Película: Mad Max: Furia en la carretera

En 1979 el cine australiano, hasta entonces prácticamente inédito en España y en Europa en general, se da a conocer con una potente tarjeta de presentación: Mad Max. Salvajes de autopista nos presenta un incierto futuro apocalíptico en el que el Estado va cediendo su posición de garante de la legalidad en beneficio de bandas de violencia exacerbada, y en la que un policía se convertirá en justiciero para vengar la afrenta familiar sufrida. Rodada con un estilazo, la película de George Miller descubrió no sólo a un cineasta con una notable capacidad creativa (incluidas algunas elipsis deslumbrantes), sino también un cine pujante y variopinto, el australiano, que desde entonces es relativamente normal ver en nuestras pantallas.

Mad Max, el guerrero de la carretera (1981) confirmó e incluso aumentó el crédito de Miller, en una historia ya plenamente apocalíptica, que acuñó una estética post-punk para los personajes que causó furor, y en la que la gasolina se convierte en el (literalmente) oro líquido de la época. La tercera entrega de la serie, Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno (1985), resultó ser bastante inferior, y su escasa repercusión dio por finiquitada (entonces parecía que definitivamente) la saga del Loco Max.

Pero como el cine está cada vez más falto de ideas, y además parece que en la vida y peripecia de aquel que fuera policía y que terminó de guerrero de la carretera había más historias por contar, George Miller recupera el personaje treinta años después de dejarlo, aunque el aspecto del héroe es de continuidad con respecto a la última aventura contada. Eso sí, como Mel Gibson ya no está para estos trotes (y además cobraría una pasta inmensa), Miller, con buen criterio, ha optado por uno de los nuevos y ya contrastados valores del cine anglosajón, Tom Hardy, tan dúctil como para hacer el temible villano de El Caballero Oscuro: La leyenda renace, pero también el estólido que lo es bastante menos de lo que parece en La entrega. Aquí parece que el papel más cercano sería el del filme de Nolan, pues el Max de esta cuarta entrega tiene graves problemas psicológicos, derivados de complejos de culpa de sus anteriores peripecias, convertido entonces en un hombre (teóricamente) sin piedad que busca sólo su propia supervivencia, aunque el devenir de los hechos en los que nuevamente se ve involucrado le hará recapacitar y ser de nuevo el ser humano que alguna vez fue, cuando la civilización era algo más que una hueca palabra vacía de contenido.

El talentoso cineasta andaluz José F. Ortuño publicó en su cuenta de Facebook un post que decía: “--Disculpe, ¿la mejor escuela para estudiar montaje?” Y el interpelado contestaba: “--Ésta:”, y seguidamente aparecía el cartel de Mad Max: Furia en la carretera. Y lo cierto es que Ortuño tiene toda la razón del mundo. El cuarto episodio de la saga del Loco Max es un prodigio de montaje. Orson Welles decía que el cine era fundamentalmente montaje, y que las películas no se hacían durante el rodaje, sino en la sala de montaje. Pues con Mad Max 4 (usaremos el numeral para abreviar) pasa algo así. Es verdad que de historia anda cortita, y que los escasos jirones argumentales que vemos no aportan gran cosa a la peripecia central; pero qué más da, si asistimos a dos horas de incansable acción, de escenas filmadas al límite, además huyendo de los efectos digitales (que más de uno hay, de todas formas…), y buscando, por el contrario, la verosimilitud, esa virtud sacrificada tantas veces en los últimos tiempos en el ara de los F/X infográficos, que permiten filmar tantos imposibles que terminan no siendo creíbles. Por el contrario, en Mad Max 4 todo es creíble, aún a sabiendas de que se trata de un gigantesco espectáculo coreográfico donde los especialistas, los técnicos en efectos especiales y los coordinadores de todo este inmenso tinglado se han tenido que batir bravamente para conseguir este extraordinario castillo de fuegos artificiales, este entretenimiento elevado a la máxima potencia, este portentoso alarde de capacidad cinematográfica.

Qué más da, digo/decía (Umbral, siempre Umbral) que la historia sea cortita con sifón, que los que no vieron Mad Max 3 (o sea, casi todo el mundo, menos los viejos como el que escribe y los de su quinta o anteriores) no tengan ni idea de a qué vienen las pesadillas recurrentes, las alucinaciones que sufre Max Rockatansky, o no sepan por qué el mundo ha llegado a ese estado de permanente apocalipsis, donde la razón ha desaparecido, siendo sustituida por la ley del más fuerte. Qué más da, si las dos horas de metraje son un fastuoso espectáculo con un ritmo impresionante y un montaje antológico.

Pero es que incluso con lo cortita que es la peripecia argumental, aún se permite George Miller, como director y coguionista, algunas perlas de interés, como la redención del villano, hecha con una sensibilidad excepcional en quien demuestra durante el resto del metraje una rara capacidad para estimular desaforadamente la adrenalina, cuando no la testosterona; la metáfora sobre los terroristas suicidas, tan de actualidad en estos tiempos en los que pobres infelices se pasaportan al otro mundo (y con ellos a un buen puñado de inocentes) en la fatua creencia de que así ganarán el cielo, y no el infierno, como les corresponde; la actualización de mitologías en desuso, como la nórdica, al presentar el escandinavo Valhalla de Odín como el paraíso al que irán los mártires que se inmolen por la causa del sátrapa de turno.

Entre los intérpretes me quedo, desde luego, con el formidable papel de Charlize Theron, una Imperator Furiosa ciertamente furiosa (déjenme jugar casi al calambur con el nombre propio y el adjetivo…), una manca que no es precisamente manca (seguimos…) cuando se trata de entrar en acción, un inolvidable rol por el que más de una actriz hubiera matado. Tom Hardy está también magnífico, un interiorizado Max que nos gusta incluso más que el antiguo, porque Gibson siempre resulta superficial, mientras que Hardy parece tener siempre trastienda. Entre los secundarios me quedo con Nicholas Hoult, que compone uno de los personajes más interesantes, el gregario que busca desesperadamente el sacrificio en pos de la causa, a lo que no renunciará aunque por el camino, ¡ay!, cambie el motivo de su inmolación…


 


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120'

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Mad Max: Furia en la carretera - by , May 24, 2015
4 / 5 stars
Extraordinario castillo de fuegos artificiales