Película: La vida inesperada Aunque no soy un seguidor acérrimo de la Teoría del Autor en cine, ciertamente cuando ves películas como esta La vida inesperada te das cuenta de la importancia del director en un filme. Y te das cuenta justamente porque la impericia, o la impersonalidad, en cualquier caso la falta de talento de quien está con la batuta en una obra audiovisual, es determinante en el resultado final de la misma. Desde Bazin, desde Truffaut, somos reos de esa Teoría del Autor, pero también hay que recordar que antes de ellos el cine norteamericano nos enseñó que también un productor (Zanuck, por ejemplo) podía marcar de forma indeleble su cine, hasta el punto de que la figura del director pasaba a ser la del pulcro empleado que llevaba a cabo las directrices estratégicas del estudio.

Viene todo esto a cuenta de que La vida inesperada podría haber sido otra película de estar dirigida por otro cineasta que no fuera Jorge Torregrossa. Porque la trayectoria de este cineasta alicantino no se puede decir que sea precisamente extraordinaria: curtido en seriales televisivos ni remotamente  exquisitos (Herederos, La señora, Tierra de lobos, entre otros), su único largometraje para el cine fue el fiasco Fin, una de las películas que se esperaban con más interés en 2012, pero que gracias a (o por culpa de) su lamentable realización quedó en nada.

A la vista de este su segundo largo para el cine, parece que Torregrossa tampoco está dotado para la comedia. Porque una película de cine es algo más que una sitcom, no nos cansaremos de decirlo. Una serie televisiva, sobre todo si son del jaez de las que se hacen en España, dan tablas y fuelle a actores y directores, pero desde luego no les hacen profundizar en sus trabajos: difícilmente veremos actuaciones eximias en seriales que se ruedan a razón de un episodio por día, donde las tomas son las mínimas posibles y los diálogos se llevan prendidos con alfileres. Del mismo modo, no veremos escenas exquisitamente realizadas porque es imposible, con las prisas del medio y la presión de terminar el capítulo cuanto antes, ser inolvidable: es la diferencia entre la fast food de una hamburguesa de esa multinacional en la que está usted pensando, y la comida como arte de un plato servido en El Bulli (si estuviera abierto) o El Celler de Can Roca (aunque ya no sea el mejor restaurante del mundo, “sólo” el segundo, ay que joderse…).

La vida inesperada cuenta el tiempo de convivencia entre dos primos españoles; uno, actor y riojano, (mal)vive en Nueva York desde hace diez años, aunque tiene algo engañada a su madre, con la que habla diariamente por Skype; el otro, el Don Perfecto de la familia, alicantino, es analista financiero y afronta en los próximos meses una boda sobre la que tiene dudas. El primo visita a su pariente y desde el principio estas dos gotas de líquidos tan dispares como el agua y el aceite chocan: uno, el riojano-neoyorquino, ve invadida su rutina diaria, además con la impresión, quizá no incierta, de que el otro viene a restregarle su perfección; el primo alicantino, por su parte, parece buscar una vida alternativa a la ideal a la que está destinado, quizá anhelando otras existencias no tan medidas, no tan mensuradas, no tan previsibles.

Pero esa historia, esa peripecia conjunta de los dos primos, y los romances que mantendrán simultáneamente con otras tantas yanquis, no terminan de estar puestos en escena con convicción; el guión de Elvira Lindo, que de esto de cine y literatura sabe mucho, es bastante mejor que su puesta en imágenes. No terminamos de entender los encontronazos, a veces bastante artificiales, de estos dos primos que no pueden vivir juntos aunque, cuando no lo están, se echan mucho de menos. También es cierto que la moraleja final no deja de ser algo conservadora, al menos conformista, tal vez realista: el día en que asumamos que los sueños de nuestra infancia, de nuestra adolescencia, de nuestra juventud, no se van a cumplir, quizá estemos empezando a cavar nuestra fosa.

Cámara y Arévalo, como es proverbial, están excelentes; mejor el primero, porque su papel es más claro; Raúl Arévalo, sin embargo, tiene que apechar con un personaje algo etéreo, que no se sabe bien si va o viene, más gallego que alicantino. De los demás me quedo con la autenticidad de una Carmen Ruiz que es ya uno de esos imprescindibles rostros característicos del cine español, una suerte de Gracita Morales del siglo XXI, bien que con un registro mucho más amplio que el de la malograda actriz madrileña.

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La vida inesperada - by , May 04, 2014
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Los sueños que no se van a cumplir