Película: Logan

Las intersecciones entre géneros, y no digamos las referencias a algún título mítico, con cierta frecuencia, pueden ser la base de nuevos productos audiovisuales. Aquí tenemos un ejemplo: sobre Raíces profundas (1953), la legendaria Shane que rodó George Stevens en la mejor época del western, los años cincuenta, Marvel pone en imágenes un nuevo episodio de la saga de X-Men, una de sus franquicias más exitosas (y eso es decir mucho en esta casa de cómix que con la de Los Vengadores arrasa en taquilla). Logan es el nuevo título, un filme crepuscular que se ambienta en 2029, con un Lobezno avejentado y en el anonimato, y los mutantes prácticamente extinguidos o en trance de estarlo. En ese contexto, Logan sobrevive como conductor de limusinas para despedidas de solteras y similares, mientras mantiene escondido en una zona abandonada del campo a su viejo profesor, Charles Xavier, nonagenario y con problemas de senilidad, y a un mutante albino, Caliban, de prodigiosas capacidades rastreadoras. Una institución secreta del gobierno lleva tiempo investigando con especímenes humanos la posibilidad de recrear para uso propio las capacidades de los mutantes, pero el experimento parece demostrarse fallido, lo que aboca a la eliminación de esos especímenes, que resultan ser niños…

Tiene Logan un tono crepuscular que, a qué negarlo, resulta interesante: es el ocaso del héroe de adamantio, el hombre que fue convertido, sin quererlo, en una máquina invencible, pero al que al mismo tiempo se le privó de la posibilidad de tener una vida normal, corriente, gris, una vida como la de cualquier hombre de la calle: tampoco tener familia, ni mujer, ni hijos. O no, como se sugiere aquí, aunque la descendencia no sea en sentido estricto por el procedimiento habitual, sino por alambicados experimentos de laboratorio con ADN y otros arcanos científicos.

Sobre esa posibilidad, la de que el hosco lobo humano que es Logan (que solo aspira a huir al mar en una embarcación de imposible alcance, con su progenitor intelectual y su amigo sin un pelo de tonto) pueda tener una hija de su sangre (o de su ADN), con sus mismas potencialidades sobrehumanas, el director James Mangold y sus coguionistas montan un homenaje a Raíces profundas, sobre la imposibilidad de cambiar, de dejar de ser lo que se es cuando la culpa, o la carga psicológica, o incluso física (ese esqueleto de adamantio, a la vez bendición y cruz), no permiten cambios, pero también sobre la necesidad de acabar con los malvados para que la vida pueda discurrir con la normalidad de lo cotidiano. En un pasaje del filme, cuando están encerrados en un hotel, la pequeña Laura ve, por primera vez, una película; es, claro está, Raíces profundas, y se le queda grabada la conversación final entre Shane y el pequeño Joey, una vez que el pistolero ha acabado con los que asolaban a la comunidad y a su familia, que termina con la famosa frase “ya no queda ningún revólver en el valle”, un diálogo que tendrá un sentido especial en el epílogo de la película.

En efecto, el viejo Logan, como Shane, y su ¿hija? Laura, como Joey, tendrán que asumir lo que son, y tendrán que luchar contra lo que les pretende sojuzgar, esclavizar. Tiene Logan un tono adulto, como de drama desvencijado, con su profesor Xavier perdido en el dédalo del Alzheimer, con su albino continuamente irritado, con su Logan encanecido y achacoso: también los superhéroes envejecen y llegan a ese momento en el que lo único que se espera es el último recodo del camino. Lástima que ese tono adulto, incluso dramático, esté inserto en un guion con altibajos y flecos, al que una vuelta más no le hubiera venido mal, y a una dirección con caídas de ritmo, que hacen que el filme no tenga el empaque de los últimos capítulos de la saga, que generalmente funcionan como locomotoras a pleno rendimiento.

No obstante, no es una película deleznable, ni mucho menos; solo por el aliento humano de los personajes al margen del poderoso Estado, de su tono como de ocaso, de sus otrora todopoderosos héroes ahora sumidos en los fantasmas de la senilidad o de la enfermedad que les carcome, ya es valiosa Logan, aparte de, por supuesto, para los aficionados al cine de acción, por toda la parafernalia que cualquier película de la serie X-Men conlleva, escenas rodadas con un pasmoso realismo que sobrecogería, si no fuera porque estamos ya acostumbrados a ver al hombre lobo más rentable del cine ensartar con sus garras de adamantio a cualquier cosa con piernas que le haga frente. Más duro se hace ver eso mismo con una cría de 11 años, pero desde Kick-Ass (2010) ya sabemos que los niños (las niñas, en este caso) pueden ser tan letales, o más, que los adultos…

Hugh Jackman se luce en un doble papel, aunque es evidente (al margen del final del filme, que parece definitivo aunque quizá no tanto, sobre todo ante las excelentes recaudaciones que está teniendo este nuevo capítulo de la franquicia) que tiene ya una edad en la que no parece lógico seguir manteniéndolo como protagonista de una saga fantástica de acción como los X-Men; otros (u otras, con muy pocos años…) pueden tomar el relevo, como la joven Dafne Keen, todavía de corta carrera pero que promete mucho. Da gusto ver de nuevo al viejo Patrick Stewart, el inolvidable profesor Xavier (antes de que James McAvoy tomara el relevo, rejuveneciéndolo), y también memorable capitán Picard de la renovada saga televisiva de los años noventa de Star Trek y de varios episodios de aquella época en pantalla grande de la mítica serie. Es curioso como exquisitos actores británicos como él, o Ian McKellen (el inmortal Gandalf de El Señor de los Anillos, el temible Magneto de X-Men) se prestan, con buen criterio, a intervenir en estas historias sin duda más elementales que cualquier Shakespeare, pero que les permiten llegar a todas las generaciones, a todos los estratos sociales, a todos los niveles intelectuales.


 


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137'

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Logan - by , Mar 12, 2017
2 / 5 stars
Ya no queda ningún revólver en el valle