Película: Perder la razón Se dice que esta película está basada, muy libremente, en un caso real sucedido en Bélgica. Es posible. Lo que no parece tan posible, ni tan siquiera probable, es que, como ocurre en el filme, una persona sana, en sus cabales, enferme hasta perder la razón y llegue a una resolución extremadamente trágica por los motivos que vemos en pantalla. Veamos: parejita de jóvenes de distinta cultura (él, marroquí; ella, belga), pero estando el chico perfectamente insertado en la sociedad occidental, sin rasgos fundamentalistas ni especialmente religiosos, se enamoran y se casan. Como andan mal de posibles, aceptan el ofrecimiento del protector de él (a la sazón su teórico cuñado, pues está casado con la hermana del chico en un matrimonio de conveniencia) de irse a vivir con él. La pareja pronto se carga de hijos: hasta cuatro, tres niñas y un niño. Los problemas comienzan cuando ella se siente superada por tanta carga familiar. Después, no se sabe bien cómo ni por qué, llega la tragedia.

A ver: no basta con que veamos a la protagonista llorar mucho, y sufrir mucho, sin saber muy bien por qué. Es cierto que la carga familiar es importante, pero, ¿hasta el punto de llegar a una determinación contra natura? Es verdad también que vemos algún episodio de violencia doméstica, pero eso tiene otra solución: denunciar al marido y pedir la protección del Estado. Tampoco la convivencia durante años con el protector del marido parece que sea gran problema: el viejo se comporta, en general, como un abuelo dadivoso y poco más.

Entonces, ¿por qué se llega a un final tan horrendo? Misterio. Soy de los que creen que las películas tienen que estar motivadas en su metraje, no en las gacetillas que aportan los productores. Si es así, aquí no hay una motivación suficiente para la crudelísima determinación que toma la protagonista.

Hay, claro, una excelente factura técnica: estamos hablando de una coproducción de cuatro cinematografías de la potente Europa de los ricos, concretamente las cuatro naciones francófonas o parcialmente francófonas del Viejo Continente. Pero me temo que eso ya no es suficiente. Hay, también, una matizada interpretación de Niels Arestrup, un rostro que habla sin hablar. Tahir Rahim, que se dio a conocer con su interesante interpretación en Un profeta, está aquí mas desvaído, quizá sin saber muy bien cuál es su papel. En cuanto a Émilie Dequenne (recordémosla en Rosetta), sobre la que recae el papel teóricamente más complejo, la propia inanidad de las motivaciones a las que hemos aludido la hacen naufragar: su esfuerzo, su entrega, es total, pero el resultado (no por su culpa, sino por un guión erróneo) no es el ideal.

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110'

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Perder la razón - by , Nov 06, 2012
2 / 5 stars
A vueltas con la razón y su pérdida