Película: No La Historia reciente de Hispanoamérica está plagada de cosas que contar en cine: durante los años sesenta, setenta y parte de los ochenta las dictaduras militares se adueñaron de aquella sufrida región del mundo, con la que los españoles tenemos tanto en común, empezando por la lengua. Los procesos de transición a las respectivas democracias que afortunadamente hoy es la norma en la zona (hagamos abstracción de la autarquía cubana, la excepción que confirma la regla) son también carne de gran pantalla, o incluso pequeña. Algunas cinematografías autóctonas, como la argentina, han hecho de su Historia reciente un filón temático: la dictadura de (consecutivamente) Videla, Viola y Galtieri (con el estrambote de Brignone, que sería algo así como nuestro general Berenguer, el de la “dictablanda” tras la Dictadura de Primo de Rivera), la guerra de las Malvinas, los desaparecidos… Otras, como la chilena, quizá no se hayan explayado aún suficientemente sobre uno de los más negros períodos históricos de la nación (al menos desde el punto de los derechos humanos, aunque económicamente el país prosperó), la dictadura del general Augusto Pinochet, entre los años 1973 y 1990, tras un crudelísimo golpe de Estado contra el régimen constitucional de Salvador Allende, que fue asesinado por el Ejército en el asedio a la Casa de la Moneda, el palacio presidencial chileno.

Esa ominosa etapa terminó de forma imprevista, en una de esas piruetas que rara vez se da en la Historia: el presidente Pinochet, obligado por la Constitución que su propio régimen aprobó, se sometió a un plebiscito en 1988; como es obvio, la dictadura contaba con su omnímodo poder de represión, con todos los medios de comunicación afectos o directamente secuestrados en sus líneas editoriales, con un Ejército y una Policía Secreta, la temible DINA, que hacía que el ciudadano temblara si pretendía demostrar cualquier tipo de discrepancia con la línea oficialista.

Sin embargo, contra toda esperanza, la llamada Concertación Nacional por el No, alianza de partidos democráticos que se conjuraron para intentar aprovechar aquel resquicio de democracia que se abría con el plebiscito, organizaron una inteligente campaña televisiva, dirigida por un creativo exiliado regresado recién a su país, que a su vez trabajaba para una agencia publicitaria afín al régimen, en una dualidad un tanto esquizofrénica que inevitablemente le pasó factura.

No cuenta esa historia, la de un grupo de gente atemorizada que supo sobreponerse a un miedo atávico, el de saber que toda disidencia bajo aquel régimen felón podía ser pagada con la muerte, a la que probablemente se llegara tras mucho sufrimiento. Los distintos avatares de aquella campaña electoral singularísima, con las zancadillas que el Poder tendió constantemente, desde espionaje hasta coacción pura y dura, e incluso represión física cuando el inminente resultado era más incierto, suponen el meollo, la almendra de este interesante y a ratos incluso estimulante filme. Pablo Larraín, que ya cuenta en su haber con algunos títulos interesantes, como Post Mortem o Tony Manero, opta aquí por dar un tratamiento formal como de documental, con una caligrafía descuidada que le lleva incluso en varias ocasiones a filmar a contraluz, con el sol de frente, en una suerte de desaliño que busca dar una pátina como de verismo a aquellas semanas vibrantes que cambiaron el curso de la Historia de Chile. Quizá ese voluntario feísmo no hubiera sido necesario para reflejar aquellas angustiosas jornadas en las que pareció que, de nuevo, el Poder torcería el brazo del Pueblo, sin contar con que una concatenación de circunstancias, en especial aquella brillante e imaginativa campaña televisiva, podría dar al traste con la intención del régimen pinochetista de perpetuarse indefinidamente.

Otras historias de la Historia, en Chile o Bolivia, en Brasil o en Panamá, no digamos en Venezuela, entre otros muchos países de la zona, están pendientes de ser contadas. Ahí hay un venero riquísimo en el que pueden beber sin recato los cineastas aborígenes.

Gael García Bernal saca adelante su papel con soltura. Solventa su falta de acento chileno con la excusa de los ocho años pasados en el exilio, si bien es cierto que ello no era relevante. Del resto del reparto me quedo con Alfredo Castro, que compone un personaje poliédrico, un afecto al régimen con matices, confirmando que las cosas no suelen ser blancas o negras, y que con demasiada frecuencia, al margen de etiquetas, la paleta de colores del cine, de la vida, es mucho más rica.

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117'

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No - by , Feb 13, 2013
3 / 5 stars
Contra toda esperanza