Película: Las barbas indómitas Georges Méliès, además de un fervoroso enamorado del cine, era (antes, durante y después de ejercer como director y actor cinematográfico) un mago, un prestidigitador que en su teatro Robert Houdin de París, presentaba funciones de magia, entre otros espectáculos teatrales y de variedades. Por eso cabe imaginar el hallazgo que para él supuso el descubrimiento del cine y de trucos como el “stop-trick” o escamoteo de una persona u objeto de la imagen mediante el procedimiento de detener la grabación, quitar o poner a esa persona u objeto y volver a filmar, lo que producía en pantalla la desaparición o aparición supuestamente instantánea de esa persona u objeto: era como encontrar el Santo Grial de los magos, la posibilidad de dar la impresión de desaparición absoluta, a un público que, por supuesto, desconocía este tipo de rudimentos técnicos del cine, un público tan absolutamente inocente que, como es sabido, huyó despavorido de la sala el día en que los Lumière proyectaron el cortometraje La llegada del tren a la estación de La Ciotat, creyendo que el convoy ferroviario los embestía…

Con esa credulidad, Méliès tenía gran parte del camino recorrido para fascinar a los espectadores, pero tampoco eso quería decir que sus trucos cinematográficos no estuvieran bien hechos: si el truco se nota, incluso el público más ingenuo podía darse cuenta. No es el caso, porque Méliès, en estos primeros años del siglo XX, ya conocía perfectamente la técnica del “stop-trick”, así como la del “stop-motion”, aplicación del anterior utilizada habitualmente en los dibujos animados (filmación fotograma a fotograma, para dar impresión de movimiento a cosas inanimadas), y la sobreimpresión de imágenes. Con esa panoplia de trucos, Méliès rueda este Las barbas indómitas, un corto de apenas tres minutos en el que vemos a un personaje (el propio director, con cuidada barba y perilla y luciendo su calva cocorota) en un decorado pintado que reproduce de forma naif una orilla del Sena, donde el protagonista coloca una pizarra en la que dibuja una cara con melena leonada; acto seguido retira la pizarra y se coloca él mismo como en exposición para el espectador: en unos segundos vemos como, poco a poco, su coco liso se puebla de pelo y toma la forma de melena del dibujo que acaba de efectuar. Posteriormente realiza esta misma acción varias veces, siempre pintando en la pizarra una cabeza y posteriormente reproduciéndose sobre su propia testa lo previamente dibujado: así lo veremos con unas hirsutas barbas como de profeta y pelo canoso, como de viejo pellejo, después con la pinta de una especie de lord inglés, con mostacho como de linimento Sloan y monóculo, más tarde de cómico excéntrico (éste sólo lo escribe en la pizarra, sin dibujarlo), con pinta como de clown, y así sucesivamente, terminando con la apariencia de un diablo mefistofélico, con sus cuernos y todo, para acabar desapareciendo lisa y llanamente de pantalla.

Las barbas indómitas, por supuesto, no tiene más valor cinematográfico que la exposición, en fecha tan temprana como nueve años después del nacimiento del cine, de todo un amplio repertorio de trucos técnicos que pusieron entonces las bases para establecer un lenguaje cinematográfico propio, un lenguaje que le fue distanciando de otras artes (fotografía, teatro, sobre todo, pero también, posteriormente, pintura, arquitectura, danza…) de las que el nuevo arte bebió sin recato, y aún sigue haciéndolo.

Loor a Méliès, aquel gran hombre que, sin saberlo, ayudó de forma inconmensurable a establecer el cine como una nueva, y portentosa, forma de expresión cultural, artística, de entretenimiento.

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Las barbas indómitas - by , Nov 24, 2013
2 / 5 stars
El mago del cine