Película: Magical girl

Para quienes crean que el talento en cine se está agostando, encenagado cada vez más en remix, remakes, secuelas, copias y plagios varios, aquí está  Carlos Vermut, nuevo en esta plaza, que con sólo dos largometrajes y tres cortos, está demostrando que el cine no sólo no se muere, sino que presenta (este sí) vigorosos brotes verdes.


Con sólo un largometraje anterior, Diamond Flash, estrenado directamente en Internet (con notable éxito, por cierto, bien que en la morigerada dimensión en que las plataformas de pago en España son un “éxito”), Carlos Vermut emerge como un nuevo y ya firme valor del cine español. Magical girl, flamante (y tan merecida) ganadora de la Concha de Oro y del Premio al Mejor Director en el Festival de Cine de San Sebastián, es un notable ejercicio que reescribe con soltura los temas y estilos del melodrama y del thriller, en una clave de una modernidad como sólo sería imaginable en estos procelosos años diez del siglo XXI.


Un (recién) parado en la España de la crisis de 2013-14 (por citar sólo los dos años más duros de la misma); una hija adolescente con leucemia terminal y un deseo enfebrecido (como sólo pueden profesar los muy jóvenes o los muy enfermos) por vestir el diseño incunable de una serie manga que cuesta un potosí; una mujer con un turbulento pasado que parece vivir una segunda oportunidad, con un marido rico y psiquiatra, por este orden; un pacífico profesor jubilado al que una borrascosa acción del pasado, relacionado con la bella casada con el marido loquero, tiene confinado en una prisión, de la que habrá de salir, aunque no quiere volver a toparse con aquella que le arruinó la vida.


Todos esos mimbres, adecuadamente trenzados, van desarrollando una historia en varias líneas argumentales, que se segmentan, interseccionan, que a veces son tangentes y otras secantes, que cuadran admirablemente en una historia sin apenas fisuras. Y lo que es mejor, Carlos Vermut, guionista y director, nos lo cuenta de la forma más cinematográfica posible: escasean los diálogos, mientras que las imágenes, modestas en su falta de medios pero tan creativas, proponen una historia contada con pocas palabras y muchas, muchas buenas ideas. Vermut se revela pronto como un (bendito) obseso de las elipsis, esa figura cinematográfica (también literaria, por supuesto) que nos hurta algo para que su ausencia tenga mucha más fuerza que su pura plasmación en pantalla.


Trufada de extraordinarias elipsis, la que más me fascina es la de la bella entrando en la ominosa habitación tras la puerta del lagarto oscuro, una insondable premonición de oscuros placeres y sevicias BDSM, una intuición de un lugar donde todo dolor es posible, donde todo está permitido para proporcionar un perverso placer a unos y un inagotable sufrimiento a otra.


Tan importante es la presencia de la imagen, y su ausencia por elipsis, que a veces las palabras lastran el tono tenso e intenso de Magical girl. De hecho, sus momentos más débiles coinciden con algunas digresiones que sobran, como la declamación del melifluo tullido proxeneta sobre razón y emoción, sobre norte y sur, momentos antes de que la protagonista inicie su particular “descensus ad inferos”.


La última media hora es portentosa, un finísimo trenzado de mentiras, medias verdades, verdades enteras, que se cruzan y entrecruzan, abocando a los protagonistas a una espiral de violencia y muerte.


Con personajes al mismo tiempo irreales y verdaderos, a la vez cinematográficos y realistas, esta historia resulta ser también igualmente naturalista y surrealista: la vida de tres personas, los tres personajes principales, que habrán de cambiar sustancialmente sus existencias por eso que llaman azar, carambola, quizá hado. El hombre bueno que sin embargo conocerá qué cerca está la abyección de la abnegación. La mujer fatal que quiere olvidar lo que fue pero a la que el pasado se le presenta como una recidiva insuperable. El matemático que idolatraba el dos más dos, pero al que el destino deparará, ya en la senectud, una vertiginosa cascada de acontecimientos.


Chapó para los intérpretes: que José Sacristán esté soberbio no es nada nuevo; aquí consigue un nuevo personaje lleno de matices, el hombre sobrepasado por una historia incógnita que deberá afrontar de nuevo un presente horrísono. Bárbara Lennie está excelente en su difícil papel, la mujer que se verá abocada a las más terribles sevicias a las que el ser humano es capaz de llegar, para intentar preservar su delicado equilibrio actual. Luis Bermejo, por fin, será la bonhomía arrasada por un último acto de entrega total absoluta, con una coda monstruosa.


Mención aparte para la (falsa) música incidental, que juega un papel relevante en escenas como la del parsimonioso ritual con el que el profesor jubilado procede a vestirse, con la voz telúrica, inmortal de Manolo Caracol cantando La niña de fuego, mientras el hombre que sabe lo que ha de hacer se prepara, se pertrecha para la escena (casi) final.


Ave, Salve, Carlos Vermut, bienvenido al mundo del cine español, que tan falto está de genuinos talentos. Tu intuición cinematográfica, tu buen pulso como guionista, tus acertadas decisiones con la cámara, con el ritmo narrativo, con la dirección de actores, nos hacen presagiar que, si no te malogras, puedes darnos muchas horas de magnífico cine.


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127'

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Magical girl - by , Oct 27, 2014
4 / 5 stars
La puerta del lagarto negro