Película: Macbeth

Las tres adaptaciones más memorables que sobre Macbeth se habían hecho hasta ahora se puede considerar que son, sin mucho problema, la de Orson Welles de 1948, la de Akira Kurosawa de 1957 (con el título de Trono de sangre) y la de Roman Polanski de 1971. Se puede decir sin caer en la blasfemia que esta nueva versión de Justin Kurzel se une a ese privilegiado grupo de adaptaciones de la obra shakespeareana, además con su propia personalidad, como ocurría con las tres cintas citadas. Welles hizo en su Macbeth un prodigio cinematográfico, rodando con tres perras gordas, cuatro decorados teatrales y chapuceras vestimentas (lo que pudo conseguir en una época en la que estaba tieso como una regla) una prodigiosa película que se concentraba sobre sí misma, era Shakespeare quintaesenciado, cine purísimo, a pesar de ser la versión teóricamente más teatralizante. Por el contrario, la versión de Kurosawa era ciento por ciento nipona, una traslación de la tragedia sobre la ambición de poder, ambientada geográfica pero también socialmente en el airado Japón de los samuráis. Por su parte, la de Polanski era más europea, inglesa más que escocesa, más neutra que las otras.

El australiano Kurziel opta, con buen criterio, por ambientar el drama del noble escocés en su tierra aborigen, la irredenta Escocia de tiempos anteriores a su anexión al Reino Unido. Los bellísimos paisajes escotos aportan una fisicidad poco común, una rara sensación telúrica para una tragedia que es, sin duda, la más primordial, primitiva, primigenia, de las escritas por el vate de Stratdford-upon-Avon. Kurziel lo remarca utilizando varios actores escoceses y situando los interiores de la historia en monumentos de la tierra de Walter Scott, consiguiendo con ello que ésta sea, sin duda, la versión escocesa de la tragedia shakespeareana.

Pero aparte de esa identificación con la tierra de los antiguos escotos, el director australiano dota a su filme de una potente fuerza visual, en escenas de guerra que quitan la respiración (con lo que hemos visto ya en ese aspecto), incluso jugando con la imagen para darle a las batallas la sensación de atemporalidad, de irrealidad, que seguramente viven los que en ellas se sienten (velis nolis) inmersos.

Lástima que pasados los dos primeros tercios la narración, hasta entonces poderosísima, decaiga algo. Ello no obsta para que el conjunto sea de altísimo nivel, una obra en la que el verbo de Shakespeare brilla con todo su esplendor, donde el drama sobre la atracción del poder, sobre la tentación de poner al Hado de su parte, fascina con su prodigiosa arquitectura.

Algunas aportaciones visuales de notable poesía, como el bosque que ataca la fortaleza, dado aquí con las volátiles astillas incandescentes de los árboles quemados que asuelan el castillo, completan una obra notabilísima, que confirma el talento de un todavía incipiente director, que sólo había hecho hasta ahora otro largo, Snowtown (2011), que ciertamente había llamado ya la atención, aunque no de la admirable forma que lo hace en éste.

Michael Fassbender es un portentoso Macbeth. En su boca resultan creíbles los versos de la tragedia, confirmando que, como ya sabíamos, además de actor de cine comercial al uso, es también un notabilísimo intérprete dramático. Sin embargo, Marion Cotillard, que hace un trabajo encomiable, resulta un error de casting: demasiada dulzura de una mujer que, aunque lo intente, no consigue llegar a la dureza, a la crueldad absoluta, inmisericorde, de la esposa que azuza a su marido contra toda justicia, procurando a toda costa el poder que, como el vino, embriaga sin remedio.


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113'

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Macbeth - by , Jan 06, 2016
4 / 5 stars
La versión escocesa