Película: Philomena Tras unos años de cierto silencio, o de títulos sin gran relieve (lo último que le vimos, y no era gran cosa, fue Tamara Drewe), Stephen Frears parece volver por sus fueros, por películas de entidad como lo fueron en su momento Mi hermosa lavandería, Ábrete de orejas, Sammy y Rosie se lo montan, Las amistades peligrosas, Café irlandés, La camioneta y The Queen (La Reina). En Philomena vuelve a un terreno que domina bien, el drama cargado de connotaciones sociales y con entornos políticos.

Un periodista, asesor del Partido Laborista, pierde su puesto por una notable metedura de pata durante el gobierno de Tony Blair. Mientras duda qué hacer con su vida, se encuentra con un caso que en principio le produce la reluctancia del pedante, pero que finalmente, de forma inopinada, le interesará y embeberá: una anciana busca a su hijo, dado en adopción contra su consentimiento cincuenta años atrás, en Irlanda, donde fue recluida en una estricta institución religiosa especializada en jóvenes madres solteras, a las que aterrorizaban y torturaban psicológicamente. Las pesquisas del periodista llevarán a ambos hasta Irlanda y posteriormente hasta Estados Unidos. En ese viaje, de alguna forma iniciático, el exquisito erudito se dará cuenta de hasta qué punto su menosprecio por la gente sencilla es una postura execrable, y la mujer encontrará finalmente el consuelo a una vida sin vida, a una existencia en la que el recuerdo de su pequeño de tres años le ha martilleado día tras día, hasta convertirse en una obsesión.

No es Frears el primero en hacer cine sobre la represión que la Iglesia Católica, mayormente en Irlanda, llevó a cabo sobre mujeres de moral dudosa. El actor Peter Mullan ya realizó, en una de sus incursiones en la dirección cinematográfica, un restallante drama, Las hermanas de la Magdalena, que se centraba en ese universo de reprobación y odio hacia todo lo carnal que se encerraba en aquellos malhadados conventos. Aquí Frears opta, con buen criterio, por no cargar las tintas, presentando las posturas enfrentadas de los dos protagonistas, una, la del periodista, más airada, otra, la de la mujer, que a pesar de todo mantiene su fe y obtiene consuelo en el perdón que otorga a quien le quebró la vida.

Esta posición ecléctica quizá sea su mejor y su peor baza a un tiempo: la mejor, porque supone una postura no fanatizada, relativista, dialéctica; la peor, porque es difícil compartir una posición benévola ante la sectaria tortura que una institución, en nombre de Dios (cuantos crímenes se han cometido en su nombre…), infligiría a tantas infelices.

Bien narrada (es Frears, qué diablos), con intensidad dramática, con algunos apuntes de comedia, sobre todo en la relación entre el intelectual redicho y la mujer del pueblo, Philomena es una dramedia interesante y cabal que nos recuerda hasta qué punto el fanatismo, la intransigencia religiosa o de cualquier tipo resulta letal para el ser humano, pero que también nos hace ver las distintas perspectivas con las que puede ser afrontado cualquier tema, incluso tan vidrioso como éste.

Que Judi Dench esté excelsa entra en la categoría de axioma, una verdad irrefutable que no necesita demostración: jamás esta actriz ha hecho mal un papel, ni siquiera de forma mediocre. Es de esas intérpretes capaces de meterse en cualquier personaje, por diferente que pueda ser, y hacerlo bien, realmente bien: puede ser la dura jefa de los espías británicos en la serie 007 (papel del que se despidió en Skyfall), la absorbente, castrante madre de Hoover, el director de la CIA, en J. Edgar, la victoriana ama de llaves de Jane Eyre, una distinguida dama inglesa en La importancia de llamarse Ernesto, o la  mismísima reina Isabel I en Shakespeare enamorado.

No cabe decir lo mismo de Steve Coogan, su partenaire en este filme, un muy limitado actor de comedia al que sin embargo esta historia le ha debido fascinar, hasta el punto de ser, además de coprotagonista, el autor del guión e incluso el productor del filme. Digamos que en esta última faceta es en la que está más brillante de las tres, aunque tampoco en el guión se puede decir que lo haya hecho mal, si bien es de los textos que una buena dirección, la de Frears, ennoblece y hace grande.

La superiora del convento, en el abyecto interrogatorio al que somete a la joven desdichada que les ha sido encomendada tras descubrirse su embarazo estando soltera, le pregunta con una insistencia inquisitorial, ¿te bajaste las bragas? ¡Ah, cuánto morbo, cuánta sexualidad reprimida en esa frase, cuánto deseo estrangulado, cuánta venganza, quizá, por no haberlo hecho ella misma…!

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Philomena - by , Mar 08, 2014
3 / 5 stars
¿Te bajaste las bragas?