esperanza que le daban al científico cuando se le diagnóstico la ELA, la esclerosis lateral amiotrófica), aunque resultó que Stephen, contra toda esperanza, aún vive (cuando se escribe este texto), más de cincuenta años después de que se le prescribiera esa condena a muerte a tan corto plazo. La rutina cotidiana con el hombre que no podía ser un esposo ordinario (aunque se cita que la ELA no impide la consumación carnal, es evidente que las limitaciones en ese aspecto han de ser extraordinarias), también la propia sombra del genio que lo oscurece todo, cuando la esposa era una notable estudiosa de la poesía medieval española y francesa, hicieron que su relación con el director del coro de la iglesia a la que acudía a mitigar sus penas se convirtiera, velis nolis, en la idealización del hombre soñado, deseado, también amado.

Esa parte me parece muy interesante; el culmen es la excepcional escena, de tan sutil, en la que Stephen corta amarras con su mujer, dejándole el campo libre cuando se da cuenta del grado de tortura que para ella está suponiendo la convivencia del matrimonio, con la consiguiente pérdida del amor real de su vida, allá en el atrio de una iglesia dirigiendo motetes. Notabilísima es también una de las escenas finales, ese bolígrafo de una alumna involuntariamente caído al suelo mientras el ilustre tullido, en una flash entre lo onírico y lo fantástico, baja por su propio pie desde su trono de inválido para recogerlo.

No todo brilla a igual altura, es lástima. El resto es, en general, muy correcto, pero no excepcional. Sí lo es el gran trabajo de Eddie Redmayne como el genio postrado en silla de ruedas, una composición realmente espléndida que le ha permitido conseguir merecidamente un Globo de Oro y la nominación al Oscar. También es muy meritoria la interpretación de Felicity Jones, la mujer demediada entre el amor real pero cada vez menos sensual con su marido, y la profunda, volcánica pasión que crecientemente siente por el hombre amable y torturado que podría ser, que sería, su auténtico amor.

Stephen Hawking, en su juventud, cuando la ELA aún no se había manifestado, hablaba de que lo que quería realmente era encontrar una ecuación simple, elegante, que explicara el universo. Me parece que ya no la va a encontrar. No será, sin embargo, porque no la haya buscado hasta la extenuación. Jane Hawking, su exmujer, sin embargo, sí parece que la encontró, a su manera, y no fue con Stephen; esa ecuación, leve, ligera, sencilla, que explicaba su mundo: la abnegación no puede ser infinita; para eso ya está el espacio sideral…


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La teoría del todo - by , Jan 26, 2015
3 / 5 stars
Una ecuación simple, elegante