Película: Mentiras y gordas

Pertenezco a una generación que vio en pantalla grande a John Wayne, aunque no a Marilyn ni a Bogart. Quiero decir que no tengo treinta años, aunque tampoco setenta. Sin embargo, no comparto cierta tendencia de la mayoría de mis colegas de la crítica de mi edad, que suelen denostar el cine hodierno con y para jóvenes, o el cine moderno que busca nuevas fórmulas de lenguaje, como el videojuego, porque está claro que cada generación ha de buscar sus formas de comunicación y de expresión artística, y el cine no murió con Welles ni con Chaplin.


Nos gustará más o menos, pero el Cine (usémos ya las mayúsculas que corresponden), como la Historia (¡ay, Fukuyama, qué gran ocasión perdiste de quedarte callado!), no ha terminado. Dicho lo cual, habrá que decir enseguida que no será con filmes como este Mentiras y gordas con los que el cine actual se hará con un hueco en futuras historias del cine.


Estamos ante una operación de “marketing” tan evidente que llama la atención el “rostro” que le han echado a la cosa sus fautores: se toma una especie de “brat pack” o hatajo de mocosos (ya sé que la diferencia con los Cruise, Lowe, Macchio, Dillon, Swayze, Lane, Estévez, Howell… de Rebeldes, de Coppola, es abismal, pero sirve para entendernos), fogueado en populares series televisivas (Ana de Armas en El internado, Mario Casas en Los hombres de Paco, Maxi Iglesias en Física o Química, y así “ad nauseam”); se escribe un guión en el que los alucinógenos son unos personajes más, y prácticamente no hay plano en el que alguno de los protagonistas no se meta una raya, o tome un “éxtasis”o “speed”, o inhale “poppers”; igualmente, con una regularidad que parece marcada por un metrónomo, cada cuarto de hora tenemos un polvo, con toda las variedades posibles: chico-chica, chica-chica, chico-chico, con muchos centímetros de piel sudorosa y muchas “cabezas folladoras”, como jocosamente motejaban esos planos Vicente Aranda y Victoria Abril.


Se entrelazan cinco historias, siempre con jóvenes adolescentes (menos un par de treintañeros, como Hugo Silva), con estereotipos trillados como la gorda por hambre compulsiva, el alcohólico medio tarado, el drogueta frustrado, la camella que lo quiere dejar… una retahíla de desechos humanos, si no fuera porque están interpretados por una buena panda de yogurines, bollycaos y “beefcakes”, efímeros ídolos del acné que abarrota las salas, objetivo primero y último de éste a modo de filme, que David Menkes y Alfonso Albacete sirven con sus habituales (y tan morigeradas…) virtudes: gusto por la provocación gratuita, impersonalidad, plana artesanía.


Claro que, pensándolo bien, este tipo de productos también han de existir: con frecuencia hemos escrito que el cine español ha de ser una mezcla de industria y cultura, y que es necesario que algunos filmes rompan las taquillas para que otros puedan indagar, innovar, buscar caminos. Si es así, lo daremos por bueno. Porque lo que es como cine-cine, esto es más bien una mierda-mierda.


 


Género

Nacionalidad

Duración

105'

Año de producción

Mentiras y gordas - by , Jan 02, 2017
1 / 5 stars
Operación de marketing