Película: Los intrusos

A veces hay películas que ganan insospechada fama en base a inexistentes méritos. Aquí tenemos un ejemplo paradigmático. Los intrusos (cuyo título original es White settlers, lo que vendría a ser algo así como Colonos blancos, pero que también tiene otro título que finalmente no ha prosperado, The blood lands, Las tierras sangrientas) viene precedida de cierto prestigio de filme indie, de terror novedoso, e incluso pretende tener lecturas políticas (más bien oportunistas), intentando ver en la historia que se nos cuenta un trasunto de las tensiones entre Escocia y el Reino Unido del que forma parte el país de los Highlands bajo la corona de Su Graciosa Majestad (aunque, es cierto, tiene poco de graciosa…).

Una pareja de inglesitos, jóvenes, cansados de la ciudad y del estrés del trabajo, deciden escapar al campo, comprarse una casa abandonada en Escocia y empezar una nueva vida. Al principio todo sale a pedir de boca: están subyugados por el encanto campesino (aunque los indígenas no aparecen por ninguna parte), incluso recuperan el gusto por el sexo asalvajado. Pero al caer la noche, las cosas empiezan a cambiar…

Realmente es sorprendente que un filme tan limitado como éste consiga exportarse mundialmente, se vea en festivales como Fantasporto y ScreamFest (donde consiguió, ¡oh, prodigio!, el premio a la Mejor Fotografía para James Swift, cuando es una de las más zarrapastrosas y pencas que hemos visto en los últimos tiempos) y tenga hasta algunas buenas críticas. Porque en realidad Los intrusos no es sino una actualización, sin las brutalidades atroces de la película norteamericana, de La matanza de Texas (la auténtica, la de 1974, no los diversos plagios, a cual peor, que se han perpetrado después), con su familia de babiecas que atacan, sin un motivo demasiado claro, a los tortolitos que osan hollar sus propiedades, o las que consideran como tales. Aquí, afortunadamente, se nos ahorra la sierra mecánica, y la temible máscara de Leatherface es sustituida por cabezas de goma de muñeco embutidas en las testas de los mamelucos que acosan a los protagonistas.

La puesta en escena es pedestre, el guión, de primero de Escuela de Cine (sección suspensos), la interpretación, de pena, con una pareja sin química alguna y con una muy limitada capacidad actoral. El director, Simeon Halligan, que más bien debería ser “hooligan”, por lo cafre, procede del departamento de arte (quién lo diría…), habiéndose pasado hace algunos años a la dirección, con escaso éxito, a lo que se ve. Está tan fascinado por el cine de terror que hasta ha creado en su tierra, Manchester, un festival “ad hoc”, el GrimmFest, que se celebra en octubre de cada año.

Su interés por el género es evidente; otra cosa es que ello dé como resultado algo positivo. Filmes como Los intrusos parecen evidenciar que Halligan no ha sido llamado, precisamente, por el camino de los eximios del cine. El cine independiente está muy bien, y cuenta siempre con nuestro aplauso, menos cuando lo que se nos quiere colar de rondón es, como en este caso, una tontería enmarcada en (falsas) lecturas políticas y con tributos (que más bien son plagios camuflados) a filmes de culto del género, un terror (figuradamente) vestido de kilt.


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79'

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Los intrusos - by , Oct 18, 2016
1 / 5 stars
El terror viste (figuradamente) de kilt