Película: Mi gran noche

En contra del criterio generalizado de mis colegas de la crítica, creo que Mi gran noche no desmerece en absoluto de los mejores filmes de Alex de la Iglesia, de El día de la bestia a Las brujas de Zugarramurdi, pasando por La comunidad. Su nueva película es una astracanada que bebe evidentemente en Berlanga y Azcona, y el resultado no les desmerece. No sería ocioso imaginar qué hubiera hecho aquella extraña pareja si, por mor de la criogenización disneyana o del viaje en el tiempo que imaginó H.G. Wells, se hubieran encontrado en nuestra época con cuarenta o cincuenta años de edad: el resultado no hubiera sido muy distinto a éste si el reto fuera poner en solfa la televisión que nos asuela.

Varios meses antes de fin de año se graba en un canal de Mediafrost (con ese nombre, ¿quién puede estar detrás? ¿El Mediaset de TeleCinco, quizá?) la fiesta de Año Nuevo del 2016. En el transcurso de la misma un gruísta despistado deja caer involuntariamente la plataforma de la cámara encima de uno de los figurantes, por lo que la dirección tira del siguiente en la lista, que resulta ser un pobre infeliz al que le tocaba quedarse esa noche con su madre, en el toma y daca filial tan habitual hogaño con los progenitores ancianos. Lo sientan en la mesa del occiso, donde también está una real hembra a la que parece que el pánfilo le hace tilín: ¿puede ser que tenga tanta suerte? Paralelamente, tendremos la historia del intento de parricidio del hijo del cantante Alphonso (trasunto de Raphael, lógicamente), la jugarreta de la pelandusca de turno que busca inseminarse con el esperma del cantante adolescente de moda esa semana, previamente obtenido gracias a sus notables dotes orales (ejem…), los rifirrafes entre los presentadores de la gala, un matrimonio que se lleva peor que fatal, y los efectos de la manifestación de centenares de empleados de TeleCinco (uy, perdón, de Mediafrost…) que protestan en el exterior del plató de rodaje del programa.

Un batiburrillo que, ciertamente, puede parecer embarullado, pero en ningún momento lo es. El guión de De la Iglesia y su habitual cuate Jorge Guerricaechevarría mezcla con habilidad las distintas líneas argumentales, de tal forma que a veces se entrecruzan, otras van por libre, en todo momento resultan coherentes y verosímiles dentro de lo disparatado del envite. Es verdad que no todas tienen el mismo nivel, y así la de la pareja de presentadores permanentemente enfrentados a pesar de compartir anillos de desposados resulta ser flojita, como repetitiva, como si ya se la hubiéramos visto a Alex en Muertos de risa, aunque allí la pareja era del mismo sexo y no practicaban (que se sepa…) ídem entre ellos. Pero la historia del bombonazo gafe, o la de la pedorra descerebrada queriendo pegar el pelotazo vía embarazarse del mito del momento (otro con menos seso que un mosquito) tienen su punto, están razonablemente enhebrados y resultan atractivas.

Con un ritmo narrativo notabilísimo, buenos números musicales y la presencia siempre magnética de Raphael, que ha consentido en prácticamente autobiografiarse (y no sale bien parado: según el filme, sería un ser despreciablemente ególatra, un tipo ruin, miserable, alguien sin el que el género humano sería algo mejor), Mi gran noche termina siendo una comedia negra, por no decir negrísima, una radiografía agria sobre la España de mediados de los años diez del siglo XXI, y en especial del mundo que rodea las bambalinas de las televisiones comerciales, donde todo es oropel, donde los figurantes ríen o aplauden al son de encanallados regidores, en condiciones de semiesclavitud, donde el trabajador pende permanentemente de un hilo en la estabilidad de su empleo, donde la fama consiste en haberse dado un revolcón (o haberle hecho un Lewinsky, en su caso) con el ídolo de adolescentes del momento.

Una España siniestra, un ácido retrato en sepia con tendencia a virar al negro, vestido con los ropajes del oropel, del cartón-piedra, de la música a toda pastilla y de coreografías de cuerpos aerodinámicos imposibles, en un filme que no sería el mismo sin un gran reparto (coral, como casi todos los de Alex), encabezado por un Raphael eximio, además de guapos reguapos que sin embargo se ponen en las manos de De la Iglesia aunque sea para salir feos, o deslucidos, o directamente botarates, como ocurre con Hugo Silva, Carolina Bang y Mario Casas, o un Pepón Nieto que, sin embargo, últimamente está demasiado encasillado en el mismo papel de Juan Nadie, que repite filme tras filme, serie tras serie (a lo mejor es que no le ofrecen otra cosa al hombre…). Mención especial, por supuesto, para algunas de las viejas glorias habituales en el cine de Alex de la Iglesia, como Terele Pávez o Enrique Villén, convertidos ya en “freaks” marca de la casa.


Mi gran noche - by , Nov 01, 2015
3 / 5 stars
Donde todo es oropel