Película: Lucy

Luc Besson es un guionista y productor galo que suele apostar por el cine de espectáculo, cosa perfectamente lícita, y que se arroga el papel de director en temas que le interesan especialmente, dejando en manos de otros realizadores asuntos o historias para él de menor fuste; véase el caso de la serie cinematográfica (a no confundir con la televisiva, aunque tengan el mismo origen) denominada genéricamente Transporter. Como director se reserva temas grandes, como la santa francesa por antonomasia, en Juana de Arco, o la ciencia ficción futurista de la estirpe (o al menos pretende serlo) de Blade runner, en El quinto elemento; también las aventuras protoecologistas de El gran azul, o el cine negro entreverado entre el género USA y el “polar” francés, en El profesional (León).


En el caso de esta Lucy parece evidente que el tema le ha atraído hasta el punto de tomar la batuta de nuevo y poner en escena como director su propio guión, sobre una chica norteamericana que reside en Taiwán y que, por un quítame allá esas pajas (un novio poco legal que se revela como un redomado cabrón), se ve envuelta en un sucio trabajo de mula a la fuerza, debiendo trasladar a Europa en su intestino una apreciable cantidad de una nueva droga de desconocidos efectos. Cuando resulta pateada por el descerebrado de turno y la droga se vierte en su interior, la joven comienza a sentir un desaforado incremento de su coeficiente intelectual, a resultas de empezar a utilizar, in crescendo, más del 10% de su capacidad cerebral, porcentaje que se da como válido en los seres humanos.


El tema, entonces, es especular sobre qué pasaría si un ser humano pudiera incrementar ese porcentaje de disposición de su masa cerebral, tema que, está claro, ha subyugado a Besson hasta hacerle escribir el guión y poner él mismo en imágenes este costeado thriller que, sin embargo, y debemos decirlo ya, no se ha cobrado la pieza a cazar, que se le ha escapado viva, y el tema, sin duda tan interesante, se despacha con varias escenas de acción en las que la protagonista usa sus nuevos poderes, pero en los que realmente no se profundiza ni se presenta de forma estimulante: a lo máximo a lo que llegamos (con ser, teóricamente, mucho) es a poder modificar el tiempo y dar marcha atrás al reloj de los acontecimientos, pero eso se ha visto ya hasta la saciedad en el cine de ciencia ficción, con los sucesos de la Tierra vistos en modo “rewind” a gran velocidad, y nada nos dice a estas alturas ese recurso. Que al final de ese rebobinado la protagonista llegue a un entorno que recuerda el majestuoso comienzo de 2001, una odisea del espacio, lo dejaremos como un tributo y no como otra cosa con un nombre más feo…


Besson debería haberse dado cuenta ya de que no toda película en la que él ande metido tiene que tener una persecución en coche a toda costa; me parece que, salvo en Juana de Arco (y ello por razones obvias…), raro es el filme que él ha producido, escrito o dirigido que no tenga una de estas escenas, tan espectaculares como además, en este caso, gratuitas, porque los nuevos poderes de la protagonista le podrían haber ahorrado tan enojoso trance y haber utilizado sus facultades cuasi taumatúrgicas para, por ejemplo, hacer volar el coche en el que se desplazan, o, dando un paso más en sus ilimitadas capacidades, proceder a una teletransportación en la mejor tradición de Star Trek.


El personaje de Morgan Freeman (un actor siempre impecable, siempre espléndido) pone el punto cientifista sobre el tema, hablando de lo que podría hacer un ser humano que tuviera la facultad de desarrollar el 100% de su cerebro. Lástima que después Besson no esté a esa altura y no sea capaz de darnos con verosimilitud un relato en el que la protagonista transmita la sensación de omnipotencia que parece desprenderse de cuanto sobre el tema se nos cuenta: el dominio sobre el propio cuerpo, sobre el espacio electromagnético, sobre la materia misma, incluso sobre el tiempo, sobre el universo mundo, apenas está esbozado y presentado en momentos de pirotecnia para que los chicos de los F/X se luzcan, pero sin llegar más allá, sin producir auténtica sensación de que, efectivamente, un ser humano que llegara a utilizar su cerebro por encima del misérrimo 10% que actualmente usamos sería un semidios, cuando no un dios con todos sus avíos.


Scarlett Johannson pone cara de estar de vuelta de todo, aunque ciertamente no tenía muchas referencias para su personaje; mejor, como queda dicho, el gran Freeman. Entre los personajes secundarios nos quedamos con el egipcio Amr Waked, al parecer ya definitivamente instalado en Occidente tras sus papeles en filmes como Syriana y La pesca de salmón en Yemen.


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89'

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Lucy - by , Aug 29, 2014
1 / 5 stars
100%