Película: La tienda No es frecuente, pero a veces las segundas visiones suelen desvelar aspectos inéditos, descubrir insospechadas virtudes, en resumen mejorar la impresión de la primera visión. Eso ocurre con esta La tienda, estrenada más bien sin pena ni gloria, y cuya revisión en vídeo depara ciertas sorpresas, más bien gratas. En efecto, aunque Fraser C. Heston (hijo del inolvidable Charlton) no tiene detrás una filmografía que avale una reconocida pericia cinematográfica, hay que convenir, en esta segunda visión, que consigue un producto eficaz y, en general, dotado de cierto sentido fílmico bastante apreciable. Así, el complejo puzzle imaginado por Stephen King en su novela, con el Diablo en persona, encarnado en un viejo de aspecto elegante y exquisito, Leland Gaunt, intrigando entre los (no tan) pacíficos habitantes del lugar kingiano por excelencia, Castle Rock, sembrando entre ellos la cizaña de las rencillas vecinales, fomentando los odios hacia el prójimo, soterrados o abiertamente expuestos; además, ese puzzle se entrelaza haciendo que ninguno de los que perpetra las trastadas correspondientes tenga relación alguna con el perjudicado, en una especie de juego a lo Extraños en un tren, en el que ninguno de los autores de tales barbaridades tiene motivo alguno, ni sentimental, ni económico ni de ningún tipo, para ello, lo que hace mucho más difícil su reconocimiento. Con esa baza el Diablo tiene todas las de ganar, en este intrincado rompecabezas en el que todo se va complicando hasta estallar en una revuelta popular. Pero Heston habrá mostrado previamente algunos destellos de buena visión cinematográfica: así, con frecuencia recurre a la elipsis, evitando contarnos ni verbal ni visualmente lo que ocurre, sino simplemente haciendo uso del montaje: lo hace con frecuencia en el momento del trueque de la "cosa necesaria" por el favor correspondiente. La más brillante es la que se produce entre el momento en el que Keaton, liberado de su encadenamiento al coche por su esposa, se dirige a ella, desquiciado, con el martillo en las manos; Heston cambia el plano a un lavabo, en el que vemos cómo Keaton lava el martillo manchado de sangre. No hace falta imaginar cómo habría resuelto esa escena cualquier otro cineasta más dado a la casquería que a la elegancia: martillazos, sangre por doquier, gritos... aquí no ha hecho falta mostrar nada de ello, sólo el martillo sangrante tras la imagen de Keaton, amenazante, acosando a su mujer. Así pues, esta historia sobre los odios vecinales y cómo son aprovechados por las fuerzas del Mal (por cierto, habría incluso una lectura política: los países vecinos utilizados por la potencia extranjera de turno para enzarzarlos en guerras y suministrar armas a ambas partes: una historia vieja como el mundo) está servido bastante mejor de lo que cabría esperar por un cineasta que, sin embargo, no termina de redondear la faena, con un final que se le escapa claramente de las manos, con un "speech" del sheriff que queda bastante postizo, y no digamos el renacimiento de sus cenizas del Diablo, amenazando veladamente al nieto aún no nacido del policía, al que verá sesenta años después. Además, parece que Heston no ha podido sustraerse al inevitable castillo de fuegos artificiales con el que tiene que terminar, invariablemente, cualquier película de intriga o acción del cine americano hodierno. Entre los actores sobresalen el siempre eficaz Ed Harris y, sobre todo, el estupendo Max von Sydow, que hace toda una creación de su papel de Diablo elegante y exquisito, recordando de alguna forma un personaje kingiano semejante, el también anticuario de El misterio de Salem’s Lot, que compusiera espléndidamente en su versión televisiva James Mason. Es una delicia contemplar a Sydow, con una economía de gestos admirable, transmitir a su personaje toda la malignidad y, al tiempo, fascinación, que se supone ha de tener el Diablo. No digamos cuando, con humor casi británico, a pesar de su ascendencia escandinava, interpreta algunos de los típicos chistes kingianos, como cuando el pastor le inquiere por su fe y él responde, tras una duda, "sin denominación". Pero el colmo de la ironía es su aparición, fumando relajadamente, mientras escucha nada menos que el Ave María, mientras se desencadenan las atrocidades que él mismo ha puesto en marcha.

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116'

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La tienda - by , Mar 21, 2009
3 / 5 stars
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