Película: Ocho apellidos catalanes

La continuación de Ocho apellidos vascos (2014), la película más taquillera de la Historia del Cine Español, con 55 millones de euros recaudados según la página del Ministerio de Cultura, aunque otras fuentes hablan de más de 60 millones, se daba por descontada. Ocho apellidos catalanes es, entonces, la consecuencia lógica de aquel éxito, que no sólo lo fue de público sino incluso, aunque en menor medida (ya se sabe que a la canallesca, no sé por qué, nos dan repelús las películas comerciales…) también de crítica. Lo cierto es que aquel filme, que jugaba a placer con los tópicos de dos zonas bien diferenciadas de España, Andalucía y el País Vasco, juega ahora mezclando clichés de ambas y añadiendo los de Cataluña, con lo que el cóctel podría ser explosivo, sobre todo si se tiene en cuenta el llamado procés que parte de la región catalana tiene en marcha desde hace tiempo, buscando la independencia de su tierra del resto de España. En ese contexto, hacer rechifla del independentismo, pero también de las posturas más recalcitrantes en sentido contrario, podría haber sido una auténtica bomba (no explosiva, en términos literales, pero sí en términos sociológicos). Sin embargo, visto lo visto, la gente está por la labor de reírse de sí misma antes que por montar pollos.

Ésa es, sin duda, la mayor virtud de esta segunda parte que, sin embargo, parece evidente ha perdido frescura. La primera tenía la sencillez del filme moderadamente barato y el disparate del que no se juega gran cosa en el envite. Tras su gigantesco triunfo en taquilla, la segunda es mucho más costeada y además era esperada con muchas expectativas (y más de un cuchillo en la boca, preparado para el apuñalamiento, al grito de “ya lo dije yo: la segunda parte es una bosta de vaca”), así que sus autores, desde los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José, a su director, Emilio Martínez-Lázaro, pasando por sus productoras, la madrileña Lazona y Telecinco Cinema, la rama cinematográfica de Mediaset España (filial de Mediaset, el imperio audiovisual de Berlusconi, no lo olvidemos…), han andado con pies de plomo, sin el desparpajo creativo de la primera parte, y eso, obviamente, se nota.

Pero no soy de los que niegan el pan y la sal a esta segunda parte, como si todo lo que en la primera fue gracia y desternillante oposición de caracteres, de los que surgía con facilidad, con los correspondientes malentendidos, una divertida película, fuera ahora un continuum de desabrimiento. No es eso: es verdad que no se mantiene el mismo tono y, sobre todo, el mismo tempo de diversión, pero, aunque a ráfagas, de nuevo aparece el espíritu esperpéntico, el que se ríe de los tópicos andaluces, vascos y catalanes para hacernos reír de nosotros mismos.

La acción se retoma tras un año de lo sucedido en la primera parte. En ese momento, Rafa, el sevillano, ha dejado a su amada Amaia (parece un retruécano) porque no consigue imaginar una vida alejada de su tierra, teniendo que vivir permanentemente entre las brumas vascongadas, aunque también (y quizá prioritariamente) por el miedo al compromiso tan habitual. Ella, que secretamente le sigue amando, conoce a un hipster catalán, un artista conceptual con un plomazo dado, aficionado a los atuendos imposibles, entre el pijo y el payaso, y ambos deciden casarse. Pero el catalán quiere que su boda sea un a modo de escenificación para que su abuela (a la que le quedan dos Telenotícies, dice) crea que Cataluña finalmente ha conseguido la independencia; entretanto, el padre de Amaia, el arrantzale Koldo, se entera de este futuro matrimonio que no le seduce lo más mínimo, y concibe convencer a Rafa para que entre ambos lo desbaraten…

Ocho apellidos catalanes no tiene la altura de su predecesora, pero resulta graciosa a ratos, y tal y como está el patio, y sobre todo, con el desparpajo con el que habla de temas actuales (el proceso soberanista, por ejemplo, y las supuestas ventajas de una Cataluña independiente, donde no faltaría más que manara la leche y la miel, a la bíblica manera), la convierte en una película necesaria y, por lo que se está viendo en las recaudaciones de taquilla de los primeros días, seguramente en el acontecimiento cinematográfico español del 2015.

Emilio Martínez-Lázaro, como ya hacía en la primera entrega, pone su oficio al servicio de esta comedia disparatada, con apuntes del “grotesque”, sirviendo con buen tino el guión de Cobeaga & San José, esos dos vascos desprejuiciados que son capaces de reírse de sí mismos y, ya de paso, de los tópicos andaluces y catalanes. Entre los intérpretes me quedo con Karra Elejalde y Rosa Maria Sardà, dos viejos y grandes de la actuación en España, que hacen toda una creación. Pero también se confirma la valía de un Dani Rovira que, cuando el guión ayuda (en Ahora o nunca no lo hacía: tenía que estar permanentemente sobreactuado, y eso cansa), funciona razonablemente bien. Del resto me quedaría con la sevillana Belén Cuesta, estupenda en un papel que tiene que ocultar sus verdaderos sentimientos, además de aparentar sucesivamente que es catalana y gallega, lo que viene a ser lo más cercano a la cuadratura del círculo…

Hablando de la sobria gente de Galicia, no me extrañaría que la tercera parte (porque a la vista del éxito taquillero de esta segunda, podemos dar por seguro que la habrá) se llamara Ocho apellidos gallegos. Si van por orden en cuanto a nacionalismos españoles, ése es el que tocaría, y la presencia galega de uno de los nuevos personajes lo abonaría. O bien se opta por Ocho apellidos andaluces, que también podría estar bien.

En cualquier caso, parece evidente que se ha abierto un feracísimo venero, y no sólo económico, en el cine español. Reírnos de nuestros supuestos tótems, de nuestras cuestiones presuntamente más serias, se ha desvelado no sólo como un muy rentable ejercicio en términos crematísticos, sino que, sobre todo, ha descubierto que, si somos capaces de poner en solfa, vía risa, nuestras diferencias, a lo mejor somos también capaces de encontrar, en ese mismo descreimiento, un punto en común para seguir viviendo juntos. Quién diría que una serie de comedias, con más de un evidente resabio de la vieja astracanada, podría ayudar a la convivencia de los españoles, ja, ja, ja…


Ocho apellidos catalanes - by , Nov 26, 2015
2 / 5 stars
Más costeada, menos fresca