Película: Passengers

Morten Tyldum es un interesante cineasta noruego que fue descubierto internacionalmente por el potente thriller escandinavo Headhunters (2011), lo que le valió para que el cine norteamericano le ofreciera dirigir la que sería notable The imitation game (Descifrando Enigma) (2014), sobre la gesta de un matemático inglés, Alan Turing, al conseguir dar con las claves del complejísimo sistema de información encriptada que usaban los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Con esa excelente tarjeta de presentación, el cine industrial USA (vale decir, en este caso, Columbia) lo fichó para este filme de ciencia ficción, Passengers, que ciertamente ha quebrado la línea ascendente del noruego.

Un futuro indeterminado, aunque se supone que dentro de muchos, muchos años; los suficientes como para que el ser humano sea capaz de colonizar planetas que están muy alejados de la Tierra. Una corporación multinacional (habría que decir “multiestelar…”) envía una nave que tardará 120 años en llegar a su destino; la tripulación y el pasaje están hibernados para ser despertados poco antes de llegar a su nuevo hogar, pero un accidente imprevisto hace que uno de los pasajeros, un mecánico, despierte a los 30 años, cuando aún faltan 90 para alcanzar su destino. Cuando se da cuenta de que es el único despierto, intenta rehibernarse, pero no lo consigue. Empieza entonces un calvario hasta que cae en la cuenta de algo que podría aliviar su soledad…

El problema de Passengers es que su tema, que no es otro que el de un Robinson espacial, se agota enseguida, una vez que conocemos la situación y las escasas posibilidades que da el asunto, sobre todo cuando, como en este caso, todas las necesidades vitales están cubiertas, lejos de lo que ocurría con el clásico de Daniel Defoe, en el que el meollo de la historia era precisamente cómo sobrevivir en un medio hostil. Pero aquí la cuestión toma pronto un cariz casi filosófico, desde luego moral, cuando el protagonista dirime si caer, o no, en la tentación que constantemente se le plantea (y que no destriparemos, aunque es fácil imaginar cuál es).

El guión de Jon Spaihts no se puede decir que sea afortunado. Juega con lo fortuito de un accidente espacial, perdiendo con ello la posibilidad de hacerlo con otros elementos más capitales, más en consonancia con lo que el cine debe hacer, por ejemplo con la denuncia de la inhumanidad de cualquier corporación multinacional, no digamos de una regida en buena parte por máquinas y no personas, una corporación que, como se dice de las sociedades anónimas, carece de alma. Alargar durante casi dos horas una única situación hubiera requerido también de más materia argumental, y aquí es obvio pronto que todo está alargado “ad nauseam” para cubrir el horario estándar, que ya se sabe que para las películas que se reputan “grandes” tiene que estar en torno a las dos horas, nada de la hora y media de los filmes “corrientes”…

Parece como si Tyldum, el director, se hubiera sentido alobado por la envergadura de un proyecto como este, con un presupuesto de 115 millones de dólares, con estrellas como Jennifer Lawrence, ganadora de un Oscar ya, con lo joven que es, o Chris Pratt, el protagonista de la supertaquillera Jurassic World, y hubiera descuidado lo que realmente importa en un filme de estas características: interesar al espectador, contar una historia amena, sobre todas las cosas no aburrir, como decía Hitchcock. Y, lo siento por Morten, que me parece un cineasta competente, aquí aburre a modo. Solo la parte final, cuando ya se plantea una situación de acción y de suspense, cobra fuerza y la historia toma cuerpo y forma y da al público algo de lo que parecía prometer.

Pero ya es tarde: lo que parecía un estimulante proyecto de ciencia ficción, que nos planteara cuestiones tales como la voluntaria extirpación de tus raíces para ir a vivir a un mundo nuevo e ignoto (algo, por lo demás, no lejano a lo que buscaron los colonizadores españoles, portugueses e ingleses a raíz del descubrimiento de América, por ejemplo), se queda en un quiero y no puedo, en una historia sin matices, previsible, que parece a ratos homenajear a clásicos y modernos (ese bar de la nave con su androide como barman, que recuerda inevitablemente la famosa escena similar de El resplandor de Kubrick; ese accidentado paseo espacial que remite sin duda al de Gravity), pero que en ningún caso llega a interesar, no digamos a conmover, al espectador.

Por supuesto, el filme tiene un impecable diseño de producción, y la nave es, sencillamente, prodigiosa, tanto exterior (apartándose de los trillados diseños que conocemos) como interiormente. La fotografía del mexicano Rodrigo Prieto (recuerden algunos de sus magníficos créditos como operador: Alejandro Magno, Deseo, peligro, El lobo de Wall Street) corta el aliento por su belleza y sus paisajes estelares; la música del veterano Thomas Newman se ajusta bien a la temática y estética.


Los intérpretes, por fin, hacen un trabajo correcto, aunque estamos acostumbrados a una Jennifer Lawrence a un nivel superior al aquí demostrado; y es que parece que la actriz, en los productos industriales (véase por ejemplo la saga de Los juegos del hambre) pone el piloto automático, dejando para empeños más personales (El lado bueno de las cosas, La gran estafa americana, Joy) la encomiable intensidad que tanto nos gusta de ella. Chris Pratt no es un actor especialmente dotado en lo artístico, y aquí simplemente cumple. Lo que sí es cierto en su caso es, al margen del talento interpretativo, hasta que punto unos quilos de más, o de menos, te pueden cambiar la vida: hasta hace unos años hacía papeles secundarios, el amigo gordito del protagonista, casi siempre en comedias intrascendentes; desde que se quitó esos quilos de más y luce torso de culturista, ha encadenado un hit tras otro: Guardianes de la galaxia, la mentada Jurassic World, el reboot de Los siete magníficos: ¡ay, lo que puede dar de sí, al menos en Hollywood, un buen bodybuilding…!


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115'

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Passengers - by , Jan 04, 2017
1 / 5 stars
Robinsones en el espacio