Película: Nunca digas su nombre

Por lo general, el cine de terror actual (vale, desde hace cuarenta años) cimenta sus intentos de horrorizar en varios recursos a cual más infecto y mostrenco: el susto repentino es uno de ellos, y la tentación por el “gore” es otro, con evisceraciones y surtido de higadillos variados. Es mucho menos frecuente que el genuino escalofrío, el pellizco en el estómago, el creciente desasosiego que debería ser la carta de presentación del terror, sean las bazas que juegue una producción de este género.

Por eso sorprende que esta película de serie B, un terror de andar por casa, de los que podríamos llamar “indie”, si esa etiqueta valiera también para el cine de género, utilice más estos últimos recursos que los elementales que están ya tan sobados, a pesar de lo cual (siempre tiene que haber un “a pesar de lo cual…”) no puede resistirse a darnos, de vez en cuando, algún sustillo de los tópicos a los que, según parece, no hay forma de sustraerse.

Una universidad en Ohio. Una parejita, y el amigo del varón, alquilan una casa cerca del campus universitario. Pero en la casa empiezan a suceder cosas extrañas: aparecen monedas que no estaban ahí, las puertas se cierran sin que nadie lo haga (ni haya corriente de aire, se entiende…), y en uno de los muebles aparece escrita una extraña retahíla de imperativos, que repite, “ad nauseam”, las expresiones, “no lo pienses, no lo digas”.

En contra de la generalizada opinión crítica, mantengo el criterio que, sin ser ninguna maravilla (que no lo es, ni mucho menos), Nunca digas su nombre tiene algunos elementos que la hacen distinguirse de la general superficialidad del género de terror hodierno: lo fundamental, a mi entender, es su intención (y, lo que es mejor, su consecución) de crear una atmósfera de intriga, que va derivando hacia el terror, jugando bazas como los encuadres, la música, el mero plano sostenido, el progresivo descubrimiento del nombre que no puede ser repetido. Juega también con inteligencia con el flash-back que abre el filme, y cuya continuación volveremos a ver a lo largo del filme, y que sitúa la historia en su tema, el de una entidad innombrable cuya mera advocación arrostrará la tragedia ineludible a quien ose pronunciar o haya oído su temible nombre.

De esta forma, el ente “que no puede ser nombrado” (a la manera del Voldemort de la saga Harry Potter, pero en términos adultos, no de cuento para niños y púberes) mostrará su poder de diversa forma con aquellos que han osado mencionarle, desde inopinados gatillazos en los varones hasta el deseo irrefrenable de decir a toda costa la verdad, aunque ello pueda acarrear serios problemas, pasando por alucinaciones que hacen ver lo que no es. Con un interesante guion de Jonathan Penner, marido de la directora, Stacy Title, sobre el relato The bridge to Body Island, contenido en el volumen The President’s Vampire, de Robert Damon Schenck, el filme fluye con facilidad, tornándose cada vez más ominoso y oscuro; al final los autores se permiten alguna trampa en la que el espectador que se cree avisado cae sin remisión. Title tiene una todavía corta carrera como directora, a pesar de que se inició en este oficio hace más de dos décadas; tiene buena mano, de todas formas, para este tipo de cine, en el que se inscribe la mayor parte de su aún escasa filmografía.

El conjunto, sin ser para tirar cohetes, es apañado y agradable (en el sentido que los aficionados al cine de terror damos a esta palabra). Eso sí, los intérpretes son, en general, bastante patosos y poco creíbles, incluida Cressida Bones, ex novia del príncipe Harry de Inglaterra, que no parece haber sido llamada para el arte de Thalia. En papeles fugaces aparecen dos actrices superconocidas, la Carrie-Anne Moss que nos encandiló en Matrix, y, sobre todo, la gran Faye Dunaway, pasados, eso sí, los tiempos espléndidos de Bonnie & Clyde, El caso de Thomas Crown o Chinatown: sic transit gloria mundi



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97'

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Nunca digas su nombre - by , May 13, 2017
2 / 5 stars
No lo pienses, no lo digas…