Película: Los chicos del maíz III. Cosecha urbana La tercera parte del serial en que se ha convertido Los chicos del maíz confirma la inanidad y extenuación del tema: si el primer episodio fue ciertamente fallido, los dos siguientes ratificaron que la materia argumental de Stephen King ya es un mero recuerdo en estas entregas subsiguientes. De hecho, en la segunda parte aún se mantenía un nexo de unión con el primer capítulo, pues se trataba de imaginar qué ocurrió en Gatlin tras la huida de los protagonistas y la muerte de los líderes de los niños. En este tercer segmento ya la única relación es el lugar de procedencia, Gatlin, de donde partirán los dos nuevos protagonistas hacia Chicago, al morir el padre de ambos. Aparte de ese punto de relación, queda el maíz y su maléfica influencia para los que lo comen o se acercan al pérfido maizal, o bien oyen los cantos de sirena del diablo de turno, en este caso, el pequeño Eli. También el mensaje ultrarreligioso de los fanáticos de El que camina detrás de la Fila queda un tanto diluido, pues aquí realmente los sermones de Eli parecen más demoníacos que divinos (por muy ultramontanos que éstos fueran en las anteriores películas); por primera vez el poder del Diablo, representado en Eli, se enfrenta al poder de Dios, con el cura Nolan como vicario. Pero Los chicos del maíz III. La cosecha urbana no aporta nada nuevo: tal vez algunos efectos especiales resueltos con cierta habilidad (como la crucifixión del padre de los chicos, al principio del filme, cuando sus ojos y boca quedan selladas con una especie de tallo de maíz que le cose, literalmente, esas aberturas), entre los que no se incluye, desde luego, la lamentable escena final, con una criatura monstruosa que en ningún momento resulta creíble y que termina por ser ridícula cuando se come a dos de los muchachos, "cantando" entonces clarísimamente que éstos son muñequitos tipo Barbie o Ken. Sólo un par de escenas más: el descuartizamiento de Malcolm en el maizal de Gatlin, realizado con escalofriante realismo, convirtiendo al chico casi en una especie de jirafa al tirar inverosímilmente los tallos de su cabeza y ésta, no terminada de arrancar, se eleva más de un metro sobre su posición natural. Y es que no es precisamente imaginación lo que demuestra el realizador, James D.R. Hickox, hijo, por cierto, de Douglas Hickox, realizador británico de no muy afortunada carrera, a quien está dedicada la película. Sólo citaremos, para terminar, una idea que se desliza un tanto de rondón en el filme y que podría haber dado más juego si se hubiera desarrollado mejor: uno de los curas colegas de Nolan le dice a éste, cuando se queja de la mala influencia de Eli en el resto de los colegiales, que desde que esa influencia viene dándose la escuela parece otra, sin tabaco, drogas ni alcohol, sin algarabías. No deja de ser curioso porque poco tiempo después de esta película, en 1996, se produjo la gran marcha de los hombres (digo hombres porque las mujeres estaban excluidas) negros a Washington, convocados por Louis Farrakhan, una especie de pastor ultramontano de su raza, un redentor racista, machista, puritano y ultraderechista, que consiguió llevar un millón de varones en su marcha. El deleznable ideario de este iluminado, sin embargo, concitó adhesiones extrañas como la del propio Jesse Jackson, eterno aspirante demócrata a la presidencia de Estados Unidos, que vino a decir algo así como "si para combatir el cáncer hay que utilizar un sistema que no gusta, hay que hacer de tripas corazón". Lo que ocurre con Eli y su influencia en la escuela es semejante: aparta a sus pupilos de los vicios que minan a los jóvenes yanquis actuales, pero a cambio de hacerles perder su capacidad de pensar y de convertirlos en fanáticos ultramontanos. Así que habría que preguntarle a Jackson si para combatir el cáncer el sistema es un infarto de miocardio agudo, ¿qué escogería?

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89'

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Los chicos del maíz III. Cosecha urbana - by , Mar 22, 2009
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No hay dos sin tres