Película: Promesas del Este David Cronenberg sigue sorprendiéndonos: si su anterior “Historias de violencia” (ver crítica en CRITICALIA) era una inesperada exploración de la redención, aquí nos presenta una historia de ribetes mafiosos, pero tan distinta de lo habitual en el cine, donde lo que predomina es el modelo italoamericano que popularizara, entre otros, Martin Scorsese. Aquí la mafia es rusa, el paisaje es el Londres actual, en lugar de la habitual Little Italy de Nueva York, y los gánsteres son, si cabe, aún más sádicos que sus colegas itálicos. Pero la historia que interesa a Cronenberg no es la del grupo de mafiosos que campan por sus respetos en la hodierna Inglaterra de Tony Blair y Gordon Brown, sino una sutilísima variación sobre otro británico (más) ilustre: porque “Promesas del Este” no deja de ser sino una libérrima variante sobre las tragedias shakespearianas “Henry IV” y “Henry V”: en efecto, aquí tendremos a un príncipe llamado a heredar el reino (la organización mafiosa que gobierna con mano de hierro su padre), un joven crápula, inmaduro y pendenciero, secretamente atormentado por su condición crípticamente homosexual, y su amigo de francachelas, un Falstaff que, en este caso, actuará de forma bien distinta cuando llegue la hora de su hermano de farras, intercambiando los papeles con el disoluto príncipe.
Una adolescente muere al dar a luz una niña; la comadrona que la atiende, que a su vez ha perdido a su bebé, es hija de ruso e inglesa; buscará a través del diario de la reciente difunta a sus familiares, y ello le lleva a un lujoso restaurante ruso, tapadera de una siniestra organización mafiosa en el corazón de la City; allí conocerá al mafioso, a su irascible hijo y al supuesto chófer del capomafia (¿cómo se dirá en ruso esta expresión típicamente italiana?), embarcándose en una peligrosa aventura.
Cronenberg pone en imágenes con su habitual potencia, con escenas percutantes, como la extraordinaria, desigual lucha que se desarrolla en los baños públicos, una orgía de sangre y violencia narrada con una verosimilitud ciertamente impensable en un duelo de esas características, un hombre literalmente desnudo contra dos bragados asesinos chechenos pertrechados de ominosas armas blancas. El conjunto es una obra madura, de perfiles psicológicos muy definidos, que se apuntan apenas con un par de pinceladas que configuran enseguida los caracteres de los personajes: la comadrona que busca a todo trance la felicidad de la niña recién nacida, trasunto de la que ella perdió; el chófer (“yo sólo soy chófer”, repite, lacónico, el personaje de Viggo Mortensen, que guardará una sorpresa…), un hombre oscuro, de integridad ambigua, que será utilizado como cebo para una abominable traición; el jefe de la mafia rusa, por encima de todo padre, calculador hasta la extenuación; el hijo llamado a suceder al padre, un botarate incapaz, caprichoso y, en el fondo, conocedor de sus escasas aptitudes, secretamente enamorado de su amigo guardaespaldas. Con todos ellos Cronenberg compone un filme distinto, original, innovador, una obra mayor que le confirma, otra vez, como un cineasta prodigioso, maduro, sereno dentro de la violencia que, invariablemente, impregna su cine.
No deja de ser curioso que los actores que interpretan los personajes rusos de “Promesas del Este” no sean, en ningún caso, de esa nacionalidad: Viggo Mortensen es neoyorquino, de padre danés; Vincent Cassel es francés, parisino nada menos; Armin Mueller-Stahl nació en un pueblecito prusiano que actualmente es ruso, pero su lengua materna, su cultura y su nacionalidad es alemana; hasta el tío ruso de la protagonista resulta que es Jerzy Skolimowski, uno de los más importantes directores polacos, que tiene también una amplia carrera como actor. Ello nos lleva a una conclusión, quizá tan sabida: para interpretar a alguien de una nacionalidad concreta no hay que haber nacido en ese país, sino imbuirse en el papel. Entre los intérpretes destaca el hieratismo de Mortensen, que tan bien conviene a su personaje; la siempre estupenda Naomi Watts, inolvidable en “21 gramos”; pero sobre todo descuella la maestría de Mueller-Stahl, cuya sabiduría interpretativa está a la altura de los grandes actores shakespearianos.

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105'

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Promesas del Este - by , Oct 11, 2007
4 / 5 stars
Yo sólo soy chófer...