Película: Mary Poppins

Hay películas que están grabadas a fuego en nuestro imaginario, especialmente si las contemplamos por primera vez en nuestra infancia. Mary Poppins es una de ellas, una de esas películas que todo el mundo ha visto, que todo el mundo ha tarareado, cuyo imposible supercalifragilísticoespialidoso es el único trabalenguas que todos, alguna vez, hemos deletreado a velocidad pasmosa y sin equivocarnos. Estamos, entonces, ante un filme “de culto”, uno de esos filmes sobre los que parece difícil añadir algo más.

Diremos ya que Mary Poppins ha envejecido regular: no es que quede tan “kitsch” como Sonrisas y lágrimas (también con Julie Andrews, por cierto), pero sí es verdad que el propio concepto de musical del filme hoy día resulta poco menos que del pleistoceno. Después de la revolución que supuso en el musical el cine de Bob Fosse, con películas como Cabaret y All that jazz, en el que se dinamitaba literalmente el concepto de cuarta pared, tan teatral, que fue una de las señas de identidad del musical de los años treinta a sesenta, cualquier filme en el que volvamos a ver a los bailarines y cantantes tan peripuestos de cara a esa cuarta pared, como si estuvieran en las tablas de un escenario, nos chirría.

Pero, como es lógico, las obras cinematográficas, como cualesquiera otras, han de situarse en su contexto, y el de Mary Poppins era el de mediados de los años sesenta, en un país que comenzaba a expresar su rechazo hacia la Guerra del Vietnam, ya zarandeado por los nuevos vientos del rock de Elvis, del pop de los Beatles, de la contestación de Berkeley. En ese contexto, el muy conservador Walt Disney apostaba todavía por los valores seguros: parodia de la familia tradicional, pero para reafirmarla; rebeldía pero dentro de un orden, de gente que vuela y tal, como para no darles demasiada seriedad; musical a la antigua usanza, como si estuviéramos todavía en la época de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Desde luego, si hay corrosividad en Mary Poppins, que la hay, proviene del texto original de la escritora australiana P.L. Travers (cuya azarosas peripecias hasta conceder permisos para la adaptación se reflejan en el filme Al encuentro de Mr. Banks, de John Lee Hancock, rodado casi medio siglo después). Teniendo en cuenta la estricta vigilancia que la novelista dispensó al proceso de escritura del guión, podemos dar por sentado que el resultado se corresponde, razonablemente, con sus intenciones.

Pero, al final, lo que queda cuando se contempla el filme es una evidente “joie de vivre”, una alegría de vivir contagiosa, con sus frenéticos números bailables (aunque sean tan antiguos como los Picapiedra), en buena medida por la siempre desbordante personalidad de un Dick Van Dyke que el cine no supo aprovechar adecuadamente. Por supuesto, la película no sería la misma sin Julie Andrews, que encarna a la perfección la mezcla de conservadurismo y suave aggiornamento que constituye la base sobre la que se cimenta el filme. El director, Robert Stevenson, hombre fiel de la casa Disney, se limita a poner su buen oficio, lo que, unido a la peculiaridad de la historia original, hace que la película sea uno de esos filmes que todos recordamos, por mucho tiempo que pase.


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Duración

139'

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Mary Poppins - by , Jul 23, 2016
3 / 5 stars
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